Por Juan Ramón Martínez
En forma imperceptible, la política está volviendo a la normalidad. LIBRE ha entrado al aro de la legalidad. Previo el goce de las típicas prebendas. Nasralla, organiza su partido, tranquilizando a la ciudadanía que ha olvidado sus amenazas de destruir a Honduras. Y Manuel Zelaya, como es su conducta previsible, lanza un candidato –una joven y atractiva figura, diputado juicioso y casi sin toxicidad–, para que encabece las papeletas de Libre. Como es fácil anticipar, repetirá una jugada practicada, buscando distraer al electorado, para al final, después de sacrificar a Jorge Cálix, pactar con Nasralla una alianza de oposición para derrotar al Partido Nacional que, para sus propósitos, muestra fisuras que pueden anticipar una derrota en las elecciones de 2021.
O convence a Nasralla de dos cosas: la primera, que lo importante no es el ejercicio de la Presidencia, sino que la capacidad de ser el hombre tras el trono; y la segunda que, para el electorado, los dos son altamente tóxicos por lo que, en vez de atraerlo a las urnas, lo empujarán a brazos de los nacionalistas que saben muy bien que, una presidencia influida por alguno de ellos, asusta al pueblo hondureño. Y, les favorece de rebote. Es la tesis del mal menor.
Nasralla tiene un alto ego. Como todos los políticos. Igual que el apego que Zelaya hacia el poder, enfermedad incurable que, le acompañará, como a muchos otros caudillos, hasta el fondo de la fosa inevitable en donde depositarán sus despojos. Sin embargo, los dos son pragmáticos. Lo que hacen no es por principios; ni menos por compromisos ideológicos. Su ideología es no tener ideología. Y su praxis política se mueve en el corto plazo, aprovechando coyunturas y reaccionando frente a cada una, para aprovecharla en la mejor forma. Y su olfato, –su mayor virtud–, es darse cuenta del distanciamiento afectuoso que se sigue dando entre el electorado, que cada día se resiente más, y la clase política, especialmente la gobernante. Por ello, no hay que descartar que Jorge Cálix sea su candidato. De ambos, porque no es tóxico, es católico bien formado, hombre moderado y, según sus cálculos, obediente y no deliberante. De forma que podrían los dos, una vez ganadas las elecciones, dirigir los asuntos públicos, desde la comodidad del obscuro anonimato.
El problema de todo esto es la previsibilidad. Un adversario del que se anticipan los movimientos que dará, es fácilmente derrotable. JOH, más tranquilo, menos nervioso, muy calculador, anticipa en cada momento, cuál pieza moverán. Y aunque le toca la incómoda posición del defensor, tiene conocimiento que los que le atacan, deben hacer un esfuerzo mayor. Terminando fatigados, especialmente, si no les hace frente. Y continúa como ha sido su estilo, atacando por los flancos, evitando la confrontación y el choque de frontal. Por ello, buscará dividirlos, como lo ha hecho hasta ahora, mientras mantiene unificadas sus fuerzas. Cosa que no le será fácil –debido a que tanto tiempo en el poder aumenta su confianza en sus habilidades y corre más riesgos– y porque la embestida de los opositores, ya no se hará en los periódicos, sino que, en las redes sociales. Y porque, demográficamente, la mayoría del electorado no ha conocido otro Presidente más que JOH. Y querrán cambiar de gobernante. Como lo hiciera Callejas, ante el cansancio que habían provocado los dos gobiernos liberales de Suazo Córdova y Azcona del Hoyo.
Ni Zelaya, Nasralla y tampoco Cálix –la figura nueva, el Callejas de la oposición anticachureca– saben que la acción política, no se basará tanto en debilitar al adversario, sino que usar su amenaza, fortaleciendo y manteniendo la unidad del frente interno. Los nacionalistas se reagrupan más fácilmente; pero tienen que llevar como candidato, a una figura fresca y lozana.
Imprevisible. Inesperada, y manejar una estrategia a la defensiva, en que se presente a Zelaya Rosales y a Nasralla –incluido a Cálix– como una fórmula peligrosa para la paz. No tanto por el joven político, sino que, por la toxicidad que Zelaya Rosales lleva a la política. Nasralla lo descubrió muy tarde. Por ello, no ganó las últimas elecciones. Y mientras Zelaya siga “vivo” en política, los nacionalistas tienen otra oportunidad de capitalizar el miedo. Fuerza motriz del electorado de más edad. Que lo conoce muy bien. Y que es mayoría.