Por: Mario Hernán Ramírez
A este tema le vamos a restar dos años, porque fue precisamente en 1947 cuando hicimos nuestro ingreso a la Escuela Vocacional Marcos Carías Reyes ubicada en el interior de la antigua Penitenciaría Central.
Pues bien, nuestra entrada a este reformatorio o correccional de menores como se le conocía también, ocurrió precisamente en marzo del año referido; y la primera impresión al penetrar para permanecer ahí por espacio de dos años fue conocer los nombres de seis oficiales con grado de subtenientes, que eran quienes dirigían prácticamente las actividades que a los internos se les impartía en ese recordado centro de reclusión. Estos oficiales respondían a los nombres de Humberto Suazo, Alonso Flores Guerra, Tomás Sosa, Marco Tulio del Cid, Eulalio Flores Andino y Rigoberto Díaz Flores; todos ellos internos, pero también, había un capitán llamado Erasmo Carías Lindo hijo del director del centro penal, general Víctor Carías Lindo; el reformatorio era prácticamente dirigido por el coronel Encarnación (Chon) Turcios, quien era el que daba las órdenes a todos los uniformados que ahí permanecíamos.
Esta escuela, en el referido año 1947 entre otras cosas fue objeto de la donación de un hermoso y vistoso estandarte, donado por la recién fundada Escuela Básica de Armas, mismo que fue llevado al Santuario de Suyapa para su bendición y posteriormente a la vieja casa presidencial para que el General Tiburcio Carías Andino, entonces presidente de la República, también le diera su “bendición”. A ese acto solemne asistimos un pelotón de veinticinco jóvenes -armas al hombro-, sin proyectiles, pero sí, con bayoneta calada.
Estos recuerdos los traemos a relación, ahora que en Honduras existe tanta inseguridad, con las llamadas maras o pandillas juveniles que se han esparcido por todo el territorio como una plaga o epidemia de mosquitos, hormigas o cualquier otro insecto dañino a la salud ya que en aquella época, en primer lugar no existían los llamados derechos humanos, y entonces a los muchachos de conducta irregular se les corregía mediante sistemas de fuerza y rigor, a la usanza de la antigüedad, es decir con látigos en mano por quienes habían logrado algún ascenso por su mayor permanencia dentro de la escuela, ya que la misma había sido fundada en 1935; independientemente de los latigazos que a diario se practicaban en la llamada “cuadra” o “tercera”, que eran los salones donde los verdugos vaciaban todo su odio contra las víctimas que lamentablemente caían en sus manos, por cualquier error cometido en el interior.
Sin embargo, esta escuela fue modelo posiblemente en Latinoamérica, porque en la misma, en primer lugar se aceptaban muchachos de ocho a trece años solamente, y en la misma, maestros especializados en las diferentes artes y oficios, generalmente los prisioneros servían de instructores para oficios como la zapatería, talabartería, tapicería, ebanistería, carpintería, herrería, mecánica, albañilería, sastrería, barbería etc., además de que se practicaban los deportes del béisbol, fútbol y basquetbol, cuyos integrantes llevaban el sugestivo nombre de “Los peces” quienes desafiaban a los más aguerridos equipos de su misma especie que existían en la capital.
Luego, la instrucción militar estilo chilena se practicaba diariamente, dejando espacio también para las aulas escolares en las que se cursaba hasta el tercer año de educación media y diferentes áreas musicales como la marimba, piano y las cornetas, igualmente existía un ring para boxear y hortalizas para practicar la agricultura, en fin, de esa recordada escuela surgieron valiosos elementos que décadas después de haber salido sirvieron a la patria desde sus elevadas posiciones de generales, coroneles, mayores y capitanes de nuestras Fuerzas Armadas; además, se formaron numerosos abogados, ingenieros y hasta periodistas y escritores, lo que demuestra claramente la importancia de aquellos reformatorios, donde también funcionó con menor cantidad de internos otra anexa a la Policía Nacional bajo la dirección del general Camilo Reina y otra mucho más pequeña adjunta al Cuartel San Francisco, bajo la conducción del general Lino Zúniga.
Hacemos un paréntesis para recordar a dos personajes, de los muchos que egresaron de ahí y cuyos nombres están grabados en letras de oro por la importancia de su actividad fuera de aquellos recintos; nos referimos al señor Salomón Sanabria, autor de la única obra escrita hasta el momento, en la que relata descarnadamente las torturas y sufrimientos que los reos ahí ubicados, sufrieron durante su permanencia, con el libro “La cárcel y mis carceleros”; otro personaje que le dio renombre a nuestro país, sobre todo en el extranjero, fue Mateo Caballero un maestro de la guitarra que interpretó conciertos en el Metropolitan de Nueva York, Bellas Artes de México y Colón de Buenos Aires, Argentina, para solo establecer la calidad de este hondureño cinco estrellas. Otros compañeros ya en libertad, entraron a las aulas universitarias y adquirieron títulos de economistas y otros fueron a estudiar a la Escuela Agrícola El Zamorano que también los preparó magistralmente para su defensa y la de su familia en el diario vivir.
En fin, hemos traído a relación esta escuela, sintetizando su labor y lamentando que no haya seguido su corriente, ya que la misma fue cortada en 1951 en la administración Gálvez, situación que si hubiese seguido, los hondureños todos estaríamos en mejores condiciones, pues las llamadas pandillas o maras que señalamos líneas arriba, jamás hubieran tenido cabida en nuestro territorio, pues quien salía del interior de estos reformatorios, no quedaba convidado a volver.