Por Lizzy Flores
Hace algunos meses, luego de los lamentables acontecimientos que se dieron en relación de la elección a la presidencia de la Asamblea General, un embajador de un país árabe me dijo que no me debería de sorprender, ya que la “política era sucia”. Yo le respondí que no me asustaba de la política, pero que sí me sorprendía en un espacio propio de la diplomacia, y más en la ONU, foro que representa los más altos principios y fundamentos del Derecho Internacional.
Sin embargo, su afirmación me dejó reflexionando, de que así como esperamos que la diplomacia no sea sucia, no debemos resignarnos o aceptar tampoco que la política lo sea.
La política es un término que proviene de “la politeia” o teoría de la “polis” (una comunidad política que se administra por sí misma).
Los griegos utilizaban la palabra “paideia” para referirse a la educación. Y asimismo practicaban la educación sobre la vida política y cómo hacer buena ciudadanía.
A nuestros hijos y juventud procuramos formarles con conductas sanas, para que sean ciudadanos de bien y sus acciones en conjunto dignifiquen a toda la comunidad. En la escuela, se enseña el ejemplo y la ética,donde los niños aprenden el valor de cómo jugar limpio en los estudios y en el deporte. Se les invita a descubrir el mérito y satisfacción de lo que se gana con esfuerzo propio, respetando las reglas, sin recurrir a la trampa o algún tipo de fraude, para que lo apliquen en su vida familiar y cívica, en sus relaciones con el prójimo.
El Santo Padre Francisco, en la celebración de la Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero de 2019, en su mensaje nos dice que “en la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella ejercita, así como la autoridad, a las decisiones y acciones de las personas que se dedican a ella.
Estos vicios que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción -en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas-, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”.
Nos recuerda que “la buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro. Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para futuro. En cambio, cuando la política se traduce concretamente en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo”, en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común.
En estas reflexiones y otras que nos invitan a mejorar y limpiar los espacios de participación, y a crear nuevas iniciativas donde nuestra juventud pueda desarrollarse y brillar, podemos comenzar a transformar Honduras, guiándonos en las buenas lecciones y ejemplos que nos han inculcado nuestros padres y maestros.