**Me siento más hondureña que uruguaya, aunque no me puedo aprender el Himno Nacional.
Por esas cosas de la vida, llegó a Honduras en 1977 y dice que fue un amor a primera vista, tanto así que ya no quiso regresar a Paysandú, su tierra natal. “Me siento más hondureña que uruguaya”, admite Cleilia Genta en su casa, en Tegucigalpa, donde reside desde hace 42 años. Con un álbum de fotografías familiares en sus manos, evoca anécdotas como la vez que conoció al mismísimo “Pepe” Mujica, las primeras baleadas que se comió y los modismos graciosos de los hondureños. Solo hay una cosa que le sigue dando guerra: el Himno Nacional. “Son tantas estrofas. Creo que por eso no tramité mi nacionalidad”, dice soltando una gran carcajada.
¿Cuándo llegó a Honduras?
Llegué con mi esposo y mi hijo, el 4 de abril de 1977 llegamos a Tegucigalpa, hubo problemas en Toncontín y esa noche nos llevaron a Guatemala y después nos llevaron a San Pedro Sula. De ahí nos trajeron a Tegucigalpa.
¿Les costó adaptarse?
No. Honduras es un país bellísimo. Con dos costas en los dos océanos, tienen ruinas mayas y montañas verdes, en Uruguay no se mira ni siquiera nada. Todo es planito, veníamos con un ansia de conocer.
¿Qué impresión le causó?
Era Semana Santa y para nosotros la Semana Santa es la semana de la cerveza. Yo me crie a la par de una basílica y sacaban el santo alrededor del parque y luego lo metían, es como un carnaval, tipo Agafam.
¿Por qué decidieron venir a Honduras?
Mi esposo, Juan Pablo Rucks, estaba vinculado con una empresa puertorriqueña y ocupaban un técnico y cuando nos hablaron del lugar nos entusiasmó. Firmó el contrato por un año y de ese año se hicieron cuatro y de ahí ya nos quedamos.
¿Pensaron volver al Uruguay?
Estuvimos cuatro años en El Salvador y cuando nos íbamos para Uruguay vinieron los nietos. No tengo nada allá. Mis padres y mis hermanos murieron. Mi esposo está enterrado aquí, mi hijo trabaja en Guatemala y mis nietos en San Pedro Sula.
¿Y por qué no se quedaron en El Salvador?
El proyecto terminó. Era de AID. Además, era el tiempo de la guerrilla y secuestraron a mi esposo. Fue una mala experiencia.
¿Cómo era la Tegucigalpa de entonces?
No tenía nada que ver con la de ahora. No habían puentes y las calles de tierra para ir a Toncontín y la Kennedy. Recuerdo que fuimos al primer desfile de la patria en el bulevar Morazán y también era de piedra y yo me puse mis tacones bien coquetos, pero los destrocé de caminar.
¿Algo que le gustó de inmediato?
Realmente, la gente. Es muy amable, me sentí cómoda desde el principio y como, además, vivía mi cuñado y otros amigos técnicos, nos sentíamos en familia y nunca nos sentimos en tierra ajena.
¿Algo en particular con respecto a Uruguay?
La vida del campesino. En unos asentamientos de la costa norte no tenían nada qué comer. Tenían unas patasteras enormes. ¿Y cree que la gente sabía que se podían comer? Se lo daban a los cerdos y los niños desnudos comiendo con los cerdos y las gallinas y aquello era una mugre espantosa. Pues yo les enseñé a comer pataste y hasta hacer dulce con el pataste.
¿No había visto un escenario de pobreza antes?
Nunca. En Uruguay, el campesino de allá no tiene la pobreza del de acá. Y lo peor es que Honduras es un país rico, es tierra bendecida, usted tira una semilla donde quiera y nace, tienen agua y no la saben aprovechar.
¿Algún choque cultural, la comida, por ejemplo?
Ninguno. Me encantan las baleadas, pero más los frijoles. Dejé de comer carne de res, allá es blandita y aquí es dura, supongo que se debe a que los animales hacen músculos por trepar en las montañas en busca de alimentos, digo yo.
¿Vino su familia a visitarla?
Mis padres ya habían muerto cuando me vine. A mi suegra le encantaba aquí. No se quería ir. Ella era polaca, mi suegro belga y la familia de mi papá italiano.
¿Qué hacían sus padres?
Venimos de una familia de agrónomos por los dos lados. Imagínese, fue una niñez bonita. Vivíamos separados de Argentina por el río Uruguay donde yo bañaba y me lo cruzaba nadando.
¿Se llevaba bien con los vecinos argentinos?
Como no. La mitad de mis parientes son argentinos, los hermanos de mi mamá nacieron en Argentina, solo ella nació en Uruguay.
¿Qué recuerdos tiene?
Siempre digo que nací de buenos padres, porque me dieron buena educación. Mi papá se sentaba a tomar mate en una esquina, nos sentaba y viendo las estrellas nos empezaba a contar relatos de La Cruz del Sur, las cinco cabritas. Iba a caballo a la escuela.
¿Cómo conoció a su esposo?
En un carnaval de Paysandú: Yo estaba de acompañante de la reina del carnaval, andaba caretas, me gustaba mucho sus ojos celestes y nos fuimos a bailar. Me corrió los pretendientes y mis papás lo aceptaron porque conocían a sus padres.
