ALGO muy importante hemos perdido los hondureños, y es la vida abierta y pacífica de los niños y de los jóvenes en los barrios y colonias de las más importantes ciudades del país, sean grandes o pequeñas. Tegucigalpa, por ejemplo, hace unas cinco décadas era una ciudad de tamaño medio, casi pequeña, si la comparamos con las grandes metrópolis del mundo. Pero Tegucigalpa era un valle técnico y fluvial en donde convivía la gran mayoría de personas dentro de un ambiente de verdadera comunicación humana. El clima era agradable y benigno en todo sentido. Los niños jugaban en las calles coloniales y republicanas, y en los patios de los vecinos sin ningún peligro. Los muchachos adolescentes se encontraban en las esquinas a conversar, durante muchas horas de la noche, debajo de un poste del alumbrado público. O a estudiar en las mismas aceras cuando se aproximaban los temibles exámenes bimestrales. También eran famosas las “cocacoladas” bailables en el “Centro Social Universitario”, y en otras instituciones propicias para la recreación, donde en muy raras ocasiones se presentaban disturbios alcohólicos o de otro tipo.
En San Pedro Sula, donde la gente ha sido más extrovertida, se organizaban fiestas comunales en los barrios y colonias marginales. Eran memorables las fiestas juveniles todos los viernes y los sábados por las noches, en “El Jardín Acuático”, en los alrededores del barrio Guamilito. Igualmente los viajes domingueros a los balnearios cercanos como el del “Zapotal”. La gente caminaba por las noches desde los colegios y escuelas nocturnas hasta las colonias marginales en donde habitaban, sin ninguna amenaza de por medio. O se desplazaban en grupos hasta el hermoso “Monumento de la Madre”, todo iluminado, en las afueras de la ciudad de San Pedro Sula de aquella época. Eran extraños los conatos de violencia o los crímenes macabros que actualmente se observan.
Comayagua era una ciudad pequeñita extraordinariamente silenciosa en el día, pero sobre todo en la noche. Sus templos, sus calles y sus casas de adobes con alerones de tiempos añejos, eran como el paradigma idílico de “tiempos ya idos”. Era tan agradable, tan pacífica y a veces tan aburrida la antigua capital de Honduras, que casi ningún transeúnte la visitaba, pues apenas contaba la ciudad con un hospedaje que existía frente al parque central desde los tiempos de la Reforma Liberal. Otro tanto podría decirse de la vieja Choluteca, tierra de sabios y poetas. No digamos de Santa Rosa de Copán, Gracias, Danlí, Catacamas, Juticalpa, Yuscarán, Siguatepeque y Yoro, ancladas en la suavidad del tiempo.
Todo lo anteriormente expresado exceptúa a las fastidiosas montoneras y guerras civiles fratricidas que se experimentaron durante el siglo diecinueve y primeras tres décadas del veinte, y una que otra “asonada” de barracas con sus respectivas cadenas radiales. Fuera de eso, los adultos mayores, los jóvenes y los niños coexistían tranquilamente, sin sobresaltos mortales, de ninguna naturaleza. Flotaba en el ambiente una genuina calidez de barrio, en donde casi todos compartían la comunicación permanente con los vecinos, a pesar de la evidente pobreza y de otras limitaciones materiales.
Hablamos de la vida entrañable de nuestras ciudades emblemáticas de hace cincuenta años. Una vida que se ha roto por el aumento exponencial de la población; por la erosión de los suelos agrícolas; la destrucción permanente de nuestros bosques; y por la llegada archiviolenta del narcotráfico internacional. Los malos hondureños que le han abierto las puertas al narcotráfico, le han asestado una puñalada en la espalda a su propia nación. Son los responsables más inmediatos de que los catrachos hayamos perdido la tranquilidad relativa y la calidez de las barriadas que antes disfrutábamos abiertamente.