Cambio educacional y desarrollo

Por Juan Ramón Martínez

Hay muy pocas cosas en las que estamos de acuerdo. Una de ellas es que, la educación que ofrecemos, no es útil para el bienestar de los educandos y menos para el desarrollo del país. El atraso que apreciamos; la pobreza que nos avergüenza, tienen un origen muy claro: las políticas públicas educacionales no son adecuadas. Incluso, en el curso del tiempo, lo que se aprecia es un deterioro creciente. Desde la pedagogía del carácter de Miguel Morazán, la escuela nueva y la primavera villedista, hemos caído en un proceso educativo en que la “formación” es el pasaporte al infortunio, la guía para la amargura y el mapa para la pobreza. Un líder de la Cámara de Comercio de Tegucigalpa, dijo que uno de los problemas del país, para atraer inversión, crear riqueza y distribuir bienestar, es además de la inseguridad jurídica, el sistema educativo.

Somos testigos de la represión de que se hace objeto a los educandos, especialmente en la educación pública. El maestro que ha perdido la calidad de líder comunitario, es objeto de escarnio, ofensas y maltratos. No todo por culpa de la sociedad. Muchas de ellas, es de los propios maestros o sus dirigentes que, se entusiasmaron con la búsqueda engañosa del poder, creyendo que la revolución se puede hacer, en forma exitosa, de arriba para abajo. Ofendidos, transmiten a los alumnos, –sin supervisión suficiente–, amargura, que termina demostrando que nadie puede hacer sin amor y ternura, que un niño pueda hacer florecer a un hombre feliz y de bien. Nadie puede hacer nada desde el odio. Martí lo pregonaba.

Pero no todo está malo. Hay señales positivas. Este gobierno –vilipendiado por muchos, con razón o sin ella– quiere cambiar el sistema educativo. Y para ello, ha nombrado una comisión que estudie los problemas y proponga las soluciones en las que por primera vez, el supuesto es que el aula sea el punto de encuentro de alumnos, maestros, padres de familia y autoridades. Este principio es esperanzador; pero no es suficiente. Suena muy bonito. Es como dice Armando Euceda, una flor bella, en un bosque tenebroso, lleno de espinas, trampas y fantasmas.

Tenemos que ir más adelante. Es necesario que en el aula –en la escuela, en el colegio y en la universidad–, el alumno piense, hable y debata con sus compañeros, sobre la realidad en que operará su vida, anticipando las oportunidades y los desafíos. Para ello, como lo dicen algunos profesores de Harvard, es necesario que los maestros le pierdan el miedo al debate. Y para que, desde aquí, entendamos todos, que tanto los alumnos como los maestros, tienen opiniones y visiones críticas de la realidad, que pueden enriquecer mediante la confrontación de las mismas con las que tienen sus compañeros. Además, desde el principio los alumnos deben ejercer la crítica sobre la realidad, la calidad del discurso de los políticos, de forma que aprendan a escuchar –no solo a oír, que uno escucha solo lo que le conviene– en un clima de tolerancia, en el que la diferencia, en vez de ser un peligro, es la oportunidad para el conocimiento.

Acabo de estar probando estas ideas con alumnos universitarios en el Centro Regional de la UNAH en Danlí. Pude poner en práctica estos conceptos, discutiendo con uno de los alumnos, frente a sus compañeros y compañeras. Expresé mis ideas. Él presentó las suyas. Y en las que coincidimos, celebramos felices los acuerdos. Pero lo importante es lo bien que sentí, probando la hipótesis sobre si el debate es, o no posible, en el interior del sistema educativo nacional, Y el joven, también se sintió bien. Y me dijo algo que tiene que hacer pensar a los docentes y especialmente a los que por la suerte o el azar, hacen políticas públicas: “fíjese que los profesores me tratan mal, porque hablo mucho en clase, preguntando y cuestionando”.

Por supuesto, necesitamos nuevas autoridades, nuevos maestros y concepciones más democráticas de lo que es el proceso educativo. Va más allá de los protagonistas. Necesitamos nuevas visiones, que le den esperanza a la juventud, y seguridad que, al concluir sus estudios, tendrá empleo. O su empresa. Para ello, empujemos al país a una economía capitalista moderna, con empresarios que compitan y conquisten mercados, con calidad y buenos servicios.