Por Segisfredo Infante
Un amigo oriundo del municipio de Guata, Olancho, me expresó que él siente que en mis artículos de los jueves no existe ninguna propuesta económica, y que más bien percibe una línea “neoliberal”. Mi primera reacción fue sonreír. Unos segundos después comencé por comentarle que daba la impresión que él nunca leía mis artículos; o que tal vez había leído algunos artículos aislados. Pero lo más importante es que estuve una hora aproximada explicándole, con toda la paciencia del mundo, cuál ha sido, durante décadas, mi línea en materia económica; cuál era mi opinión acerca del neoliberalismo; y cuál ha sido y sigue siendo mi visión en torno al desarrollo económico consistente e integral de Honduras. Desde luego que explicar todo esto en un solo artículo, es imposible.
Nunca he sido neoliberal. Aun cuando a finales de la década del noventa del siglo veinte, algunos de mis modestos escritos parecían coquetear con el submodelo económico e ideológico del neomonetarismo conservador, más conocido como neoliberalismo, el cual, en esencia, es una ideología globalizante, favorecedora de minorías archimillonarias. Sin embargo, en mis artículos de mediados de la década del noventa del siglo próximo pasado, era clara mi defensa de los derechos de una heterogénea clase media, a pesar que la misma ha exhibido inconsistencias y cegueras ideológicas en diversos momentos, quizás por ausencia de lecturas sólidas o por las mieles ofrecidas por el neopopulismo, a veces con bandazos de ciento ochenta grados, en unos momentos y otros. En mis pequeños escritos de los años noventas y comienzos del presente siglo, se perciben los primeros planteamientos personales para acomodar en la triste y arisca realidad hondureña, un capitalismo humanista democrático de “tercera vía”, emparentado con la economía social de mercado.
El contenido anterior tiene que ver con algunos de mis planteamientos de los últimos veinticinco años aproximados. Empero, es sugerible que nunca se pierda de vista mi conocimiento previo de la “Historia” del macromodelo capitalista que surgió comercial y financieramente, en las ciudades renacentistas del norte de Italia, en los años mil-cuatrocientos, es decir, durante todo el siglo quince. Sólo en la ciudad de Florencia había, en aquella época, más bancos financieros que en toda la región centroamericana de los tiempos actuales. El primer gran problema conceptual es que varios teóricos del siglo veintiuno suelen confundir el “liberalismo” con el “capitalismo”. De hecho y de derecho el capitalismo surgió tres siglos antes que aparecieran los postulados librecambistas (o “liberales”) de la revolución agrícola e industrial de Inglaterra, y tres siglos previos a la Ilustración francesa. La primera globalización económica la materializó el Imperio Español (con el auxilio de los portugueses y de los holandeses) bajo el esquema del capitalismo mercantil, basado predominantemente en la circulación de metales preciosos.
Un segundo problema conceptual, grave dicho sea de paso, es que los nuevos teóricos del siglo veintiuno, de distintas tendencias (incluyendo al respetable Yuval Noah Harari), confunden el viejo concepto del “liberalismo” con las prácticas globalizantes del “neoliberalismo” actual, excluyente de las clases medias y de las naciones pobres en vías de precario desarrollo. No se hacen los precisos deslindamientos conceptuales. Por eso confunden incluso a los buenos lectores, que tal vez se encuentran desprevenidos. Esta diferenciación entre “liberalismo” y “neoliberalismo”, merece un tratamiento aparte.
A mi juicio las globalizaciones anteriores han sido buenas, pese a los defectos intrínsecos de las mismas. Pero esas globalizaciones capitalistas comenzaron hace poco más de seis siglos. Se globalizaron la imprenta, el papel, la literatura, las matemáticas, la filosofía, la política de Estado, el urbanismo, la educación masiva, la física, las vacunas, la aspirina y la penicilina, mucho antes que se practicara el neoliberalismo. Así que al Estado de Honduras le conviene el macromodelo capitalista, siempre y cuando se le imprima (paradójicamente) el sello del humanismo, en una época de deshumanizaciones espantosas.
Nuestro corredor económico norte-sur es capitalista. Sin embargo, es un capitalismo estrecho cuyo aparato productivo y comercial es demasiado pequeño, que deja por fuera casi todo el oriente y casi todo el occidente de Honduras. La producción cafetalera rural (que es la producción y exportación de un postre), se limita a las cosechas estacionales y está muy lejos del desarrollo industrial y de venta de servicios. Los hondureños (incluyendo a los que no tenemos nada) debemos recurrir a todos los ingenios posibles para agrandar el aparato capitalista por todos los rumbos geográficos. Entonces podremos crear empleos y semi-empleos masivos. Y el gobierno, cualquiera que éste sea, se encontrará en capacidad de agrandar con solvencia espontánea, la hacienda tributaria del Estado, sin tener que acorralar a los micronegociantes y a los pequeños empresarios que apenas saben de la existencia del capitalismo y de una Ley de incentivos para microempresarios. Sólo entonces podremos practicar y hablar con propiedad de una economía social de mercado.