El presbítero D. Modesto Chacón

Por Leopoldo Aguilar O.

En el recuerdo que se hace de los hombres que han contribuido al adelanto de un país, siempre debía colocarse en primera línea a los héroes, albos, estos es a los que, dedicados a la enseñanza, han derramado mucha luz en la conciencia de los pueblos. En este libro de homenaje a Gracias no debe faltar –aunque sea en breves palabras- la exaltación del Presbítero D. Modesto Chacón, uno de los buenos civilizadores que ha tenido Honduras en el último medio siglo.

En 1912, después de permanece4r dos años en el departamento de Atlántida, llegué a los pueblos de San Francisco y Santa Cruz de Yojoa y tuve el placer de conocer al Padre Chacón, de quien ya tenía muy honrosas referencias. Desde la primera conversación comprendí que aquel sujeto era de una ilustración poco común. Sus pláticas eran como conferencias instructivas, dando a conocer el dominio que tenía en varios ramos del saber.

Lamentábase entonces de haber venido a menos, de estar como entrado en lamentable decadencia, después de haber sido un centro de actividades que prometía mucho para lo futuro. Refería que había salido de su casa de Gracias bien provisto de todo, ya que disponía de recursos heredados, y que a la sazón hallábase pobre, decepcionado, incomprendido, entrado ya en la vejez, el período doloroso de la vida. Tenía una pequeña casa de huéspedes que había bautizado con el nombre de “El Demófilo”, en la cual podía alojar cuatro personas. Como una novedad me mostró unas cuantas VERDURAS, cosechadas en una hortaliza que en persona cultivaba, trayendo agua del río próximo. En esto ha quedado, me decía, el INMODESTO sacerdote que salió de la ciudad nativa lleno de ilusiones, dispuesto solo a hacer el bien, principalmente en el cumplimiento del deber de enseñar al que no sabe.

En conversaciones que duraban días enteros, en los pueblos referidos me hizo relatos de sus actuaciones como sacerdote y como educador, con la gracia y donaire que eran muy propios de él, notándose los dejos de amargura que habían producido las decepciones.

De un depósito de libros y periódicos sacó un legajo que contenías los originales de “LA BARQUILLA DE SALVACIÓN DE MI HIJA”, un conjunto de preceptos de moral y urbanidad que había sido publicado en la “Revista de la Universidad”, por súplicas de un amigo de Tegucigalpa. En este precioso estudio proponíase él mostrar a su hija (cuando lo escribió solo tenía una) el camino de la salvación, temeroso del cambio que iban teniendo las antiguas costumbres, cambio que él consideraba como la apertura de una completa demoralización. Sujetos de mucha ciencia y experiencia han elogiado, como lo merece, el trabajo que él suscribió con el nombre de CONCHA M. DE SOTO, anagrama del suyo. En el tomo I de la Revista de la Universidad, año de 1909, pueden admirar los amigos de buenas lecturas el estudio del Padre Chacón.

Desde muy joven sintióse atraído por la enseñanza. Comprendiendo en toda su amplitud los preceptos del Evangelio, consideraba como una obligación dar a luz de la sabiduría a sus semejantes. Aunque había colegio nacional en la ciudad de Gracias, él dispuso fundar uno particular, para lo cual solicitó la validez oficial de los estudios, en aquellos tiempos en que, por primera vez, tuvimos Código de Instrucción Pública, hijo del gran civilizador Dr. Ramón Rosa. Venciendo no pocas dificultades realizó sus nobles propósitos, estableciendo un colegio de enseñanza secundaria, normal y primaria. Fue aquel establecimiento un verdadero foco de luz en Gracias, en el que se prepararon muchos sujetos que han prestado importantes servicios al país. Años después, en 1888, fundó un centro especial para señoritas, poniéndolo bajo la inmediata dirección de la señorita Carlota Marín, habiendo salido varias graduadas en ciencias y letras y en magisterio. La señorita Marín ya entrada en años y llena de achaques, vive aquí en San Pedro Sula, tal vez contemplando con tristeza cómo suelen echarse en olvido las personas que han gastado las energías de los mejores años en el magisterio.

