Incursión minimalista en la vida de Borges

Por Óscar Armando Valladares

Se cumplen -como si nada- 120 años de la fecha que memora el natalicio de Jorge Luis Borges y 33 de su muerte corporal acontecida en la helvética Ginebra. Proferir elogios a un argentino literariamente consagrado y ensayar juicios distintos y preeminentes de los que su obra ha merecido, es tarea de más. Además, qué podría interesar el parecer -falto de credenciales- de un lector asumido a la miríada de adeptos suyos.

A cambio de ese ejercicio, vale como suplemento incursionar de manera compartida en algunos de sus gustos y rechazos, sus creencias y recelos; en las interioridades de quien, igual que Milton -el poeta inglés-, acarreó fama y gloria, entre la soledad y la ceguera, entre lo aristotélico y lo platónico. Las cosas y quisicosas que confidenció sobre sus 87 años de existencia, tomaron luz en entrevistas, en prólogos y relatos puesto que, como porfiaba, en toda literatura hay biografía.

Iniciemos, ya, la travesía. Yo recuerdo -dice- la sorpresa que tuve, la incredulidad con la cual recibí la noticia, de que un libro mío titulado ambiciosa y paradójicamente Historia de la eternidad había vendido creo que 37 ejemplares en un año. Tenía ganas de buscar esas 37 personas, agradecerles y pedirles disculpas por lo malo que era el libro. No era demasiado todavía. En referencia a otra de sus publicaciones primerizas, Historia universal de la infamia, aducía críticamente: El escritor joven tiene la íntima conciencia de que las ideas que tiene no son muy interesantes, y entonces trata de disfrazarlas usando, según el caso, neologismos, arcaísmos, peculiaridades sintácticas, construcciones raras; el joven tiende a la extravagancia, por timidez y desconfianza.

De un encuentro animado con Pablo Bedrossian, en 1984, es el diálogo siguiente: -Ténganme fuerte -me dijo- que ando medio tembleque. -Don Jorge… -Por favor llámeme Borges-. -Borges, ¿cuántas personas vivirán dentro suyo? -Se equivoca; soy yo en diversos estados de ánimo… -Y usted, Borges, ¿en qué cree? -Bueno yo soy ateo. —Déjeme preguntarle de otro modo, ¿cree en una vida eterna? -No-. -¿Cree en la resurrección de Jesucristo? -Tampoco- ¿Y en Jesucristo como ser histórico? -Desde luego; si no tendría que pensar que los cuatro grandes escritores de la antigüedad fueron cuatro “novelistas”. -Al mencionarle el alto afecto de la gente, en tono de confidencia para exagerar el sarcasmo, señaló: -Es un secreto; contraté a una agencia de publicidad; por favor, no se lo cuente a nadie.

Catorce años atrás, Ronald Christ estuvo con el escritor en la Biblioteca Nacional bonaerense, de la que era director. -Cuando fui a París -reseñó- sentí ganas de escandalizar a la gente, y cuando me preguntaron qué clase de película me gustaba, yo francamente contesté: lo que más me gusta son los westerns. Hablando de números, Christ -enseñante de literatura inglesa en Nueva York- le hacía notar que en sus cuentos ciertos números aparecen con frecuencia. -Sí, claro le responde-; soy terriblemente supersticioso. Es algo que me avergüenza. Pienso que, después de todo, la superstición es un leve síntoma de locura.

Sobre si la misma causa lo llevaba a usar el color amarillo, esclarece: -Cuando empecé a perder la vista, el último color que vi, o el último más bien que se mantuvo fue el amarillo porque es el color más vívido… Vivo en un mundo gris, o blanco y negro como el de la pantalla. En referencia a algunos hombres de pluma, indica que ha conocido a muchos. -Pero si uno habla con ellos lo único que cuentan son obscenidades o si no hablan de política como lo puede hacer cualquiera… No son en realidad poetas y escritores. -¿Se disfrazan de escritores?, inquiere el interlocutor. -Sí, y adoptan un estado de ánimo adecuado. Después vuelven a la política.

En cuanto a sus convicciones, arguye con parquedad: -En materia política son harto conocidas; me he afiliado al partido conservador, lo cual es una forma de escepticismo, y nadie me ha tildado de comunista, de antisemita. Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos. No he disimulado mis opiniones ni siquiera en los años arduos, pero no he permitido que interfieran en mi obra literaria.

Tres cabos sueltos finales. -El escritor debe ser juzgado por el placer que depara y por las emociones que procura al lector, no por sus ideas. -Si un escritor no cree en lo que está escribiendo, no puede pretender que le crean sus lectores. -Creo en el alba oír un atareado/ rumor de multitudes que se alejan;/ son los que me han querido y olvidado;/ espacio y tiempo y Borges ya me dejan.