Los capitalistas de Comayagüela

Por: Mario Hernán Ramírez

Desde que la humanidad existe, existen también, las desigualdades económico-sociales que marcan la diferencia entre el rico y el pobre.

En Honduras, desde el siglo antepasado (1800) comenzaron a aparecer los nuevos ricos, ya no españoles, que iniciaron explotando las minas y diferentes recursos con que la naturaleza nos ha beneficiado, de ahí que, surgieron también los llamados prestamistas, algunos con voracidad avárica, que los condujo a la usura y al agiotismo; sin embargo, otros con vocación humanitaria y visión futurista, utilizaron otros medios para expandir sus riquezas como por ejemplo construyendo casas y residencias de diferentes estilos y precios para rentar; otros crearon haciendas que las llenaron de toda especie de animales para explotar sus beneficios. A finales de 1800, los primeros tres capitalistas tegucigalpenses fueron don Santos Soto, Ignacio Agurcia y Cipriano Velásquez, este último de Comayagüela, fundando el primer banco profesional con el nombre de Banco de Honduras, al que le siguió el Atlántida en la región norte y así sucesivamente con El Ahorro Hondureño, La Capitalizadora Hondureña y otras agencias dedicadas a estos menesteres que hoy día se han convertido en el más amplio recurso económico con que cuenta el país, pues a través de préstamos bancarios el crecimiento nacional se ha visto fortalecido con la diversidad de obras que se realizan diariamente.

Pero, queremos referirnos específicamente a los primeros capitalistas de Comayagüela, comenzando precisamente por don Cipriano Velásquez, siguiéndole don Benjamín Henríquez, don Tomás Lozano, don Ernesto Divagna, Luis Andrés Zúñiga, López Callejas (El Country, Belén, Torocagua y adyacentes), hermanos Alonzo; Zúniga Zambrano, Godoy Barrientos, familia Reina, y más acá en el tiempo, don Fernando Zepeda Durón, don Ricardo Reyes Noyola y otros de menor cuantía, algunos de los cuales con elevado espíritu filantrópico compartieron sus dividendos haciendo obras de caridad, sobre todo en la temporada navideña en que se les miraba a principios del presente siglo repartiendo alimentos, ropa, medicinas y juguetes para la población capitalina. Otros, en cambio, se dedicaron solo a recaudar los intereses de sus leoninos préstamos y así formaron capitales, entre los cuales desafortunadamente sus protagonistas tuvieron un mal fin.

Los mercados tegucigalpenses han sido los principales sitios de enriquecimiento de estos personajes, ya que ahí aprovechando la necesidad de los locatarios les facilitaban dinero en condición de préstamo, hasta por el 20% diario, y cuando menos el 12%, hasta que el gobierno, hace algunos años, trató de frenar este abuso a través de la Secretaría de Finanzas y del Banco Central, imponiéndoles leyes de control y vigilancia para estas transacciones, situación que es obedecida a medias, pues los prestamistas ilegales abundan en los barrios y colonias, sobre todo de la clase más necesitada, haciendo de las suyas y hay de aquél que les falle, porque cuentan hasta con personajes siniestros encargados de hacer “justicia” si el deudor por alguna razón no puede honrar su compromiso.

Conocemos un caso realmente doloroso, amargo y de increíble deshumanización, ya que recientemente una conocida dama involucrada en la política vernácula, y que inició su actividad de prestamista hace ya más de medio siglo, según nos cuenta alguien que tiene por qué saberlo, se ensañó en una desprotegida anciana de 107 años, a la que le facilitó hace algunas décadas la mísera cantidad de cincuenta lempiras al interés del 10% mensual, por lo que la infeliz dama de este relato que dicho sea de paso es maestra de las más antiguas, posiblemente, que existen en el país, al llegar a tan elevada edad y por los efectos de la misma, olvidó honrar el capital y los intereses, por lo que la voracidad de la prestamista se manifestó indolentemente al proceder al desahucio o desalojo judicial de la maestra en referencia, de su propia casa ubicada en la colonia Loarque de Comayagüela.

Este doloroso caso ha sido conocido por la gran mayoría de los vecinos de esa populosa residencial comayagüelense, sin que nadie se pronuncie por temor a ser enjuiciado en los tribunales respectivos, ya que la víctima de este descomunal atropello ha perdido la razón y no puede defenderse en ningún tribunal de justicia.

Estos son los atropellos que indignan y llaman a la reflexión y al cuidado de los órganos competentes del Estado, principalmente a los derechos humanos para que tomen cartas en el asunto.