Cuando sobrevivieron las alteraciones de la paz en los años de 1892 a 1894, el Padre Chacón ausentóse de Gracias y emprendió lo que él llamaba un éxodo solo de amarguras. Llegó a Trujillo, nombrado cura párroco de aquella ciudad, y no tardó en fundar otro establecimiento de enseñanza, habiendo obtenido la juventud los mejores beneficios. Al cabo de algún tiempo fue trasladado a la ciudad de Olanchito, habiendo continuado allá sus labores de educador. Mucho tiempo duró el establecimiento que tuvo a su cargo, logrando una transformación cultural en la localidad. Era incansable el Padre Chacón en su nobilísimo afán de hacer luz y más luz en las conciencias. Naturalmente, el exceso de trabajo en sus múltiples funciones iban mermándole energías y salud.

Posteriormente fue trasladado a Santa Cruz de Yojoa, en donde vivió el resto de su vida. Aunque por razones de dieta había pensado retirarse del magisterio, no tardó -obedeciendo a los impulsos de su corazón- en abrir otro establecimiento de enseñanza. La falta de elementos, tan necesarios para algunas clases, él las sustituía con la experiencia y destreza que había adquirido en largos años de labor. La clase de Astronomía la daba de noche, cuando el cielo estaba exento de nubes y brumas. Como las explicaciones eran al aire libre, frecuentemente veíase –como el filósofo ateniense en los Jardines de Academus- rodeado de mucha gente, además de los alumnos. Era entonces el tiempo en que Santa Cruz de Yojoa parecía que iba a ser un gran centro agrícola y ganadero, habiéndose establecido varias familias extranjeras que produjeron una saludable emulación entre los vecinos. Desgraciadamente vino la decadencia, el colegio fue clausu8rado, y el Padre Chacón, enfermo, pobre y abatido, conformábase con relatar sus largas e improductivas labores de educador.

Cuando lo conocí todavía conservaba entusiasmos, pero el pesimismo lo dominaba con frecuencia, repitiendo aquella frase de Bolívar: “He arado en el mar”. En las reanimaciones que tenía mostrábase de nuevo el cumplidor del Evangelio, el amigo de la juventud, el gran educador. Las personas atentas a toda observación retirábanse de su presencia con algún conocimiento nuevo. Sus pláticas eran sapientísimas.

Siendo sacerdote, profesaba ideas liberales, por lo cual debía estar excomulgado al tenor del Sillabus, si no fuera inaceptable, a los ojos de la razón, la infalibilidad que proclamó el Concilio Vaticano de 1869-1870. El liberalismo del Padre Chacón consistía en la amplitud de criterio, en el respeto a las creencias ajenas, en la aversión al fanatismo, en el respeto a las doctrinas científicas, en su devoción a las libertades públicas, etc., etc. Una vez me decía, “Ud. parece que tiende a librepensador, no incurra en exageraciones, mi criterio es que la Ciencia sin religión no sirve, y que la Religión sin ciencia no sirve. Piense y medite”.

Llegó a adquirir muy apreciables conocimientos en Filología y Medicina. Criticaba severamente en sus pláticas a los escritores y poetas que parecían estar divorciados de los buenos preceptos, lamentando la pobreza de las palabras, el mal uso de las mismas y el oscurantismo de las frases. Él respetaba el modernismo, pero detestaba la decadencia. Como médico llegó a ser más solicitado que algunos licenciados de las facultades universitarias. Sus conocimientos los había adquirido por el estudio constante. De haber sido él adicto a la publicidad en la prensa, habrían sido apreciados sus grandes conocimientos.

Sus últimos años fueron tristísimos. Las dolencias físicas habían llegado al período crítico. Quiso salir en busca de otro ambiente, pero la pobreza no se lo permitió. Las ingratitudes y desprecios habían rebasado la copa de la amargura. Invocando los grandes servicios prestados a la enseñanza, pidió al Congreso Nacional una pensión para atender a sus necesidades cuando ya no pudo trabajar. En 1929 fue resuelta de conformidad la solicitud, pero ¡oh cosas del mundo! El día anterior había muerto en su olvidada residencia de Santa Cruz de Yojoa.

Yo tengo predilección por los héroes blancos, los que no contribuyen al derramamiento de sangre y lágrimas, sino que iluminan la conciencia de los pueblos por medio de la educación. Por eso rindo este humilde tributo a la grata memoria del ilustrado graciano D. Modesto Chacón, educador ejemplar.

San Pedro Sula, junio de 1936.