Luis Zelaya y “el hijo malo”

Por Juan Ramón Martínez

Eran los primeros años de los cincuenta. Olanchito, orillera en la costa norte, estaba aislada de casi todos lados. La referencia era La Ceiba, expresión de la modernidad, frente al desarrollo rural suyo. El avión, el tren, los productos de los comisariatos –la mayoría estadounidenses– y las plantaciones bananeras, eran el anuncio de una modernidad inevitable. Íbamos entonces, mañana y tarde a la Escuela Modesto Chacón. Y en las tardes, jugábamos a la pelota, descalzos. Entre los jugadores, un niño al que todos le decían “hijo malo”, por su pública mala conducta. Incluso, algunos contaban que cuando la madre le quería castigar, le arrebataba la faja y huía. De allí los más disgustados por los constantes irrespetos, hicieron circular la información que le pegaba a su propia madre. Cosa que, le volvió el más impopular de todos. Y le condenó a cargar con el apodo que más que una metáfora, era una condenación colectiva, ante una conducta inaceptable. Un día, a la hora del tren, abandonó la ciudad. Y durante mucho tiempo, nadie supo de él. Solo sus familiares le echaban en falta, por razones naturales. El resto, nos olvidamos de “hijo malo”. Hasta que un día, apareció vestido de autoridad, miembro del CES. Pudiendo irse a otro lado, pidió regresar a su ciudad natal, posiblemente, en el ánimo de reivindicarse. Para entonces, residíamos en Tegucigalpa, terminando la primera jornada de estudios superiores. Lo veía en las vacaciones anuales. “Hijo malo”, serio, respetuoso, ejemplar. Era un referente. Respetaban su autoridad; pero nadie le reconocía condición moral para el cargo. Y todos, tras el adiós “teniente”, repetían en silencio vengativo “hijo malo”. En las conversaciones de las tardes inmóviles, el rechazo en contra del hijo que decían que le había pegado a la madre, no menguó en ningún momento. Entonces, no sé cómo se valora ahora, lo peor que podría hacer un ser humano, –más que robarse la iglesia o vender el cabildo municipal–, era ofender a la madre.

Lo recuerdo cuando escucho las declaraciones de la madre de Orlando Zelaya, acusándole, junto a otros tres hermanos, de “hijos malos”. No hay agresión física. Solo despojo de bienes, que ella y su esposo hicieron, por parte de hijos que, sin ninguna limitación moral, la quieren dejar en la pobreza. En su defensa, el excandidato presidencial, argumenta que es un asunto privado que no se debe mezclar con la política. Y sin pruebas, pretendiendo defenderse, atribuye todo, a una conspiración de Carlos Flores, insinuando, que empuja a su madre, para que lo denuncie.

Para conocimiento del exrector –que deshonra la cátedra– no hay frontera entre la conducta interna, la relación familiar y la vida pública. Las tres están articuladas. Y en términos teóricos, la moral enseña lo que es bueno, para diferenciarlo de lo que es malo. Y la ética, es la opinión pública que censura y rechaza su conducta irregular frente a su madre. Misma que le deshonra, como hombre, incapacitándolo como líder.

En lo que respecta a la acusación, las pruebas condenan al excandidato que escogieron los liberales para recuperarse de la traición de Manuel Zelaya que, también le “pegó”, como en la historia de “hijo malo”, a su propia madre, representada por el Partido Liberal. Si no bastaran las declaraciones de la madre adolorida, que ha provocado la compasión a todos, en los juzgados está la demanda de Orlando Zelaya y sus hermanos. Los “hijos malos” de ahora. Mucho más vergonzosa que el de Olanchito.

Allá, el “hijo malo” buscó la forma de reivindicarse. El intento fue respetable. Que lo haya logrado o no, no es importante.
El mayor problema de este asunto es que, Orlando Zelaya se presenta como gran abanderado contra de la corrupción. De los otros. Los del “lado obscuro” del PL y de los nacionalistas. Pasando por alto que los corruptos le roban al gobierno, a la sociedad y a los hondureños. En tanto que él, el más público de todos sus hermanos, quiere privar a su madre de los bienes que hiciera junto a su padre. Sin justificación moral y sin respeto ético para los liberales que, están avergonzados de su conducta. Intentará reivindicarse? Renunciará del Partido Liberal? Huirá, como “hijo malo”, que desapareció, arrepentido? Sabrá Dios.