¿HAY PISTAS?

CANDELAS infernales que se encienden sin control. Cuencas hidrográficas en veloz proceso de calcinación. Lo que conocimos como una ciudad de aires frescos, amaneceres de rocío, campos húmedos, paisajes preciosos de lienzo escarchado, tardes de vientos generosos y, a lo largo de todo el día, un clima acogedor, hoy no queda más que el lejano recuerdo de ese ayer. Entre asomos de tristeza anegada en llanto; cubierto de losas grises cementadas, transpirando el sudor de estos soporosos calores sofocantes. El agua potable en la capital, sometida a los groseros racionamientos, la echan una vez a la semana. A los muy afortunados que gozan del servicio. La otra mitad de la gente depende de los carros cisterna. De caminar largas distancias acarreando tambos a tuto. Hay que bañarse económico, con baldes de la demagogia barata de la burocracia. Beber retórica y asearse con ilusiones. De lo que ofrecen hacer cada temporada seca.

Proyectos de nuevas fuentes de abastecimiento que no pasan de ser castillos en el aire. O para los fanáticos de la playa –ni hablar de los turistas internos que ya alistaron maletas anticipando el merecido asueto de la Semana Santa– castillos de arena que duran lo que toca mantener al público entretenido con otra propuesta mentirosa. De esos que se desmoronan una vez que San Isidro Labrador pone la lluvia y quita el sol. Hasta que regresa la sequía, cada año más pronunciada. Porque lo que mantenía el ambiente tolerable, se ha venido cayendo a pedazos. La hacinada ciudad crecida en población y saturada de vehículos automotores, cuenta con las mismas 2 represas y el agua de El Picacho de las últimas 5 décadas. La ciudad en tinieblas forrada por una densa capa de humo como anuncio de la desgracia. Los incendios forestales, aparte del gorgojo que se ensaña con los pinos, pintando los cerros en lúgubres tonalidades de color café tostado, hacen estragos. En las últimas 48 horas. De la colonia Sagastume, las llamas cruzaron a la aldea de Carpintero e insaciables alcanzaron El Hatillo. El ministro director del inútil Instituto de Conservación Forestal, declara que van a enviar una iniciativa al Congreso Nacional para “endurecer” las penas en contra de los pirómanos que están acabando con el bosque hondureño. Si aunque les pusieran la pena de muerte de nada sirven las penas –que ahora oscilan entre los seis meses y los doce años de cárcel– cuando no se sabe quiénes son los pirómanos. ¿A cuántos han capturado hasta la fecha? Para hacerlo ocuparían quizás agarrarlo con las manos en la masa, o los dedos en el fósforo.

La autoridad sostiene que el grueso de las quemas son provocadas por “la mano criminal de gente inescrupulosa”. El subcomisionado de Copeco insiste que “el 98% de los incendios son provocados por lo que se hace menester que la población ayude con la denuncia”. ¿Cuántas denuncias hay? Y sobre los perpetradores. ¿Hay pistas? El director del Comando de Apoyo y Manejo al Ecosistema y Ambiente –lindo título–denuncia que “lo raro es que estos incendios están ocurriendo en lugares donde pretenden hacer más lotificaciones”. Sobre el último que arrasó con más de 100 hectáreas de bosque, asegura que “todos son terrenos privados donde sucedió ese incendio”. Estaremos atentos de las pesquisas. A ver cuántos “pirómanos” y aborrecibles detienen. Si les caen los 12 años de cárcel a algunos de ellos mientras endurecen las penas y le dan un año adicional por cada arbolito quemado. Por el momento, 12 añitos bien puede servir de escarmiento; ¿no les parece?