Por Dagoberto Espinoza Murra
En otras ocasiones nos hemos referido sobre este tema, tanto en artículos periodísticos como en clases de siquiatría para estudiantes de Medicina. En los actuales momentos, los hondureños pasamos con los “nervios crispados” por la incertidumbre política; altos niveles de corrupción; saqueo de los fondos de instituciones públicas para financiar campaña políticas y la impunidad de todos estos casos y, como si esto fuera poco, es patente la asociación de elevadas figuras políticas del partido gobernante con lo que se ha dado en llamar crimen organizado.
El doctor Ricardo Diego Alduvín, médico humanista, que fungió como director de la primera sala para enfermos mentales, anexa al Asilo de Inválidos, de 1926 a 1932. Con el advenimiento del nuevo gobierno, que duraría 16 años salió al exilio, radicándose en México. Recién llegado de nuevo a la patria, el director de la Normal de Varones, profesor Ramón Carías Donaire lo invitó para que diera una charla sobre salud mental a un puñado de adolescentes que nos estábamos formando para egresar con el título de Maestro de Educación Primaria. El auditorio estaba lleno y tanto el director como los profesores consejeros, pedían a los alumnos guardar la mejor compostura posible para aprovechar al máximo aquella conferencia.
El doctor Alduvín que había realizado algunos cursos sobre salud pública en París, se presentó elegantemente vestido, saludando a profesores y alumnos. El director le pidió ocupar el espacio preparado para el conferenciante y dijo unas pocas palabras a manera de presentación del invitado.
Él comenzó de esta manera: “Espero no defraudarlos si les digo que no conozco una buena definición de salud mental, pero en cambio sí puedo identificar a sus enemigos”. Los ejércitos de las naciones poderosas que conocen a sus enemigos no fracasan -prosiguió- esbozando una ligera sonrisa, “así ustedes, que trabajarán con lo más preciado del país: su niñez y su juventud, podrán contribuir para que esos enemigos no alteren la tranquilidad de nuestros hogares “y cuáles son esos enemigos”? -se preguntarán, continuó el doctor Alduvín, “es muy fácil recordarlos”. Con paso seguro se dirigió al pizarrón y de arriba abajo escribió cinco letras. “Las alcanzan a leer los que están en los asientos traseros”?, preguntó cortésmente. “Sí” se escuchó en todo el auditorio.
“Lea en voz alta esas letras” pidió a uno de los alumnos que estuviera al frente. Este, poniéndose de pie, leyó: a e i o u. “Muy bien”, dijo el doctor Alduvín, esas son las vocales de nuestro alfabeto, y nadie las puede olvidar”. Con las vocales podemos escribir el nombre de esos enemigos. Veamos: comencemos con la “A” “¿Qué nombre se les ocurre”, jóvenes? Ante el total silencio el distinguido galeno, continuó: Para que no crean que desconozco la gramática, antepongamos una “h” y así podremos escribir la palabra “hambre”. El hambre se enseñorea en pueblos, aldeas y caseríos como expresión de una pobreza inveterada y es el peor enemigo de la salud mental. Niños desnutridos que no progresan en la escuela; por sus condiciones físicas precarias sucumben fácilmente al contraer una enfermedad propia de la niñez. Las madres, al no tener alimento para sus niños, lloran desconsoladamente”.
Y con la “E” qué se les ocurre? Prosiguió el conferenciante. Nuevamente el silencio se impuso en el auditorio. El doctor Alduvín tomó la tiza y escribió en el pizarrón la palabra “enfermedad” hizo mención a gran número de enfermedades que, en algunos momentos han diezmado nuestra población. Dentro de estas hay una que merece especial atención y es el alcoholismo. En aquellos hogares donde hay un alcohólico no puede haber salud mental. Sufren las esposas, lloran los niños y los adolescentes fracasan en sus estudios por los eventos dolorosos que suceden en esos hogares, la violencia intrafamiliar en sus diferentes manifestaciones. Después anota letra “I” y preguntó a los asistentes qué palabra podríamos escribir para señalar a uno de los enemigos de la salud mental.
Como nadie dio respuesta él, de manera enfática expresó: “ignorancia” es otro elemento perturbador de la salud mental. En pueblos y aldeas todavía se cree en maleficios y que a larga distancia se puede colocar un sapo en el abdomen de otra persona. Pero hay otra ignorancia más dañina, la política. Nuestros pueblos se vuelven víctimas fáciles del engaño de falsos líderes que, con sus votos y hasta con su vida elevan a los demagogos a ocupar puestos cimeros de la administración pública.
El conferenciante desplazándose serenamente en el auditorio, anotó en el pizarrón la letra: “O”. Para facilitar el diálogo con los jóvenes, dijo que con la o, se escribe uno de los más grandes enemigos de la salud mental y anotó la palabra “odio” en el pizarrón. El odio lo podemos vivir en los hogares, en las calles, entre facciones políticas y naciones. En Europa ha habido tremendos conflictos religiosos y raciales que han llegado al enfrentamiento de grandes segmentos de su población. En nuestro país lo más patente ha sido el odio político que ha desplazado a brillantes hijos de la patria por el único motivo de no estar afiliados al partido gobernante.
Con respecto a la “U”, varios alumnos preguntaron qué se escribiría con la u. El disertante dijo: con la u escribimos utilitarismo, o sea el afán de acumular capitales que no se gastarán en toda una vida. Muchos de nuestros políticos hablan de hacer bien al país; pero lo que realmente les interesa es acumular riquezas para ellos, familiares y amigos más cercanos. Esa gente sufre a pesar de los caudales acumulados.
Con atronadores aplausos, los asistentes premiamos aquella inolvidable conferencia.