A partir del momento en que ciertos grupos de hombres se detuvieron o se apropiaron de un nicho ecológico especial, por vía de la sedentarización durante largo tiempo, ha ocurrido un fenómeno espiritual a la inversa. Esto significa que sin importar que esos mismos hombres continuaran migrando por diversos rumbos más o menos limitados; o que algún personaje en particular convirtiera su vida en pura itinerancia, había aparecido, como de la nada, el nuevo fenómeno de la intensa necesidad de retornar al terruño, aun cuando fuera solo para morir. Es probable que los hondureños migrantes, que se hayan marchado por el camino legal o ilegal, no hayan sentido todavía la sed insaciable de beber agua en sus propios ríos. O en sus propios sumideros hidrográficos. Y es probable que tampoco hayan sentido el hambre insaciable de volver a comer frijoles, cuajada, mantequilla criolla y tortillas acabadas de sacar del comal.
Las sociedades y los hombres realmente maduros siempre desean retornar a su antigua patria. No importa que la hayan pasado muy bien en otras latitudes. Tampoco importa que hayan experimentado el horror de las guerras civiles o fronterizas. Al final de la tarde desean ansiosamente retornar al pequeño hogar de sus ancestros, para reconocer paisajes, sabores, paisanajes, olores y giros idiomáticos peculiares de su gente.
Creemos que los hondureños migrantes no están, todavía, en condiciones espirituales y materiales de apostar por el futuro de Honduras, aun cuando en el interior de su ser deseen volver a sus barriadas, caseríos y aldeas. A bañarse en las aguas cristalinas (o recicladas) de sus serranillas y montañas. A contemplar a las mujeres mestizas más hermosas que ha parido la región centroamericana. A observar el vuelo variopinto de las guaras. A escuchar el canto mañanero de los zorzales.
Naturalmente que hay serios problemas de violencia y desempleo ambiental que motivan al catracho a emigrar hacia destinos peligrosos e ignotos, viajando por en medio de las ruedas de la extraña fortuna. También existe el grave problema de una débil identidad colectiva, habida cuenta que ha recibido, en forma mediática, los influjos globalizadores de otras culturas y civilizaciones ajenas. De otros modelos y submodelos de vida, a veces volátiles, que han servido de anzuelo para caer en celadas positivas y negativas. O sea que al hondureño actual le han sembrado en su propio imaginario individual y colectivo, directa o indirectamente, una manera de soñar ajena a las culturas latinas mediterráneas y caribeñas que alimentaron a sus abuelos y a todos sus antepasados.
Algún día lejano, bajo otras coordenadas temporales, sean materiales o espirituales, los hondureños de buena voluntad retornarán a su terruño ancestral a poner orden disciplinario en el desorden que han desencadenado los violentos y los mezquinos. No le importará al hondureño de nuevo tipo lo que pudiera decirse en otros países. Pues el único sentido de sobrevivencia nacional sólo habrá de interesarle realmente al hondureño mismo, razón por la cual el sueño catracho se colocará, en forma legítima, por encima de todo lo negativo nacional e internacional; interno y externo. “Este volver a Honduras”, como diría un poeta de tierra adentro, se realizará desde otra perspectiva programática, para un desarrollo demográfico integral en forma positiva hacia la persona humana, con equilibrio ecológico, abundantes recursos manejables e industrias espléndidas en los cuatro puntos cardinales de la nación. Nadie pensará solamente en sus intereses inmediatos. Sino que se pensará en los intereses colectivos largoplacistas de todos los hondureños y de los visitantes agradables que deseen compartir, con sabiduría, nuestro común destino.