NO hubo respuesta de la ministra de Salud al planteamiento del Colegio de Psicólogos de declarar emergencia en salud mental ante la creciente ola de suicidios entre muchachos y muchachas. El ministro de Educación por fin apareció abordando la amenaza –expuesta por LA TRIBUNA en sus últimas entregas– que se cierne sobre niños y adolescentes, estudiantes de los centros de enseñanza, víctimas del acoso de esos videojuegos mortales que, como trampas para el suicidio, se difunden por las redes sociales. Informa el funcionario que preparan “una fuerte campaña en los centros educativos, de prevención y protección de la niñez, instruyendo sobre el uso de esos juegos en línea”. Ofrece “arrancar en los próximos días una campaña mediática para generar una alerta, pero además para entrar a un proceso de reforzamiento de la autoestima del educando, a través de actividades lúdicas y recreativas; y vamos a meter muy fuerte el tema del canto, baile, drama, deporte y llevar de nuevo a los niños a espacios que permitan sacarlos de esta acción monótona de videojuegos”.
Esto ya es un inicio. Aunque lo desquiciado del sistema sea un espeso matorral de mala hierba, con profundas raíces que apenas comienza a tocarse por encimita. No dijo nada sobre lo otro de infundir el hábito de la lectura en los jóvenes que van a las escuelas. Que les serviría para ampliar su anémico bagaje cultural; y como opción al pasatiempo actual que se ha apoderado de sus vidas. Que los mantiene recluidos en burbujas cautivas. Ello es el hipnotismo de zombis que sobre ellos ejercen las pantallas de sus aparatos digitales. Como decíamos ayer, no es para menos la preocupación de padres de familia que no encuentran parámetros de aproximación con sus hijos en esta sociedad impersonal –invadida por tecnologías que de repente sin poder digerirlo, cambiaron los patrones de convivencia– que adolece del bálsamo que en ambientes más apacibles daba la conversación de adultos con muchachos que ponían atención. Lo urgente, lo fugaz, lo superficial –como botón de muestra los debates políticos iracundos llenos de odio para dividir no para unir la dispersada familia hondureña– sobre trivialidades que ninguna solución ofrecen al aflictivo padecimiento nacional, deshilacharon la fibra social que con hábil destreza y esmerado cuidado urdieron las generaciones del pasado.
Cómo hace falta la interacción cuasi paternal, que maestros respetados y respetables tenían en sus aulas con sus alumnos, orientándolos para enfrentar con armas de mayor seguridad personal los avatares de la vida; la instrucción sabia y repleta de ejemplos que deriva de la mucha experiencia, para sortear altibajos y reveses. Así que la magnitud de este vacío de valores, no es para soluciones improvisadas. Se requiere de toda un estrategia bien meditada, socializada con otros actores del quehacer educativo, donde la autoridad de Educación debe llevar la iniciativa y proveer el liderazgo para impulsarla en las escuelas, en los colegios y en las universidades como parte integral de los planes de estudio y de las exigencias académicas. Por de pronto, por lo menos pareciera que algún interés ha despertado la exposición de la prensa de esta realidad que hasta ahora ha permanecido bastante inadvertida.