Por: Marcio Enrique Sierra Mejía
La tendencia a la caída de la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes que ha logrado el Estado de Honduras es una buena noticia. Sin embargo, este proceso implica nuevos retos o desafíos que hoy por hoy tenemos que enfrentar, con determinación y voluntad política, igual o mayor, a la observada hasta ahora. Si bien esa caída en la tasa de homicidios entre 2002 y 2018, es ejemplar sobre todo al analizarla desde la concepción restringida de la violencia, se puede observar también que, al considerar la violencia desde una concepción relacional amplia, esta tiende a aumentar con relación a la violencia por convivencia. O sea, la violencia asociada con el crimen organizado y maras baja considerablemente, pero la violencia por convivencia ha tendido a aumentar, aunque al nivel general, los homicidios van cayendo. En otras palabras, la epidemia de la delincuencia en Honduras actualmente aumenta por problemas de convivencia.
La Secretaría de Seguridad ha logrado identificar el porcentaje de homicidios relacionados con la convivencia debido al móvil de estos hechos y se pudo construir un índice de violencia por convivencia. Es decir, se consideran datos estadísticos relacionados directamente con los problemas que dañan el tejido social del país. Considerando indicadores como delito sexual, violencia doméstica, violencia intrafamiliar, maltrato infantil e incluso correlaciones de resultados de encuestas que proporcionan datos sobre consumo de droga y alcoholismo, a fin de calcular el índice.
Se han podido diferenciar los homicidios por convivencia y por crimen organizado y maras de acuerdo con el levantamiento del acta del escenario del crimen o el delito consumado. En este sentido, se dio un paso cualitativo importante para fortalecer el análisis que permita a la política pública de convivencia y los actores involucrados en su aplicación, reconocer signos de operaciones sospechosas de la actividad delictiva y la manera de cómo informarla adecuadamente a la autoridad correspondiente. Es tiempo de activar a los vecinos para el desarrollo de la buena convivencia organizando procesos en los que el vecino en su vecindario establezca normas mínimas de seguridad para asegurar la seguridad vecinal.
Vivir es convivir y si para ello es necesario establecer una lucha contra la delincuencia de manera compartida con la policía hay que hacerlo con el fin de prevenir la escalada delincuencial que afecta a la estructura de la convivencia y por ende el tejido social. Una convivencia dañada por la violencia solo es restaurada cuando existe una coexistencia pacífica y armónica de grupos humanos en un mismo espacio. Cuando el respeto mutuo entre los vecinos impera en el medio que vivimos y desarrollamos nuestra actividad diaria. Cuando logramos vivir sin miedo y sin violencia. Cuando los principios de solidaridad y ayuda mutua rigen en la comunidad. Cuando respetamos a los individuos sin importar su raza, credo, idioma, condición social, nivel de educación, cultura o ideología. Cuando la tolerancia y la consideración de igualdad prevalece como convivencia democrática.