Por Óscar Armando Valladares
Hállase al término de la calle medianera del Cementerio General, la escultura marmórea de un ángel reclinado –suplicando silencio–, ademán que conserva la memoria aún después de que el “articidio” vandálico cercenara la cabeza y la mano que realzaba el índice admonitorio de la joven madona. Bajo el pie delicado, reposan las cenizas de Marcos Carías Reyes, compatriota que a la altura abrumada de 44 años dispuso de su existencia el lunes 24 de octubre de 1949.
Abogado, político, escritor, sobrino predilecto de Carías Andino –en cuyo largo mandato cumplimentó funciones de secretario privado– y, en lo familiar, prohijó dos varones, Marcos y Mario, más una sola hembra, Guadalupe, con su esposa Gertrudis –Tula– Zapata Fiallos. Prosador neto, con poco influjo versal, configuró una obra relegada en el tiempo: La heredad y Trópico, novelas; Germinal y Cuentos de lobos, Prosas fugaces, Crónicas frívolas y un manojo de ensayos, como Hombres de pensamiento, Juan Ramón Molina y Consideraciones sobre aspectos históricos y sociales de Honduras.
El libro que encimó su nombre fue sin duda La heredad, trasunto como otros escritos suyos del entorno geográfico e histórico y de personajes –rurales y urbanos– casados con las luchas políticas intestinas, en que un macizo general y abogado Andino ejerce su patriarcado (como en verdad lo ejercía el tío del autor). Una aleación del realismo balzaciano, del naturalismo francés de Emilio Zola y del español de Blasco Ibáñez tensa el hilo narrativo de Carías Reyes. El hijo que siguió sus huellas para luego andar nuevos caminos, Marcos Carías Zapata, hizo un vasto recorrido por la historiografía, el cuento y la novelística, ejercicio misceláneo que pareció provenir –al observador distante– de un carácter reservado y su cariz tranquilo, poco expresivo, inducía a tomarlo como el lobo estepario de las letras nuestras, a la manera de Juan Carlos Onetti, el maestro uruguayo, de escéptico y desencantado temperamento.
Ávido lector, con estudios en España de filosofía e historia de América, su producción le obligó a encarar novedosos retos y a acceder en ocasiones a un lenguaje inédito, experimental, ajeno al “contexto retórico y engolado” que –decía– “nos sigue envolviendo”. De su haber literario nos dejó: La ternura que esperaba, La memoria y sus consecuencias, Una función con móbiles y tentetiesos, Nuevos cuentos de lobos, Plaza mayor, circo menor, Vara de medir y El ángel de la bola de oro; en el contexto de trabajos históricos: La Iglesia Católica en Honduras, Vernon & James, vidas paralelas, Crónicas y cronistas de la conquista de Honduras y De la patria del criollo a la patria compartida.
Si “La heredad” de Marcos, padre, viene a ser una novela “historiada” del país, de su gente y del estado de barbarie dominante “donde imperan la gañadería y la ignorancia, la violencia y la corrupción, el hambre, la miseria y la peste”; de forma diferencial, el libro de Marcos, hijo, “De la patria del criollo a la patria compartida”, constituye una historia novelada y novedosa de esa porción geográfica que, invadida y ocupada por la corona española, calzó el nombre de Honduras. Obra con un doble origen: periodístico y académico, la misma –aclara Marcos– no es erudita, es de tipo general (ni económica, ni política, ni cultural) y los temas configuran un conjunto de lecciones progresivas, sin obligada sucesión cronológica.
Con él fuimos partícipes culturales en jurados del premio “José Trinidad Reyes”, en jornadas de la IV Reforma Universitaria y de los “años académicos” de la Alma Máter. De abril, 2010, guardo un ejemplar de su última novela, El ángel de la bola de oro, en la que estampó: “Para mi amigo el poeta Armando Valladares, con afecto”; igual cultivo afable conservo con María Cristina Pineda, su esposa, desde el lapso rectoral de Juan Almendares Bonilla.
Merecedor –entre otras preseas– del Premio Nacional Ramón Rosa y del Rey Juan Carlos de Estudios Históricos, casi setenta años después de la muerte de su padre, el 22 de diciembre de 2018 sobrevino su deceso, un sábado que además cobró la vida del expresidente Suazo Córdova y, en Londres, la del pintor Miguel Ángel Ruiz Matute.
Doce años han corrido de esa “historia de Honduras” recogida en el libro sobredicho, que vale reeditar y contrastar su miraje crítico, filosófico, con la patria que nos queda: revertida, repartida y más desigual que nunca. Las palabras finales de Marcos Carías acarrean un riguroso sentido: “La patria por compartir no es una propuesta teórica. Habrá de ser una construcción fáctica, real, producto de acciones venideras llevadas a cabo por la propia población hondureña que logren vencer las actuales limitaciones objetivas de pobreza e injusticia, que son las que imposibilitan y le niegan la oportunidad para compartir una patria”.