OTRA jovencita se suicida colgándose de una viga en Guatateca, Masaguara, de Intibucá. Para obtener respuesta a la gestión de declarar una emergencia de salud mental que el Colegio de Psicólogos, alarmado con la expansiva ola de suicidios –consecuencia de trastornos de ansiedad y episodios depresivos– gestiona ante la autoridad, reporteros del rotativo quisieron contactar sin éxito a la ministra. Igual, fue imposible dar con el paradero del ministro de Educación; quizás salió disparado a La Mosquitia a tramitar registros y certificados, nomás enterarse que allá columbraron al Ciccaba Nigro y al Pájaro Estaca común (Nytibius Jamaicensis), dos nuevas especies de búhos, uno negro y el otro blanco, que habitan en la tupida selva tropical. El propósito era indagar si ya la secretaría a su cargo hace algo por inducir, en las escuelas, colegios, institutos y universidades, el hábito de la lectura en los estudiantes que pasan como zombis hipnotizados en sus aparatos digitales.
Pero igual, si estudian alguna estrategia que enfrente esa amenaza que se cierne sobre niños y adolescentes, estudiantes de los centros de enseñanza, víctimas del acoso de esos videojuegos mortales que, como trampas para el suicidio, se difunden por las redes sociales. Es decir, como el “Momo”, “Demonic”, el reto de la “Ballena Azul” y ahora ese personaje “Ayuwoki” con la cara macabra semblanza de una exagerada desfiguración del rostro de la difunta estrella del pop Michael Jackson que, a manera de advertencia, ha ocupado en las últimas ediciones espacio destacado en las portadas de LA TRIBUNA. No es para menos la preocupación de padres de familia que no encuentran parámetros de aproximación con sus hijos en esta sociedad impersonal –invadida por tecnologías que de repente sin poder digerirlo, cambiaron los patrones de convivencia– que adolece del bálsamo que en ambientes más apacibles daba la conversación de adultos con muchachos que ponían atención. Lo urgente, lo fugaz, lo superficial –como botón de muestra los debates políticos iracundos llenos de odio para dividir no para unir la dispersada familia hondureña– sin sustento alguno, sobre trivialidades que ninguna solución ofrece al aflictivo padecimiento nacional, deshilacharon la fibra social que con hábil destreza y esmerado cuidado de amantes tejedoras urdieron las generaciones del pasado. La obligada presencia de todos a la hora en punto de la cena para la cohabitación familiar.
No cada cual comiendo por su lado adicto a su teléfono celular, más pendiente del perentorio mensaje que precisa de una respuesta apremiante, que disfrutar de la compañía de los suyos en la tonificante intimidad del hogar. El tibio refugio que ofrecía visitar religiosamente a los vecinos para matar el ocio –si bien otros con ansias de cultivarse lo hacían leyendo– cuando se sabía quienes habitaban la casa de al lado, o a la vuelta de la esquina, en fin, todos en el entorno inmediato de la vecindad se conocían y se amigaban platicando. Aquello era comunidad. La interacción cuasi paternal, que maestros respetados y respetables tenían en sus aulas con sus alumnos, orientándolos para enfrentar con armas de mayor seguridad personal los avatares de la vida; la instrucción sabia y repleta de ejemplos que deriva de la mucha experiencia, para sortear altibajos y reveses. El alivio reparador de los sermones en las iglesias, pero más aún, los baños de fe con gotas redimibles de amor que riegan esperanza en los espíritus. Como decíamos ayer. No es nostalgia de viejos añorar con tristeza cómo se han descuidado tantos valores de antaño.