Por Juan Ramón Martínez
Solo los anormales quieren la destrucción de Honduras. Nasralla, se arrepintió de anunciarla. Tan es así que nunca más, ha vuelto a repetirla. La mayoría, al margen del clima de polarización y nerviosismo que estamos viviendo, queremos la sobrevivencia de Honduras. De repente no por consciente generosidad, sino porque no tenemos otra nación que llevarnos a la boca. Incluso, en el marco de una de las turbulencias mayores que hemos tenido desde el 2009, algunos empezamos a notar cierto rechazo a persistir en la obstinada confrontación de unos a otros. No de forma generalizada; pero evidentemente, como indicio esperanzador. Y no podía ser de otra manera. No porque nos hayamos perdonado los “pecados”, unos a los otros. O que los pecadores hayan dejado de seguir jugando con fuego, menospreciando el sentido común y la sensibilidad ciudadana que se siente ofendida. Sino porque ante el sentimiento de disgusto, el encono y el deseo de derribar instituciones y encarcelar a todo el mundo, la realidad de la región está indicando que las cosas se pueden complicar en El Salvador, Nicaragua y Guatemala. Y que, cuando volvamos a vernos rodeados de fuego, no seremos nosotros los que destruiremos a Honduras, en una exagerada muestra de individualismo suicidio colectivo, sino que los vecinos vendrán a deshacer lo poco que hemos salvado en estos años de peleas, insultos y amenazas.
En Nicaragua, hay una pausa. Las razones del conflicto –igual que aquí en Honduras– están presentes en el imaginario colectivo. Y en El Salvador, Bukele no muestra el empaque de un estadista que entienda que tiene que asumir conductas humildes con respecto a instituciones con las cuales tiene evidentes desacuerdos. Y que además, el respaldo electoral, de cara al número de electores salvadoreños, no es como para batir palmas. O levantar el látigo para echar a los “enemigos” del templo.
En realidad, aunque tiene la mayoría de los votantes, no cuenta con el respaldo de la mayoría de los salvadoreños. Claro, esto no lo entiende porque, forjado en el espacio estrecho de la publicidad, no cree en las verdades, sino que en las percepciones. Y que el sentimiento de triunfador que es evidente, por la edad y su escasa trayectoria política frente a veteranos políticos compatriotas suyos, no le da experiencia para enfrentar los retos que tiene enfrente. El haber ganado las elecciones, no lo hace gobernante. Será hasta el primero de junio. Por lo que, debe dejar que los gobernantes actuales, cumplan su período y hagan dentro del mismo, lo prudente políticamente. Y conveniente, en términos de obligada legalidad. A estas horas, en vez de estar preocupado de los nombramientos y contratos de empleados, –típicos de un modelo de estado patrimonialista como son la mayoría de los gobiernos continentales–, debería aprovechar la oportunidad para visitar a sus colegas centroamericanos. Para forjar con ellos, la continuidad de una alianza, necesaria en Centroamérica, para enfrentar la pobreza que sufre.
Los hondureños, por nuestra parte, no hay que ver en la inestabilidad que anuncian en El Salvador, una cosa positiva. Todo lo contrario.
Más bien, hay que entender que cuando las campanas están sonando, también lo hacen por nosotros. Y que los problemas de ingobernabilidad salvadoreños, no son útiles para resolver los problemas que tenemos entre los hondureños. Hace 50 años, los astros se pusieron en línea. Y los resultados fueron negativos, para los dos países. En consecuencia, debemos comprender a Bukele; celebrar la voluntad de las urnas. Y si él, no viene a nosotros, los hondureños debemos ser los que tenemos que acercarnos hacia él, por medio de empresarios, políticos e incluso feligreses de las mismas iglesias en donde él le rinde culto a Dios. Con el nombre que lo llame.
Los campesinos son muy inteligentes. Durante la época seca, hacen rondas para evitar que el fuego de los vecinos, queme sus heredades. Nosotros, debemos darle una mano a la institucionalidad salvadoreña y hacer las rondas para que los problemas de allá, no nos hagan daño. Bukele, como los toros bravos, al final bajará la cabeza. Y aprenderá a desempeñarse embistiendo con elegancia, los pases rojos de la realidad que no podrá cambiar. Aprenderá. Trabajemos por la unidad. Cualquiera cosa puede ocurrir en El Salvador. Preparémonos. Es la hora de reconstruir nuestra convivencia.