El ferrocarril en Honduras

Por Rafael Delgado Elvir
Economista. Catedrático universitario

La persona que ha visitado en alguna ocasión un país desarrollado podrá dar testimonio del papel que desempeñan los sistemas de transporte sobre rieles en la vida de esos lugares. Modernos sistemas de trenes comunican ciudades transportando todo tipo de carga. Puntualmente llegan y salen los trenes de las estaciones, brindando también una opción atractiva de movilización para la gente. Dentro de las ciudades una telaraña de líneas cruza en todas las direcciones, comunicando la periferia con el centro y el mismo centro de la ciudad con zonas aledañas. Los sistemas de transporte se perfeccionan constantemente, brindando más comodidades y mejores precios. Tras muchas décadas de operación continua, los ferrocarriles eficientes, ordenados y amigables con el medio ambiente, son ahora un mecanismo que impulsa la economía de esos países.

Aquí en nuestro país, así como en el resto de los países de la región, tuvimos la oportunidad de contar con un sistema ferroviario inicialmente incipiente, pero que logró al final de sus mejores años marcar la vida de la región norte de nuestro país. Primero fue el ferrocarril interoceánico que no llegó ni a la mitad. Le siguió el ferrocarril de las bananeras que construyeron su red por toda la costa norte para comunicar sus campos bananeros con los centros urbanos. Sin embargo, el ferrocarril, pasando a manos del gobierno, sucumbió frente a un país que pareció no importarle descarrilar un sistema que ya mostraba ventajas evidentes y que prometía un abanico de mejores posibilidades si se invertía y se modernizaba.

Al parecer, el ferrocarril se convirtió en un estorbo para algunos y quizás otros no entendieron el potencial que ofrecía en un mundo cada vez más móvil y dinámico. El ferrocarril se abandonó; todo el transporte se trasladó a las carreteras de asfalto y concreto, inundándolas de automóviles que se convirtieron en la única manera de movilizarse dentro y fuera de las ciudades. Ahora nos encontramos cosechando los errores del pasado. Los costos para todo el país van más allá de la acostumbrada pérdida de tiempo en las calles congestionadas. Se importan y consumen más cantidades de combustible, representando esto un alto costo para el país y para los hogares en particular.

Pero esta muerte lenta parece no haber preocupado a los gobiernos. De una manera sospechosa nunca se le prestó atención a la empresa estatal, el Ferrocarril Nacional, que año con año se debilitaba. Así como con otras instituciones públicas, la intención no declarada era ahogarla, dejarla abandonada y expuesta a los atracos de todo el que quisiera. Sus propiedades fueron invadidas, las viejas líneas fueron descuidadas para finalmente ser vendidas como chatarra y los carros de trenes ya tiempos dejaron de ser aceptables para su uso. Después de languidecer, el ferrocarril se paró.

De vez en cuando en el país aparece alguna intención de volver a construir un sistema ferroviario. Sin embargo, esto se queda en simples intenciones ya que choca con los intereses del actual sistema de transporte de personas y carga, movido por buses y rastras, ineficientes, caros e inseguros, pero con muchas posibilidades de articularse para no permitir la entrada de un competidor. Necesitamos que finalmente en la agenda de los líderes económicos y políticos del país se coloque el rescate del patrimonio de la vieja institución estatal como un objetivo prioritario. Para la competitividad y prosperidad del país necesitamos de un transporte moderno que sea una alternativa para la movilización de bienes y personas. Un sistema que, por la experiencia demostrada en otros países, posee suficientes ventajas en cuanto al costo de su operación, al bajo impacto ambiental y en cuanto a su gran capacidad para movilizar ordenadamente carga y personas.