POR regla general hay dos grupos de dogmáticos predominantes en cada sociedad, sea ésta atrasada, en proceso de despegue o desarrollada. Los tradicionalistas a ultranza rechazan cada cosa nueva que se va presentando en el camino, con el viejo cuento que “todo tiempo pasado fue mejor”. Por otro lado, en el terreno opuesto, se encuentran los “revolucionarios” (de diversas caretas y recetas) engolosinados con todo aquello que parezca novedoso. Incluso psicodélico, según una expresión comercial de la década del sesenta del siglo pasado. Los sedientos de novedad exhiben la tendencia de rechazar las tradiciones de sus propios países, aduciendo que el pasado es arcaico o “reaccionario”, ya que los tradicionalistas se oponen a las banderas decimonónicas del “progreso indefinido”, a tal grado que hasta las consignas progresistas podrían resultar arcaicas para los amantes de toda novedad. Y es que se aferran al ya viejo proverbio paradójico de los manualitos materialistas en donde “lo único que no cambia es el cambio”.
Ambas posturas, la de los tradicionalistas extremosos y la de los engolosinados con la idea de cambiar por el prurito de cambiar, son perjudiciales para la consolidación de un Estado y para el desarrollo de las instituciones democráticas. Además son posturas equivocadas frente al análisis imparcial de la historia. De hecho en tiempos remotos hubo momentos gloriosos para el arte, la literatura, el pensamiento y la ciencia. Inclusive en la época medieval se consolidaron algunos de los valores claves de la cultura y de la civilización occidental.
En el caso de la República de Honduras uno de los grandes problemas actuales, precisamente, es el de la evidente debilidad identitaria de sus valores tradicionales que se fraguaron durante todo el periodo colonial mestizo, y durante el siglo diecinueve con sus aportes republicanos. Se olvida con frecuencia que nuestro país fue la cuna de uno de los más importantes pensadores y estadistas del continente americano, en las tres primeras décadas del siglo diecinueve. Se olvidan de los aportes de los grandes poetas, ensayistas y periodistas catrachos, que en los comienzos del siglo veinte iniciaron la modernidad del pensamiento, a pesar de las limitaciones ambientales. Con asombrosa facilidad se pierden de vista las riquezas arqueológicas prehispánicas, y luego la arquitectura renacentista y barroca en las construcciones eclesiásticas y civiles de un pasado más o menos remoto, que resultan atractivas a los que saben de historia y de arte. Inclusive durante la segunda mitad del siglo veinte aparecieron algunos intelectuales de mucho peso, respecto de los cuales es improductivo e impolítico olvidar sus nombres. No queremos tampoco negar las miserias espirituales y los yerros de varios de nuestros paisanos que nunca pudieron adquirir una visión catracha coherente, como tampoco realmente universal de las cosas.
Por su parte los sedientos de toda clase indiscriminada de cambio, se pierden en el laberinto de las novedades y las modas. No saben identificar cuáles transformaciones son buenas y cuáles cambios son malos. Un solo ejemplo histórico del siglo veinte fue el fenómeno del nazi-fascismo, que prometía toda clase de cambios políticos, ideológicos, tecnológicos, científicos y raciales para la humanidad entera, con el propósito oculto de invadir a todos los países que fuera posible invadir y subyugar, para imponer sus designios excluyentes, tenebrosos y violentos contra el resto de la misma humanidad.
Muchas personas con altos niveles educativos universitarios de diversas partes del mundo cayeron, increíblemente, en las trampas del nazi-fascismo. Esas posibilidades, o probabilidades, podrían reaparecer bajo otras condiciones, ropajes y lenguajes. Hay que sostener la capacidad de discernimiento espiritual.