Honduras en 1897

Parte 3 y última

Por Óscar Lanza Rosales
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Termino este informe del gobierno francés al presidente Policarpo Bonilla, describiendo las facilidades que se brindaban a los extranjeros para invertir en el país; la percepción del carácter que tenían los hondureños y lo que se pensaba de Honduras en el exterior.

El extranjero gozaba de toda clase de seguridades. Debía cumplir las leyes y respetar las autoridades; gozaba de los mismos derechos y obligaciones civiles que los hondureños, excepto los políticos. Podía adquirir tierras, sujetándose a las regulaciones que regía la propiedad: las nacionales por subasta, las municipales por dominio útil, y las particulares por contratos de compra-venta. Tenía derecho a invocar la protección de su país, por la vía diplomática, conforme a los tratados y convenciones del derecho internacional.

También tenía grandes facilidades para adquirir propiedades en zonas mineras. El gobierno promovía el establecimiento y desarrollo de empresas mineras; en vez de gravarlas con impuestos, las exoneraba en la importación de maquinaria y útiles necesarios para su funcionamiento; el pueblo hondureño simpatizaba con los empresarios nacionales o extranjeros, con tal que estos se abstuvieran de participar en las contiendas políticas.

Los frecuentes disturbios revolucionarios que afligían a Honduras, casi no afectaban la marcha de las empresas mineras.

La Rosario Mining Company, en sus primeros 17 años, nunca interrumpió sus operaciones. Tampoco la empresa artesanal de Federico Bell y las demás empresas comerciales, agrícolas y mineras de extranjeros y hondureños, que con perseverancia, inteligencia y dedicación, salían adelante.

Hondureños y extranjeros podían adquirir terrenos nacionales por concesión, para el cultivo de productos agrícolas priorizados por el Estado.

Agricultores y ganaderos también gozaban de exención de impuestos para la importación de maquinaria, herramientas, animales para mejorar las razas y semillas mejoradas.

En cuanto a los hondureños, en general tenían los distintivos siguientes: honrados, hospitalarios, amantes de la familia y la patria.

Un hecho que merece mencionarse, es que había muchas personas que se dedicaban a servir de correos particulares, muy confiables para llevar encomiendas de un lugar a otro del país -incluyendo oro y plata- sin escolta y nunca se dio el caso, que alguien se haya apropiado de una encomienda, o la haya perdido en el camino. En ese entonces, no había asaltantes.

Pero sí existía una cosa rara, es que si a esa misma persona de encomiendas, tan fiel y cumplidora, se le daba prestado dinero, por insignificante que fuera, valía más considerarla como perdida, si se renunciaba a recurrir a la justicia para exigir el reembolso.

Según la misión, muchos tildaban al hondureño de indolente, un calificativo injusto, porque indolentes y perezosos, abundan en todo el mundo. Bastaba visitar las minas, el ferrocarril, las zonas agrícolas y ganaderas, para convencerse de lo contrario, que el hondureño era trabajador.

Eso sí, era poco emprendedor, porque carecía de ejemplos y de apremiantes necesidades. Los climas benignos y la exuberancia de la naturaleza, le permitían satisfacer sus necesidades, con muy poco trabajo. También contribuía a no trabajar con más ahínco, la falta de mercados para sus productos, y las malas y escasas vías de comunicación.

Para concluir, el informe decía que el mundo percibía a Honduras, al igual que la mayoría de países latinoamericanos, de revoltoso, por los frecuentes movimientos revolucionarios, aunque a veces se daban prolongados períodos de paz. Pero esa era la mala fama, y que diera lugar a que el capital, como la inmigración, se mantuvieran alejados. Hasta el periodismo y la ciencia mundial de esa época, ignoraba la riqueza de esta privilegiada tierra.

Por tal motivo, Honduras, permanecía casi ignorada, y con la imagen que solo era fecunda para las interminables revoluciones, que también se daban en otros países de la región, pero a diferencia de Honduras, aquellos sí prosperaban y progresaban.

Honduras, era conocido en los mercados financieros de Londres y de París, no por sus riquezas, sino por la enorme deuda fraudulenta que contrajo para construir el ferrocarril interoceánico, su principal causa de descredito a nivel internacional.

La misión hacía el siguiente llamado: “ya es tiempo de rehabilitar este país tan postergado; que se desvanezcan las densas tinieblas que lo cubren y que aparezca al mundo tal como es, y comience a figurar en el concierto de los países civilizados; y que con sus múltiples y extraordinarios recursos venga a contribuir al bienestar y progreso de la humanidad, en la digna escala a que está llamado a hacerlo”.

Como ven amigos lectores, a pesar de la posición geográfica envidiable, y de nuestras riquezas, a más de un siglo de ese informe: ¡Todavía no nos levantamos!