Por: Segisfredo Infante
El caso del poeta hondureño Edilberto Cardona Bulnes, es un capítulo de la historia de la literatura hondureña (y de la literatura en sí misma) que debe recapitularse. Cuando lo conocí personalmente, en la segunda mitad de los años ochentas, en una callejuela de Comayagua, el hombre se había retirado casi completamente de los campos de la poesía pública. Se dedicaba más bien a dibujar bocetos coloniales; a consejerías de estudiantes con problemas en la asignatura de español; a intervenir esporádicamente en las misas dominicales de la Iglesia Catedral; y en las misas de sus amigos difuntos. También participaba con devoción en “Semana Santa”. Y elaboraba artesanías hogareñas para la celebración de “Adviento”. Vivía, por aquellos días, a la par de su hermano José Cardona, mencionado en su poema elegíaco “Final del Éxodo”, que publicó en una especie de hoja volante al fallecer su señor padre; contenido que me regaló para ser reproducido en uno de los números del “Boletín Literario-Informativo 18-Conejo”. Después se alejó un poco de su querido y complicado hermano, para luego comprar una casita de bahareque pintada con cal, en una esquina del Barrio Arriba de su ciudad natal. Me dijo que la había comprado para retornar a la poesía y al ensayo, en virtud que le habíamos abierto las puertas en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH, en donde me visitó un par de veces.
Vivía a duras penas con una mísera pensión de doscientos ochenta lempiras mensuales, aproximadamente. No vivía. Apenas subsistía como ermitaño, uno de los más grandes poetas centroamericanos. Esta circunstancia extremadamente precaria la he relatado en varios artículos, motivo por el cual evitaré caer en esos mismos detalles. Sin embargo, vale la pena recapitular con nuevos aires y nuevos tonos algunas cosas olvidadas, tergiversadas, minimizadas o exageradas en relación con los últimos años de la vida del poeta y ensayista don Edilberto Cardona Bulnes. El hombre decía que me había recibido en su casa como historiador y ensayista, porque no quería “saber nada de los poetas de Tegucigalpa”, que lo habían acusado de estar “loco” y de ser “homosexual”, como para excomulgarlo de las sectas literarias del entorno. Situación que de vez en cuando se repite en relación con su persona y su obra. Pero como el derecho es positivo, nunca percibí ademanes, gestos o insinuaciones homosexuales en el poeta. (No me consta para nada).
Una vez me mostró un volumen sobreviviente de su libro “Jonás; o líneas en una botella” (editado por EDUCA), para luego relatarme punto por punto cómo se había “extraviado” en el aeropuerto Toncontín “la edición completa” de su obra más buscada en los días que corren. Aquel extravío deliberado le había provocado un infarto. Más tarde, con más confianza, me mostró y me leyó un libro de sonetos inéditos, que imagino quedaron en manos de algunos de sus parientes más mezquinos. Porque “Don Edilberto” era un sonetista extraordinario. Hecho verificable que suele ser ignorado cuando algunos expositores hablan de su obra en público o en privado. Si es que acaso lo mencionan. En realidad nosotros le publicamos algunos sonetos en el citado Boletín “18-Conejo”. Entre otros el conocidísimo “Diego de Silva y Velásquez, evangelizador del iris”.
Sin embargo, el punto central de este artículo se encamina a subrayar las cosas que “Don Edilberto” leía y saboreaba. En uno de los artículos-ensayos publicados en “18-Conejo”, el autor presenta una lista condensada de sus poetas favoritos, principalmente latinoamericanos. Entre algunos, Andrés Bello y César Vallejo. Por supuesto que en sus haberes espirituales poseía la literatura clásica grecolatina. También tenía la “Biblia” como texto recurrente. No le conocí ninguna biblioteca respetable. Supongo que la había perdido en el contexto de la guerra honduro-salvadoreña de 1969, pues el poeta Edilberto fue encarcelado, maltratado y expulsado de El Salvador.
No obstante lo anterior, en una de mis visitas a Comayagua, abrió un cajón y me regaló tres libros. Los mencionaré detalladamente: 1) “Poesía Francesa Contemporánea (1915-1965), Antología Bilingüe”, preparada por Manuel Álvarez Ortega. El poeta estampó su firma en el reverso de la tapa de este libro, con una dedicatoria que dice: “A don Segisfredo Infante, poeta y amigo. Comayagua, 6 de octubre de 1990”. 2) “Interpretación y Análisis de la Obra Literaria”, de Wolfgang Kayser, versión española de María D. Mouton y V. García Yebra. (Editorial Gredos, cuarta edición revisada). 3) “Teoría Literaria”, por René Wellek y Austin Warren, con prólogo de Dámaso Alonso. (Gredos, cuarta edición). Los tres libros están subrayados por “Don Edilberto”, con observaciones al margen.
Cuando se dice que la poesía de Cardona Bulnes “es hermética” o “inclasificable”, en el fondo de los fondos lo que se pretende es rehuirla. Marginarla o desecharla. Lo justo sería que una poesía hermética fuera estudiada con más ahínco y sistematicidad, sobre todo si se trata de uno de los mejores poetas contemporáneos de Honduras. El reto sigue pendiente, amén de los trabajos publicados por Leonel Alvarado y Cardona Chapas.