El general Marín fusilado por Marco Aurelio Soto

GENERAL D. EZEQUIEL MARIN

El General D. Ezequiel Marin, originario de la ciudad de Gracias, desempeñó un importante papel en la historia política y militar de la República. Durante el gobierno del General D. Santos Guardiola desempeñó el cargo de Intendente de la Aduana de Omoa, la más importante de la República, en aquella época. Fue buen amigo del Presidente General D. Jose Maria Medina y fue colaborador de su administración, como Comandante Militar de Santa Rosa de Copán.

Su amistad con el General Medina, llegó hasta la tumba: ambos fueron fusilados en Santa Rosa, durante la presidencia de Marco A. Soto, que por medio de su agente Emilio Delgado, demostró un interés desmedido, porque fueran condenados a muerte.

El General Marin era comandante de Santa Rosa, y los partidarios del Doctor Marco A. Soto, en aquella ciudad, cuando supieron que ese señor venía para Honduras, mandaron una comisión compuesta de un sacerdote y de dos vecinos ancianos, para que fuera donde el General Marin a mostrarle una acta que habían levantado desconociendo al Presidente Medina y reconociendo a Soto como Presidente.

La comisión se presentó llevando el acta al General Marin, que al saber el objeto de aquella visita y al leer el acta, lo hizo pedazos y arrojó los fragmentos al suelo, diciendo a los comisionados, que la edad que tenían y el carácter religioso del otro comisionado, les salvaba de sufrir el castigo que debería imponerseles: que se retiraran inmediatamente, o que, de lo contrario, a su pesar los haría encarcelar. Después de estas palabras el General Marin, dejando a los visitantes en la sala, se retiró a sus habitaciones.

El sacerdote recogió del suelo los fragmentos del acta, para ejecutar, cuando la ocasión se presentara, una venganza muy digna de los discípulos de Loyola. Los otros dos enviados salieron a la puerta y gritaron: “el Comandante tiene preso al cura”. Esas palabras sirvieron de señal para que la guardia, a la que de antemano habían sobornado, se sublevase. El General Marin salió al oir los gritos y el ruido que hacían los sublevados, y un coronel de apellido Solís, que se había erigido en jefe de los sublevados, descargó su pistola sobre el General Marin, hiriéndole una oreja.
El General Marin, aunque herido, fue hecho prisionero y llevado al cuartel de Santa Rosa.

Cuando los indios del pueblo de La Iguala supieron que el General Marin estaba prisionero en Santa Rosa, enviaron un comisionado para que fuera a decirles a los sublevados, que si no ponían en libertad inmediatamente al General Marin, que ellos, los indios de La Iguala, irían a Santa Rosa a liberarlo y a castigar a los revoltosos. Los promotores de esa revuelta al recibir ese mensaje, abandonaron la ciudad y se fueron para Guatemala, y como dejaran vacío de tropas el cuartel, el General Marin se encontró en libertad, que había obtenido, gracias a los valerosos indios de La Iguala, que con su amenaza hicieron correr a los revoltosos.

Cuando el presidente Soto hizo procesar a los Generales Medina y Marin, el Consejo de Guerra estaba formado por los Generales D. Luis Bográn y D. Eusebio Toro, y por los coroneles Manuel Bonilla, Belisario Villela, Emilio Delgado, Inocente Solís y Antonio Cerro. Poco antes de dictarse la sentencia, el General Bográn, exhortó a los que componían el Consejo, a que meditaran sobre el veredicto que iban a dar: les dijo que no se prestaran para contribuir a que se cometiese un asesinato político, porque los acusados no eran culpables de los cargos que se les hacían; que el General Medina, enfermo y valetudinario, en lugar de estar pensando en hacer revoluciones, estaba preparando su viaje para Inglaterra, a donde iría a curarse de sus dolencias.

En la votación, los Generales y Toro, votaron por la absolución de los procesados; pero los coroneles Bonilla, Solis, Cerro, Villela y Delgado, que formaban la mayoría, votaron por la muerte de los acusados; y así se consumó aquel asesinato político.

Cuando los generales Medina y Marin fueron puestos en capilla, la víspera de su muerte, pudo ver el General Marin, que en la pared del aposento, estaba colgado un cuadro en que habían pegado los fragmentos del acta que él desgarrara, mucho tiempo antes: el autor de esa disposición, muy digna de un jesuita, demostró con eso al General Marin, que el haber roto aquella acta era la verdadera causa de su muerte.

La noticia de que los Generales Medina y Marin habían sido condenados a muerte, fue recibida con gran indignación por los habitantes de Santa Rosa. El Doctor Fasquelle, al saberla, dijo a su esposa Da. Judith y a varias personas que se hallaban en su casa, en ese momento: “Hombres, como esos, no se matan en mi país”.

Uno de los testigos que firmaron declaraciones contra los procesados Medina y Marin, hizo poner una cláusula en su testamento, muchos años después, en que hacía constar, que la declaración que bajo su firma, aparecía en el proceso, le había sido presentada ya escrita, y que se le obligó a que la firmara, advirtiéndole, que si no lo hacía, se vería él también, envuelto en el proceso. Que por temor había puesto su firma en esa declaración.