Cristianos; mahometanos; tolerancia

Por Segisfredo Infante

No deseo escribir un texto escolar didáctico sobre este largo trilema. Ni mucho menos teológico. Pues mi fortaleza principal, desde mis tiempos de segunda juventud (poco después de la adolescencia) deviene de los manantiales, a veces torrentosos, de la Historia y de la Filosofía, escritas ambas con letras mayúsculas. De tal modo que parejamente mis debilidades son muchas. Sobre todo personales. Sin embargo, tampoco hubiese querido recurrir a los sucesos históricos inocultables, en tanto que el cristianismo, por orden de precedencia cronológica, le lleva seis siglos de ventaja al mahometanismo, es decir, a los musulmanes o islámicos, que ahora coexisten en Europa, Estados Unidos, algunos lugares de América Latina y sobre todo en Inglaterra, con derechos religiosos y privilegios que a veces ni siquiera en sus tierras de origen han gozado. El islamismo emergió en Arabia a comienzos del siglo siete de la era cristiana, con pretensiones de apoderarse violentamente del mundo entero, a sangre y fuego, principalmente del mundo europeo cristiano. De hecho se apoderaron de más de la mitad de España, para solo colocar un ejemplo.

La presencia “pacífica” actual de los mahometanos en Europa, genera fuertes fricciones, por los mismos privilegios aludidos. Las constituciones liberales democráticas de los últimos dos siglos y medio, abrieron poco a poco las puertas a “la libertad de culto”, la cual significa, entre otras cosas, libertad religiosa y “libertad de conciencia”. Incluso libertad para que alguien sea ateo, sin mayores o ningunas consecuencias en el Mundo Occidental y occidentalizado, salvo que varios ateos exhibicionistas, recurriendo a un supuesto “racionalismo”, y con arrogancias insospechadas terminaron, al final de la tarde, por crear Estados totalitarios predominantemente ateos, en donde se perseguía a los religiosos, e incluso a los intelectuales disidentes, principalmente judíos y cristianos, hasta llevarlos casi al exterminio, como ha ocurrido en forma concreta y horrenda, en el curso del siglo veinte, en ciertos países, cuyos nombres trataré de evitar en el presente artículo.

El liberalismo registra dos siglos y medio de práctica democrática. Sin embargo, el capitalismo lleva, hasta este momento, seis siglos de existencia anticipada. Luego la democracia misma apareció en las ciudades griegas, sobre todo en Atenas, hace unos dos mil quinientos años, por razones de coexistencia política. O de coexistencia civilizada. Fue “el salto de la aldea a la ciudad”, es decir, de la aldea a la razón, según una expresión verbal que le escuché hace varios años al sociólogo, politólogo y filósofo chileno-alemán Fernando Mires, en una conferencia en el seno del “PNUD”, en Tegucigalpa.

Es más. La llamada “Civilización Cristiana Occidental” fue creada y consolidada en Europa, durante el reinado medieval del emperador católico Carlomagno, en el contexto del siglo ocho de nuestra era, con experimentos previos en Irlanda, en los reinos visigóticos cristianos de España, y de los merovingios en Francia. La aclaración es pertinente para evitar confusiones epistemológicas, históricas y geográficas, en las cuales caen algunos importantes teóricos del siglo veintiuno. Sin embargo, el cristianismo propiamente dicho había surgido y emergido en Galilea, Samaria, Judea, Líbano, Siria, Egipto, Hipona, el seno del Imperio Romano y en casi toda el Asia Menor (incluido lo que hoy es Turquía, Irán e Irak) durante los primeros seis siglos de nuestra era occidental. Esos cristianos han sido exterminados gradualmente, y continúan siendo exterminados, por los fanáticos musulmanes que se apoderaron de tales países y naciones después de la Hégira del profeta Mahoma. Las pequeñas comunidades cristianas sobrevivientes en Siria e Irak han sido prácticamente liquidadas en estos últimos años por los “yihadistas” más fanáticos que registra la Historia; especialmente por los terroristas de “Isis”.

A una buena parte de los musulmanes que viven en los países occidentales bajo la flexibilidad de las constituciones democráticas liberales, les es imposible comprender que “los cruzados judíos y cristianos” les han abierto las puertas para que vivan pacíficamente en el “Mundo Occidental”, construyendo mezquitas y toda la cosa. Por esa misma paradoja (ya la han señalado otros autores), los mahometanos prohíben la construcción de iglesias cristianas y sinagogas en los países musulmanes. El derecho exige, en sí mismo, reciprocidad. Así que lo ideal es que por cada mezquita que se construya en los países occidentales y occidentalizados, se construya una iglesia católica, otra protestante y una sinagoga, en cada país mahometano. Eso sería lo justo. Lo recíproco. En este momento recuerdo la leyenda que san Francisco de Asís llegó a Egipto sin armas, sin ninguna riqueza y con mucho amor, a rogarle a un sultán que se convirtiera al cristianismo; o que por lo menos aceptara a los cristianos. Francisco de Asís fue expulsado de Egipto. Por eso el principio de tolerancia entre cristianos, judíos, ateos y musulmanes, es un principio derivado del derecho universal de gentes. Un derecho vital de reciprocidad irrenunciable.

Violentarlo significa violentar la coexistencia civilizada, en un planeta tan pequeño.