No es padre el que engendra sino el que cría

Elsa de Ramírez

En la sagrada Biblia encontramos gran cantidad de citas relacionadas con nuestros progenitores. Tomamos dos como ejemplo:

Éxodo 20:12 “Honra a tu padre y a tu madre”, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da; en el libro de Proverbios 23:22 “Oye a tu padre, a aquel que te engendró…”.

¿Pero, realmente estaremos cumpliendo con estos mandamientos?

Durante muchos años nuestros padres se hicieron cargo de nosotros, por supuesto, era su obligación o su deber; a veces padres profesionales, algunos por sus dificultades no pudieron ir a la escuela, padres obreros, campesinos y de diferentes áreas del quehacer humano, pero, eso sí, nos inculcaron valores y nos proporcionaron las cosas que estuvieron a su alcance y nos dieron amor a torrentes.

Con el correr del tiempo los roles se invirtieron, por tanto, los hijos estamos obligados a corresponder de alguna manera esa abnegación, sacrificio y amor que ellos en su momento nos brindaron.

Obligación ineludible es estar pendientes de su envejecimiento, y con él, de sus dolencias y achaques propios de su edad.

A algunos padres les da pena solicitar apoyo para solventar sus necesidades básicas, cuando por esas cosas del destino llegan a la condición de invalidez o calamidad doméstica, obligándolos a veces a solicitar ayuda a personas particulares amigas suyas.

Sin embargo, lo esencial, lo básico, lo imprescindible es brindarles amor, mucho amor y sobre todo respeto a esos hombres que nos trajeron al mundo, porque eso es lo que ellos ansían por encima de todo lo demás.

Hay momentos en que piensan que son una carga o estorbo dentro del círculo familiar y se sumen en tristeza y depresión, ocasionándoles una muerte prematura.

No desean, supuestamente, perjudicar, dañar o molestar a nadie; pero sí necesitan mucha ayuda, especialmente los que no disfrutan de una jubilación o pensión estatal o privada, después de largos años de arduo trabajo.

Aquellos que sí lo lograron, algunos mensualmente reciben un mísero estipendio que no les alcanza para sus medicinas, una buena alimentación, ni mucho menos para adquirir una nueva prenda de vestir o realizar un viaje que por muchos años anhelaron.

De tal forma, como hijos que somos, debemos mantener una permanente comunicación con ellos y asegurarnos de que se sientan cómodos al hablar de sus necesidades, sin barreras de ninguna especie, con decoro y dignidad, que generalmente es la regla de oro en las personas de mayor edad.

Dentro de nuestra capacidad, por supuesto, brindémosles apoyo, ya que ellos pueden necesitarlo básicamente moral, económico y afectivo; para los que han quedado viudos o divorciados y que viven solos, debemos estar pendientes de su estado anímico o de salud, incluso buscándoles alguna distracción o diversión de su preferencia que puede ser simplemente un paseo dominical, o una llamada.

Otro detalle importante es suministrarles la música que en su tiempo los hizo felices, o sea la de antaño, lo que los revitaliza y resulta terapéutico, pues la misma tiene esa virtud de hacerlos sentir emocionalmente bien.

Nada cuesta incluir en nuestro presupuesto una modesta cantidad mensual para ellos, con esto de ninguna manera estaríamos afectando a nuestro grupo familiar, ya que siempre debe existir un balance, haciendo acopio del principio filosófico, que donde comen dos lo pueden hacer hasta cuatro y que dando es como recibimos, en este caso particular las ofrendas de amor que el Altísimo envía a esos hijos abnegados que nunca olvidan su ascendencia.

Recordemos que así como vemos y tratamos a nuestros progenitores, así nos verán y nos tratarán nuestros hijos en el futuro. Sin olvidar que quien siembra rosales –cosecha rosas- y, el que siembra vientos, cosecha tempestades.

Finalmente, con abnegación, paciencia y entrega total podremos enfrentar esa etapa de nuestros padres, en la que tanto necesitan sentirse protegidos.

Esos mensajeros del amor suelen expresar con nostalgia que a lo único que aspiran es a recibir respeto y amor.

Independientemente de lo anterior, ellos necesitan categóricamente del apoyo moral y económico de sus hijos, porque de eso depende en gran medida que disfruten de una mejor calidad de vida y que sus años se alarguen en un ambiente de relativa felicidad.

Por supuesto que las anteriores reflexiones obedecen, definitivamente al calor que nos han brindado los padres responsables, los que merecen realmente llamarse padres. De ellos hablamos.

Otro aspecto fundamental en el desenvolvimiento de la humanidad es aquel, de que, -no es padre el que engendra sino el que cría-.

Con el mismo fervor con que celebramos el día consagrado a las madres, congratulemos a los padres hondureños en su día.