Laureles sin ocaso de una alta existencia

Por Óscar Armando Valladares

A Miguel R. Ortega le conocí sin trato, pues no fue mi maestro, en los viejos corredores de la Escuela de Leyes residente en La Merced. Alto, serio, trajeado, de espesa cabellera, gastaba reputación de mentor preparado y muy “yuca”, en alusión vegetativa del duro tubérculo. Supe que había cursado estudios de postgrado en Italia, con jurisconsultos de peso como Giorgio Del Vecchio, prologuista de un trabajo suyo sobre arbitraje internacional. Trabamos con él amistoso acercamiento en ocasión de presentar –en la efeméride bicentenaria de Morazán– el tercer tomo de su obra “Laurel sin ocaso”, impreso en los talleres de Graficentro Editores. A nombre de la empresa di las palabras del caso, que el autor las estimó de buen hilván, y en la hora del piscolabis me procuró su libro “El espejo habitado”… con afable dedicatoria.

Desde ese 1992 he rastreado su huella en el campo de las letras nativas, releyendo y tratando de escrutar su haber poemático — en que soneto y metáfora realzan sus esponsales con lenguaje amoroso–, lo mismo que su veta cuentística –sorpresiva e insólita, de esmerada dicción, incluso en personajes secundarios–, y sopesando, en fin, criterios e influjos que en derredor de ambos cultivos concurren abiertamente y al trasluz. A resultas de tal emprendimiento, en un ensayo escrito y no publicado aún, ahondo en la vida y producción miscelánea del compatricio Ortega, en sus recursos estilísticos raigalmente metafóricos: “mientras atrapa retazos de recuerdos que zurce con pespuntes de irrevocables suspiros”, como ejemplo narrativo, o este juego versal: “Las regatas del tiempo más te crecen./ Tus recuerdos son naves que se mecen/ amarradas al muelle del ocaso”.

Durante el ejercicio indagatorio, advertí la existencia de un texto que Miguel Rodrigo había compartido en el acto de incorporación a la Academia Hondureña de la Lengua. Quiso el duende de la casualidad que, hojeando –en casa de Froylán Ochoa– un boletín finisecular de la institución, diera con el mismo bajo el título “El mundo imponderable de los libros”. Pleno de citas y autores amigados al tema, la “incursión memoriosa” en ese mundo prodigioso indujo al nuevo académico a aducir que “en nuestro medio ya nadie se toma el esfuerzo de cultivarse; al contrario, como la cultura supone cierta dignidad, y como los que llegan a escalar posiciones relevantes en la conducción del destino del Estado, no lo hacen por medios enaltecedores, un hombre digno ante ellos es una paja en el ojo, un estorbo, el cual debe evitarse. Por eso prefieren rodearse de individuos improvisados que no podrán reprocharles nunca la calidad de alabarderos”.

Vemos así –agregaba Ortega, con óptica, creo, también de ahora– figuras cuya única “jurisprudencia” a invocar para justificar su cargo, “sería el precedente de la equina jerarquía consular dispensada por Calígula a Incitato; y vemos también jefes de Estado o ministros de Cultura cuyo único roce con las páginas de un libro fue con el silabario… cuando hubo escuela y cuyo único encuentro con las letras se ha verificado cuando tras larga ingestión alcohólica, a exceso de velocidad se han llevado un rótulo con su automóvil oficial”.

Además de abogado y literato, Miguel R. Ortega se echó a cuestas –en reto motu proprio– el rescate de Morazán, a mi juicio su mejor y más persistente acervo productivo. Y aunque no me hermano con sus puntos conclusivos y exegéticos a que arriba, admiro su titánica y documentada empresa, su defensa del prócer caído y el compromiso –súbito en escritor adepto a vieja bandería– de mantener al día la lucha e invocar el ejemplo de quien sucumbió instando a la juventud dar todo por la patria “vacilante e incierta” que proyectó redimir.

Por intermedio de Dagoberto Espinoza, en ignorada fecha de 2017 me allegó su poemario antológico “Voces desde el sur del alba… en los labios del viento”, portador de un envío sobrazano: “Al fino intelectual Óscar Armando Valladares, con el saludo entrañable de M.R. Ortega”, en ajustado trazo mellado por el tiempo. En las últimas páginas adicionó sonetos obsequiosos de amigos y colegas: Manuel Luna Mejía, Santos Juárez Fiallos, Felipe Elvir Rojas, el último de los cuales le apuró en su mensaje: “Tu verso es alabastro, miel de Himeto./ Dadnos, pues, ¡oh maestro, tu secreto/ para hacer con la lira maravillas!/ Generoso en tu numen, sin alarde,/ haz un hueco en el muro de la tarde/ y reparte en el mundo tus gavillas”.

Al poeta y abogado morazanista, el recuerdo del que –en distancia afectiva– loa y celebra su alta existencia corpórea e inmaterial. Más allá de los días que en impreciso número restan por venir y vivir, su nombre, don Miguel, quedará subsumido al de José Francisco, su inmenso biografiado, merced a las hojas impares del laurel sin ocaso.