Por Juan Ramón Martínez
Los que escribimos –por más que lo parecemos– no tenemos, toda la verdad. Como tampoco los políticos, los gobernantes. Y menos los lectores alineados en favor, o en contra de determinada posición. En realidad, cada uno tiene una parte de esa verdad. Si las unimos, podemos estar más seguros. Por ello es que nuestras visiones y juicios sobre la realidad, no son palabras de Dios; ni escritos sobre piedra. Tras de nuestras afirmaciones hay provocaciones, para que el que nos lea o escuche, haga sus propias conclusiones. En el texto mismo o en la declaración, hay juicios provocadores. No verdades reveladas. Para que usted, haciendo acopio de sus opiniones, pueda, a partir del acuerdo o el desacuerdo con las vertidas por nosotros, forjar sus propios criterios, interrogándose sobre la verdad; distinguiendo el bien del mal, y enjuiciando si lo que hace el gobierno, lo que dicen los políticos, contribuye al bien común. O por el contrario, crea alrededor de cada hondureño, fosas que nos separan cada día más. Por supuesto, para ello el lector, debe asumir una postura independiente y deliberante. No para llegar al disgusto o la confrontación con el escritor, sino para buscar la verdad. Si se nos permite la comparación, se trata de que usted haga filosofía, a partir del ejercicio mental en que, valora las pruebas de lo que aportamos y las compara con las suyas. Para ello, hay que reconocer que usted tiene –en el ejercicio de la libertad y en el debate–, el camino para escoger la verdad. Por dura que esta sea. Y responderse si el acto es ético.
Mi último artículo, el referido a un político liberal, ha provocado diversas reacciones entre los lectores. La mayoría, lo han celebrado. Y concluido que, les ayuda para valorar su moralidad. La anécdota sobre “el hijo malo”, ocurrida en Olanchito, le ha permitido a los más inteligentes (“machos” les llamaba Julio Cortázar sin ánimo sexual, por supuesto) aplicar las moralejas de lo referido, al comportamiento del líder político que disputa con su madre. Y su capacidad para rectificar.
Otros en cambio (“femeninos”, según Cortázar, que me pareció vulgar la expresión del autor argentino, en este caso), han reaccionado en mi contra. Uno de ellos, me abordó en una cafetería y me dijo que él creía, opinión que respeté y que sigo respetando porque es su juicio propio, –cosa que ando buscando en todos los lectores–, que había descendido demasiado abajo, con el artículo que venimos comentando. En la medida en que la conversación tomó cuerpo y le escuché respetuosamente, vi que se calmaba y que lo que él creía que era ataque a su líder “inmaculado”, terminó en un juicio de valor. En el que la cuestión es muy fácil: es justo faltarle al respeto a las mujeres y, especialmente, si esta es la madre? Y además, es noble que un político, luzca tan materialista que, puede pasar por encima del respeto a los ciudadanos, disputando con una mujer que, además, es su madre, por bienes materiales? Entendí inmediatamente que el joven que me cuestionaba, se dio cuenta que el problema no era mi artículo, sino que el juicio negativo que sin sentirlo, él estaba obligado a hacer, para juzgar la conducta de un líder que, sin duda admira por esperanzador y luchador contra la corrupción, tiene un comportamiento moralmente sólido.
No se trata de ataque alguno. Es una valoración moral que nos empuja a preguntarnos si es ético que quien se ofrece para servirnos desinteresadamente, puede sin herir nuestros sentimientos, irrespetar a su madre, despojándola de los bienes que él no ha contribuido en nada para hacerlos crecer. Esta es la cuestión. Y es el fin de los escritores, especialmente en mi caso. Porque no enjuiciamos a los políticos. Lo que hacemos es, aportar elementos, como el caso que nos ocupa, para que el joven a que me refiero y los demás, valoren la conducta de su líder, cosa que antes no habían hecho. De allí su sorpresa e incluso su disgusto, conmigo y otros colegas. Porque no basta el conocimiento, la adhesión, la lealtad política, o la subordinación partidaria. La cuestión es, si la moral o la ética, es una materia de obligado cumplimiento por los políticos que admiramos.