Por: José María Leiva Leiva
Tiempo atrás leí un hermoso relato acerca de “un científico que estaba trabajando en su laboratorio cuando de repente entró su hijo de cinco años distrayéndole de su quehacer profesional. Su padre, que tenía tanto por hacer y no quería ser interrumpido, pensó en darle un entretenimiento para que no le molestase. Recortó de una revista un mapa del mundo, lo cortó en muchos trocitos y se lo dio al pequeño junto con cinta adhesiva para que lo recompusiera. Como no había visto nunca ese mapa, el científico pensó que tardaría horas en hacerlo. Cuál fue su sorpresa cuando, al cabo de unos minutos el niño le dijo: ¡Ya está papá, ya lo terminé!”.
“Su progenitor se quedó sorprendido por unos momentos, pero se giró pensando que no vería más que una chapuza típica de un niño de su edad. Sin embargo, el niño le mostraba el puzzle totalmente hecho y con todas las piezas en su sitio. Entonces le preguntó asombrado: ¿Cómo lo has hecho, hijo? ¡Muy fácil, papá! Cuando lo recortaste de la revista, me di cuenta de que, por detrás del mapa, estaba dibujado un hombre. Es por eso que cuando me diste los trocitos, les di la vuelta e hice el rompecabezas del hombre. ¡Cuando terminé de arreglar el hombre, me di cuenta de que había arreglado el mundo!”. ¿Y cómo arreglamos al hombre? Todo comienza en el hogar con la educación y formación de nuestros hijos.
Pero, parece que esto solo a muy pocas personas les importe, en general es como si se tratara de un asunto baladí. Algunos hasta se jactan –y está bien– de leer a conspicuos literatos de la ciencia y las artes pero… ni por broma mencionan un tan solo autor o texto que tenga que ver con la educación de los hijos, con los principios y valores que deben cimentarse en la casa y consolidarse en las aulas escolares. Tal pareciera que su solo nombramiento les resta credibilidad. Las lecciones son claras y contundentes, la primera, si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiar tú. La segunda, si quieres corregir al hombre del mañana, educa al niño de hoy.
Aquel dicho popular que reza que “una golondrina no hace verano”, se antoja tan real como un templo. Por ello necesitamos una cruzada de valores, que afiance –leemos en un blog sobre familia y sociedad–, la necesidad primaria de disciplinar a nuestros hijos en casa, envés que lo haga una sociedad que no tiene sentimiento afectivo por ellos. Esa sociedad “simplemente los requiere, se sirve y los necesita, pero si no encajan en sus normas, los rechaza o hasta los juzga y los reprende… disciplinar es educar y comienza desde recoger los juguetes, lavarse las manos antes de comer, no decir palabras groseras, dirigirse con respeto a otros, acostarse a la hora que le digan, arreglar el cuarto, recoger su ropa, guardar sus zapatos, llegar y realizar las tareas antes de ponerse a jugar con aparatos electrónicos o sus amigos, pedir las cosas con decencia, ser puntual, etc.”.
“La disciplina es pues parte del proceso de formación de los hombres del mañana, pues quien no tenga disciplina estará fuera de la norma, le será difícil acatar y aceptar las reglas, las violará y presentará siempre un comportamiento indebido en diversos escenarios. Es mejor que la disciplina la aprenda en el núcleo familiar, y no que sea impuesta en otros escenarios cuando ya es tarde, porque posiblemente el niño ya hecho joven o adulto, tomará el camino indebido, y aquel niño que ahora tanto contemplas y tanto le complaces, mañana lo llorarás”. Tito González, en http://fundarsefamilia.blogspot.com/
Por último, del escrito Malas madres, agrego: “Un día cuando mis hijos estén crecidos lo suficiente para entender la lógica que motiva a los padres y madres, habré de decirles: Los amé lo suficiente como para haberles preguntado a dónde van, con quien van y a qué horas regresarán. Los amé lo suficiente para no haberme quedado callada y hacerles saber, aunque no les gustara, que aquel nuevo amigo no era buena compañía. Los amé lo suficiente para hacerles pagar las golosinas que agarraron del supermercado o del puesto de revistas y hacerles decir al dueño: “Nosotros tomamos esto ayer y queremos pagar”…
“Por culpa de nuestra madre, nos perdimos excitantes experiencias en nuestra adolescencia. Pero ninguno de nosotros estuvo envuelto en problemas de drogas, robos, actos de vandalismo, violación de propiedad: ni fuimos presos por ningún crimen. Todo fue culpa de esa mala madre que nos tocó padecer. Ahora, adultos, honestos y educados, estamos haciendo lo mejor para ser como fue mi madre. Porque creo que este hecho, es uno de los males de hoy. No hay suficientes madres malas”.