ESTAMOS en la época más seca del año. Desgraciadamente cuando le prenden candela a los bosques y la densa capa de humo que cubre varias ciudades ofrece un panorama más lúgubre de lo habitual. Brotan las enfermedades de las vías respiratorias. La contaminación afecta a todos, a los adultos, a los que tienen bajas sus defensas y son proclives a contagiarse pero, más a los niños menores de edad y a los indefensos de la tercera edad. A lo anterior se agrega el daño ocasionado al ecosistema, a las vertientes y a las represas por esos pavorosos incendios forestales. Decenas de miles de hectáreas consumidas por las llamas. Mucha de la devastación es consecuencia de mano criminal. Los pirómanos que no tienen alma ni reparan en el pecado que cometen contra la naturaleza. Contra los recursos patrimoniales de todos los hondureños. ¿Cómo se hace para que paguen por ese delito con tan escaso conocimiento de quien a escondidas pudo encender un fósforo para desatar la calamidad? ¿Cómo detectar a los culpables por la maldad?
Hay quema intencional cuyos responsables, de parte que quien tenga alguna información, debiese ser denunciada. Para que contra ellos proceda la autoridad. Pero también resultan calamidades por descuido. Quema de zacateras en solares baldíos que debiese requerir algún permiso de la municipalidad, bajo supervisión, para evitar percances. Mayor es el peligro en campo abierto sin el cuidado debido para evitar que las llamas se propaguen. O lo habitual que sucede en las áreas rurales. Campesinos que queman los predios alistándolos para la siembra, sin hacer la ronda necesaria que impida la desgracia. Algunas cifras para contemplar: “Al menos 3,492 hectáreas de bosque y pasto fueron destruidas por las llamas en los primeros dos meses de 2019, informó el Instituto hondureño de Conservación Forestal (ICF)”. “Entre enero y febrero se registraron 109 incendios forestales”. El año pasado, unas 60,683 hectáreas de bosques y pasto fueron destruidas por 1,120 incendios. Mérito tienen en esta cruzada para impedir que los daños sean mayores, los bomberos, los socorristas y los elementos uniformados. (¿Si el municipio fuera dueño de sus bosques, no creen que las alcaldías velarían en forma más atenta por proteger su patrimonio?). Sin embargo, mucho de lo que sucede podría mitigarse si la sociedad respondiera como fuerza de conjunto. Decidida a enfrentar lo que lastima su calidad de vida como lo que lesiona el clima, los bienes, el capital con que cuenta el país.
Ayudarían campañas de prevención de los incendios forestales. Para crear conciencia en la población. Que el bosque es clima y es agua y que cuidarlo, protegerlo, conservarlo es obligación colectiva. Así como se requiere formular una política forestal. Que proteja en vigilancia y devuelva en reforestación toda la riqueza arrasada. Como si el mal de los incendios no fuese suficiente castigo con la resequedad viene otra peste. Una nueva plaga de gorgojos está arruinando grandes extensiones de pino. Lamparones de color café de árboles secos consumidos por este gorgojo devorador cubren vastas dimensiones de lo que hasta hace poco eran cerros verdes, que contribuían a refrescar el caluroso y sofocante ambiente. ¿Qué estrategia han ideado –si alguna– para combatir este rebrote de una plaga que hizo estragos en el bosque de pino hace unos años atrás? Los salvajes racionamientos de agua en la capital son consecuencia de esta desidia de años como de la incapacidad burocrática de dotar la ciudad con nuevas fuentes de abastecimiento. Para finalizar. Los graves problemas que nos afligen serían menos dolorosos si los tomásemos como asunto que a todos afecta y a todos concierne, con ánimo de enfrentarlos como una sola comunidad.