ALARMANTE que el Colegio de Psicólogos de Honduras plantee la necesidad de declarar una emergencia en salud mental, angustiado por la cadena de suicidios registrados en época reciente. Lo anterior nos lleva a otro tema. El acceso de niños y adolescentes a esos juegos adictivos ofrecidos como carnadas para explotar su psiquis, en las redes sociales, en aplicaciones de sus móviles, computadoras y otros aparatos tecnológicos. Algunos de ellos (como “Momo”, “Demoniac”, “la Ballena Azul”) que este rotativo destaca como noticia de portada a manera de advertencia, consta de distintos niveles ascendentes. De repente aparece en las pantallas del aparato digital a horas de la madrugada, induciendo a los niños a suicidarse como reto final. Es, de acuerdo a los expertos, una forma de chantaje peligroso. “Es más un delito de ciberacoso, “phishing” y estafa que un “juego de retos”. Llega a los jóvenes a través de mensajes de WhatsApp o Facebook y “siempre lo hace a una hora fija, las tres de la madrugada”, incitando al usuario a actos peligrosos que amenazan su vida”.
¿Cómo enfrentar esas desquiciadas amenazas a la salud física y mental de los niños, jóvenes y adolescentes? ¿Saben los padres dónde andan sus hijos o lo que hacen y en lo que se ocupan sus criaturas menores de edad? ¿Cómo se aborda esta perturbación en las iglesias? ¿Qué supervisión hay en las escuelas y colegios? ¿Qué orientación, si alguna, reciben los alumnos de sus maestros? (De los políticos, ni hablemos, porque ninguna). ¿Lo anterior, además, no es algo que pueda ni deba dejarse librado al ámbito familiar solamente –aún cuando allí se plantea la primera fase de intervención– es un grave problema que corresponde abordarlo al Ministerio de Salud y al de Educación, cuya obligación consiste en dar directrices precisas a los centros de enseñanza del país? “Puedo decir –revela una psicóloga consultada– que fácilmente, seis de cada diez personas tienen algún compromiso de salud mental, ya sea por trastornos de la ansiedad y los episodios depresivos mayores son los que conducen a las personas a cometer suicidios”. “En los centros educativos –agrega– debe haber profesionales que trabajen en la prevención de salud mental, porque los jóvenes se sienten solos e incomprendidos; a veces los alumnos son impulsados al suicidio por la violencia, el bullying y acosos sexuales”.
La vaina es que las autoridades no salen de la rutina burocrática, sin noción siquiera de cómo y cuán rápido ha cambiado nuestra sociedad. No es nostalgia de viejos añorar con tristeza cómo se han descuidado tantos valores de antaño. Pero, además, la obligación de la familia como del sistema educativo y espiritual de promoverlos. Insistíamos ayer. Algo deberían idearse en las escuelas, colegios, institutos y universidades para volver a inculcar el hábito de lectura a los estudiantes. De lo contrario quedamos expuestos a esta sociedad de zombis que no leen sino que se entretienen desinformándose por sus aparatos de comunicación. Lo que sucede en el país y en el entorno cercano. Debe exigirse que conozcan la información veraz, que no les llegue diluida o desnaturalizada; contaminada por la morbosidad del ambiente. Un barniz siquiera de lo que pasa en el mundo.
Para que aparte de los útiles requeridos en sus asignaturas obligatorias, lean libros y periódicos que abonen su bagaje de cultura general. Por último. A todos debe importar el estado anímico de nuestros muchachos. Atención, convivencia, diálogo, cercanía es lo que se ha perdido en esta época de relaciones fugaces, apresuradas y superficiales. Y si de liderazgos se trata –también ausentes– hay que cultivar aquello que modelaba la fibra de hombres y mujeres dignos, respetables y respetados. El destino del país no puede quedar en manos de bocabiertas.