Por: Segisfredo Infante
En Tegucigalpa hemos contado, en fecha reciente, con la amable presencia de dos importantes poetas del trasmundo. De Rumanía y de México. Han traído poesía bajo sus alas, y concepciones poéticas en sus frentes. Me refiero al poeta y traductor rumano Dinu Flamand, y al poeta y ensayista mexicano Marco Antonio Campos. Quisimos hacer un programa de televisión, un martes por la noche, con ambos escritores. Pero a Dinu Flamand le fue poco menos que imposible entrar por Estados Unidos. De tal suerte que llegó a Honduras con un día de retraso. Así que el programa de “Economía y Cultura” fue producido con la presencia de Marco Antonio Campos, con resultados maravillosos.
Ambos poetas vinieron a estas “tierras de pan llevar” por iniciativa del Taller Literario “Alicanto”, coordinado por el poeta y académico don Rolando Kattán, con la apoyatura de Denise Vargas, Kris Vallejo y Frances Simán. Las tres mujeres mencionadas son también poetas; pero Frances destaca por sus traducciones del inglés al español. Desde hace cinco años aproximados el Taller “Alicanto” celebra una semana para rendirle homenaje a la poesía y, sobre todo, a poetas, cuentistas, traductores, novelistas y editores extranjeros de diversas latitudes. El año pasado el evento fue dedicado al poeta y traductor italiano Emilio Coco; al poeta argentino Jorge Boccanera; y al editor, igualmente italiano, Walter Raffaelli. Se trata, en definitiva, de momentos inolvidables, que siempre intentamos rescatar en estos mismos espacios, por aquello de la “intuición del instante”, sobre cuyo tema discurría el científico, filósofo y literato francés Gastón Bachelard.
Dinu Flamand ha dejado en Tegucigalpa una “Antología Poética” (publicada por la Editorial “Mano Nostra”), que ofrece un muestrario de sus versos más felices, algunos relampagueantes, con un trasfondo filosófico que debe ser buscado con la lupa del conocimiento. Hay un trasfondo del “Mito de la Caverna de Platón”. Hay referencias directas al “Dasein” de Martin Heidegger. Ejemplo de uno de sus tantos versos: “por qué existe el algo y no más bien el nada”. Luego alude a otros pensadores como Descartes y Plinio el Viejo, con matemáticas fractales, que reafirman que la poesía bien puede viajar mucho más allá del simple juego de las palabras ágiles, que hoy se han puesto de moda.
A Marco Antonio Campos le había conocido mucho antes, en el contexto de unos “Juegos Florales” de la Alcaldía Mayor de Tegucigalpa. Fuimos a cenar con unos amigos a un restaurante caracterizado por un corte de carne, tipo argentino. Creo que estuvimos accidentalmente sentados uno junto al otro. No pude evitar percibir su gran erudición literaria. Yo estuve en silencio, en todo momento, en aquel entonces, hace unos ocho o diez años, más o menos. Por eso me daba temor entrevistar en la televisión a un poeta mexicano extraordinariamente erudito. Digo esto porque hasta hace un par de semanas comencé a leer su poesía andariega detenidamente, de aparente sencillez y de gran respiración en sus contenidos, con larga mirada por el orbe occidental. Es, para decirlo de entrada, una poesía realmente cosmopolita, ausente de los atropellados regionalismos y contraria al mero juego de palabras panfletarias en que a menudo caen (o hemos caído) algunos poetas “jóvenes”.
Ese cosmopolitismo andariego de Marco Antonio Campos, con el cual busca arribar, o tal vez retornar finalmente a su “Ítaca” (la utópica y ucrónica isla de los sueños de Odiseo en la obra que se le adjudica a Homero), en el fondo pareciera que se trata del “eterno retorno” poético del mexicano que busca la isla en la antigua y desaparecida laguna azteca de Tenochtitlán, es decir, la moderna ciudad de México. Aparentemente ahí, “Toda Travesía Termina”, como termina la vida azarosa de cada uno de nosotros.
La poesía de Marco Antonio Campos está cargada de aparentes neologismos y de lugares históricos emblemáticos: París, Roma, Salzburgo, Viena, Jerusalén, Bogotá, Praga, Casablanca, Madrid, Atenas. Etc. También algunas aguas inolvidables como las del río Sena, del Danubio y del Mar Mediterráneo. Le decía personalmente que en su poesía hay un trasfondo (detrás de todo fondo) histórico y demográfico. Y un conocimiento literario sorprendente, que enriquece al interlocutor por la forma suave con que lo exterioriza.
Para finalizar la jornada intelectual de cuatro días, la Academia Hondureña de la Lengua lo convirtió en socio correspondiente en México. Fue propuesto por Livio Ramírez, presentado por Juan Ramón Martínez, apoyado por Rolando Kattán y por el autor de estos renglones y otros colegas académicos. El discurso de incorporación del socio Campos (“Leer Poesía”) es como una obra poética en prosa extendida, para estremecer a los más insensibles. Después de su discurso anti-panfletario, y de la presencia silenciosa de Dinu Flamand, es casi imposible seguir despreciando la poesía, la filosofía y la historia, como suele ocurrir en provincias todavía mostrencas y ariscas como la nuestra. Gracias a todos los integrantes (especialmente mujeres) del Taller “Alicanto”, por hacer posible la visita de estos amigos. Solo las hojas de mi otoño saben si acaso volveremos a mirarnos. ¡¡Sea!!