¿Cómo vivieron la dictadura?
Fue una cosa muy fuerte, más para las familias nuestras porque apoyábamos al Frente Amplio y mi cuñado iba de candidato en el pueblo. Fueron tiempos duros, como toda dictadura.
¿Y sigue siendo del Frente Amplio?
Claro, ahora es gobierno, y antes estuvo Mujica.
¿En sus tiempos se hablaba de Mujica?
Por supuesto. El pobre Mujica estaba preso. Estuvo en la misma celda con mi primo, cuatro años presos, ahora, mi primo es viceministro del Medio Ambiente de Uruguay. Imagínese como cambia la historia. Pero, sufrieron mucho y por eso Mujica tiene ese pensamiento maravilloso. Y su forma de vida, sigue siendo el mismo, un ejemplo.
¿Siguen siendo amigos de Mujica?
Es que ellos siempre trabajaron juntos con Tabaré Vásquez, un gran cardiocirujano, reconocido en Argentina y Brasil. Se ha retirado por andar en política.
¿Logró conocer a Mujica?
Todos lo conocimos. Su esposa (Lucía Topolansky) estuvo casi dos meses haciendo trabajo en la finca de nosotros. Ella ahora es la vicepresidenta de Uruguay. Y la esposa de mi primo es arquitecto. Ella se graduó aquí en Honduras, porque salieron huyendo. Y tienen dos hijos hondureños y dos uruguayos.
¿Está pendiente de Uruguay?
Siempre. Ahorita en marzo cumplo dos años de no ir.
¿Qué similitudes tiene Honduras con Uruguay?
Lo que pasa es que me vine de 40 años y allá yo viví los veinte, que son épocas diferentes. Lo único que no cambia es que Uruguay mantiene su población en tres millones y algo.
¿Su esposo tuvo amistades políticas en Honduras?
Traía a muchos políticos conocidos a tomar mate y café. Matías Funes era uno y Alfredo Landaverde era otro.
Después de vivir tantos años en Honduras ¿Cómo mira la situación?
Con mi esposo decíamos que el problema de Honduras es que no despega el de abajo, solo el de arriba. No lo ponga que me van echar. Ni me van a renovar la residencia (suelta una carcajada).
¿No se ha nacionalizado?
No hubo necesidad. Al principio, pensábamos que nos regresábamos al Uruguay a los cuatro años. Además, había que aprenderse de memoria el Himno Nacional y yo no me lo puedo aprender.
¿Se le hace difícil?
Yo no tengo memoria para aprenderme tantas estrofas. Puedo tocar la música en el piano.
¿Aplicó para la nacionalidad alguna vez?
No fue necesario. Antes, nos daban la residencia con poca gestión, ahora, tiene más protocolo, pero la verdad no tengo necesidad porque la residencia es suficiente, lo único que no puedo es votar y con los candidatos que hay no la ocupo.
¿Se siente hondureña?
Yo me siento hondureña, tengo mi vida acá, mi hijo, mis nietos y mi biznieto, yo nací en Uruguay, pero me siento más hondureña ahora.
¿Qué piensa del pueblo hondureño?
El hondureño es muy tranquilo y parece que le gusta que le pongan la pata arriba.
¿Usted simpatiza con algún partido político?
Me hubiera gustado el Partido Liberal, quizá por su afinidad con el Partido Colorado de Batlle y Ordóñez (José Pablo Torcuato Batlle y Ordóñez, presidente de Uruguay en 1903-1907 y 1911–1915), que cambiaron el Uruguay.
¿El mate es uruguayo o argentino?
En realidad, es una hierba del Paraguay. En mi casa era una cosa de todos los días. En el campo, se les da a los niños mate cocido, como un café con leche, con una torta frita.
¿Usted lo toma desde siempre?
No, porque es una cosa amarga y a mí me gustan las cosas dulces de la vida.
¿Le gusta el fútbol?
No, ¿sabe por qué? No entiendo cómo 22 jugadores andan detrás de una pelota.
Pero si, Uruguay fue el primer campeón del mundo…
Bueno, la verdad es que una vez fui al estado Nacional. Yo venía del campo y era un partido entre Nacional y Peñarol. Entonces, cuando íbamos subiendo, alguien me quitó el zapato. Yo era una niña, pero el zapato nunca apareció y desde entonces le tomé un odio al fútbol. Nunca me interesó.
¿Qué palabras hondureñas se le ha pegado?
Unas cuantas. Hay unas que son graciosas.
¿Cómo cuáles?
Le voy a contar: Cuando nosotros llegamos a Honduras, enfrente, vivía un cirujano plástico que abría las ventanas para tocar el piano y empezaba a llamar a su trabajadora: Concha, conchita…. para nosotros es una mala palabra. Pero al final, uno se acostumbra. Son tantos años.
¿Es grande la comunidad uruguaya en Honduras?
No. Mis dos amigas ya murieron. Quedé sola.
¿Algún uruguayo conocido amigo suyo?
Aunque vive en Miami, tengo buena amistad con Nildo Núñez, cuando viene, se queda en mi casa. Hace poco me llamó, está trabajando en un taxi para pagar los boletos del Mundial de Rusia.
¿Algún deseo para el pueblo hondureño?
Que nazca gente que ame su país y sus raíces.