Por: Óscar Armando Valladares
56 años distan del golpe de estado del 3 de octubre de 1963. En defensa del orden constitucional, los universitarios de entonces rechazamos la deposición de Villeda Morales, fraguada en términos y circunstancias bastante parecidas al madrugón en contra de Zelaya Rosales, en 2009: “procomunista”, uno; “prosocialista”, el otro; ambos promovidos por militares, medios, políticos bipartidarios; con anuencia empresarial, dogmática y exilios a Costa Rica; inferidos en nombre de la democracia y a la sombra del imperio… en vela siempre por nosotros y sus intereses globales.
En la emisora Monserrat, propiedad de la familia León Gómez, difundíamos un programa político-cultural, constituido por unos cinco estudiantes de Derecho, entre ellos José Pineda Galindo, hijo del connotado jurista José Pineda Gómez. El propio día 3 de octubre, estuvimos “en el aire” perorando mensajes solidarios, como el de la Guardia de Honor Presidencial, uno de cuyos miembros era el joven cadete Roberto Micheletti. Toda oposición resultó inane, y López Arellano asumió la cosa pública al coste y las costas de innombrables caídos mayormente de la Guardia Civil.
La deportación de políticos, sindicalistas y dirigentes estudiantiles (del FRU y de la FEUH) vino enseguida. En la lista de “buscados” figuraba el nombre mío, con errado patronímico “Valle” por Valladares, detalle que dio pie para jugar a las escondidas. Acusado de atentar contra el Estado y sus instituciones, fui a los días presentado en la instancia judicial por el abogado Pineda Gómez y compelido a rendir fianza hipotecaria. Al quedar desmantelada la cabeza del Frente de Reforma Universitaria, readecuamos la tarea casi clandestinamente, de la que evoco dos hechos de incumbencia personal: como candidato a la presidencia de la FEUH, en 1964, opuesto a un alumno de Medicina apoyado por el FUUD (de ascendencia gobiernista), cargo que estuvimos en un tris de alcanzar pese a las artimañas impuestas; el otro suceso: una edición subrepticia de “El Universitario” que imprimí con la anuencia del periodista, amigo y maestro Alejandro Valladares, director de El Cronista.
La caravana del tiempo nos llevó a Graficentro Editores, empresa que en 1989 puso en circulación la Enciclopedia Histórica de Honduras, en doce volúmenes, y, más tarde, la Enciclopedia ilustrada de personajes y figuras contemporáneas, cuatro tomos, en los cuales trabajé como coordinador general. La segunda enciclopedia ameritó efectuar visitas domiciliarias y recopilar la información biográfica de personas vivientes en San Pedro Sula y Tegucigalpa. Merced a estas diligencias, el abogado Pineda Gómez me despachó su libro “Instantáneas literarias”, con fina dedicatoria, el 10 de mayo de 1990. Trátanse de ligeras construcciones escriturales, surgidas más de emociones vivenciales que del numen de un esteta consumado, pues como confesaba bien: “Yo no soy poeta, es claro que no lo soy”. En un lapso que oscila de 1926 a 1989, traza referencias familiares -su consorte Enriqueta Galindo, sus hijos Linda Eugenia, José, Gloria, Quetía, Regina y Juan Ramón-, además de sus andadas políticas y sociales.
De estos asuntos y de otros atinentes al acontecer actual, hablamos la tarde del martes 19 de febrero en casa justamente de su hijo y especial condiscípulo, José -Chepe- Pineda, en compañía de Salomé Castellanos, luego de ascender las cumbres no tan borrascosas de El Hatillo. Cincuenta y más años se cumplían de una ausencia material y espiritual, por lo que el reencuentro tripartito esparció su calidez en la residencia de Miralago. Nos sorprendió, con placer inocultable, verle con talante vivaz y de buen tono, debajo de una barba entrecana. -Te miro y me parece ver el rostro de tu papá, le dice Salomé-, previo a enfilar los dos las huellas de las remembranzas hacia los antiguos juzgados de La Hoya y las visitas anecdóticas a reclusos y reclusas penitenciarios. Admira, de igual forma, la vitalidad guerrera del amigo anfitrión; su estoica conformidad de permanecer desde muy joven asido a una silla de ruedas y llevar sin desánimo su viudez, con el invicto anhelo de vivir y compartir -cumplidos sus 81 abriles- el amoroso afecto de hermanos, hijos y nietos. Profesional estudioso, desplegó voluntario entusiasmo estampando en dos tomos comentarios e ideas en derredor del derecho procesal hondureño; y, al dejarlo ensimismado en sus pensamientos -nobles de persona buena-, traemos con nosotros el escudo de su ejemplo -que emblematiza el asiento que ocupa-, para seguir abogando por el avenimiento de tiempos distintos a los que prevalecen por ahora -en que las armas y la fuerza injusta tienen sitio preferente en la encallecida conciencia ejecutiva.