Por: Benjamín Santos
¿Por qué y cuándo se debilitan las instituciones públicas? Pues cuando pierden autoridad y prestigio. Por qué ocurre? Porque la institución pierde prestigio porque deja de cumplir sus objetivos y en vez de ser una solución se convierte en una carga para el Estado. Ocurre cuando la institución en vez de responder al bien general de la nación, sigue los lineamientos de la voluntad de una persona o de un grupo que impone sus intereses a los intereses del Estado en el área que le corresponde. Todas las naciones poderosas que han existido en la historia han pasado por esa etapa antes de desaparecer. Roma fue un buen ejemplo cuando pasó de una organización republicana al imperio atendiendo a la necesidad de agilizar la toma de decisiones para atender la gran extensión de su territorio.
Un buen ejemplo de lo contrario es el sistema de USA. Vemos la lucha que mantienen las instituciones para evitar que la voluntad del actual presidente las arrastre al servicio de sus objetivos, antes de hacer uso del juicio político para la destitución del presidente, se ponen sobre la marcha todos los mecanismos del sistema para su autodefensa. Si antes de que concluya el proceso de elección se descubre que un candidato ha violentado no solo las leyes, sino también la normas morales que están enraizadas en la cultura que el pueblo conserva desde la fundación de la república se le obstruye legalmente el camino a la presidencia. Así ha sido y hay ejemplos en su historia que ejemplifican ese comportamiento.
En nuestros países las instituciones más expuestas al desprestigio son los partidos políticos ¿por qué Venezuela ha caído en las manos de un grupo que sostienen al dictador Maduro? Porque los dos grande partidos cayeron en el desprestigio y eso abrió paso primero a la fuerte vocación de poder de Hugo Chávez que al morir dejó el poder a Nicolás Maduro, convertido ahora en un autócrata. El ascenso de Chávez pasó por la debilidad y el desprestigio de COPEI y el PRD, los dos partidos que durante varios años hegemonizaron la vida política en Venezuela.
Entre nosotros la crisis institucional se está dejando sentir desde hace varios años. Lejos quedó el respeto y la admiración con que los ciudadanos se referían a los órganos de los tres poderes del Estado. Desde hace poco tiempo se ha optado por cambiarle nombre a algunas instituciones y cambiar su estructura de dirección como un medio para mejorar la imagen de lo que se considera algo nuevo. Hasta hoy ha dado resultado, pero si esas instituciones no se reencuentran con sus fines fundamentales y evitan sobre todo caer en la corrupción, pronto volverán a caer en el desprestigio. Como en otros países el desprestigio empezó por el sistema de partidos que aquí se ha ampliado hasta el punto que pronto habrá doce partidos sin que la cantidad nos lleve a reencontrarnos con la calidad.
La cantidad no se convierte en calidad. Es lo mismo que está pasando con la Policía. Dicen que la meta es tener 27,000 policías. Sin embargo la eficiencia de los cuerpos policiales no mejora. En vez de uno o dos policías ahora vemos hasta cinco con celular en mano enviando mensajitos mientras frente a ellos ocurren incidentes que deberían corregir o reportar. El área donde menos se avanza es en los procesos de investigación criminal: la frase que más se repite es lo de estamos investigando, ya tenemos varias hipótesis y nunca se sabe nada de lo que realmente ha ocurrido en cada caso.
Lo que pasa con las instituciones intermedias del sistema, pasa con las instituciones de la cúpula. Todavía no se ha perdido del todo el respeto como para que se proponga una rebelión de carácter general, pero el irrespeto con que a veces se habla del Presidente, de los diputados y hasta de los magistrados es un mal signo. Lo que se ha hecho en materia electoral ha levantado un poco la esperanza, pero si el sectarismo y la mutua desconfianza persisten, lo que se ha logrado puede retroceder. Mucho se avanzaría si se sigue combatiendo la corrupción y el narcotráfico que han corrompido el sistema, pero para ello hay que fortalecer la coordinación entre las instituciones competentes del Estado y la sociedad civil. Todos esperamos que se siga profundizando por ese camino.
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