Por: Segisfredo Infante
El presente artículo es en buena medida resultado de tres reuniones informales con algunos amigos del “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel”. Estas reuniones recientes se realizaron a finales de enero y comienzos de febrero del año en curso, con la agradable presencia del escritor Martín R. Mejía, quien ha venido desde Canadá a visitar a sus familiares en Quimistán, a sus más cercanos amigos en San Pedro Sula y, sobre todo, a nosotros en la capital de Honduras. Martín es un santabarbarense desprendido, cordial, humilde y espontáneo, que recorre miles de kilómetros sólo para intercambiar opiniones intelectuales, sin pretensiones ni mucho menos pedanterías de ningún tipo, a pesar que él vive, desde hace varias décadas, en un país “posmoderno” del primer mundo, en donde advierte directamente las fortalezas y las inocultables debilidades del submodelo capitalista financiero y comercial (con “economías de burbuja”) que se ha impuesto en estos últimos años. Nadie le puede contar cuentos de lo que realmente sucede por allá, pues el amigo se ha nacionalizado felizmente canadiense, y vive en una de las ciudades comerciales más cosmopolitas del planeta. Sin embargo, le hacen faltan los olores y los sabores de su “tierruca amada”, como le gustaba decir a Medardo Mejía y Oscar Falchetti.
Pues bien. Uno de los temas que apareció en medio de nuestras conversaciones, es la posibilidad de que estemos retornando, por una vía análoga, a los tiempos de Sócrates, en que el filósofo moralista redescubrió la importancia del “Hombre” civilizado, hasta ocupar un lugar central en la agenda de la gran Filosofía griega. Hemos dicho en varios ensayos y artículos que Sócrates fue despreciado por una buena porción de sus paisanos. Se burlaban del filósofo. No les gustaba su método incisivo de investigación (la mayéutica). Ni mucho menos sus opiniones autónomas en favor del prójimo o de los mismos ciudadanos atenienses, quienes al final malinterpretaron los roles de la democracia directa, que utilizaron para meterlo preso y finalmente asesinarlo. Aunque el pensador moralista tenía, también, muchos partidarios, sus “enemigos” nunca lograron comprender que Sócrates era un filósofo pacífico solitario en cuya personalidad se anudaban los principios políticos con sus creencias religiosas. Lo más triste del caso es que algunos poetas y profesores sofistas se unieron, por envidia acumulada, para conspirar contra la vida de Sócrates, quien prefería “morir mil veces” antes de abandonar la misión filosófica que le había sido encomendada por el “Oráculo”. Los atenienses de los tiempos de oro derivados de Pericles (los buenos, los ambiguos y los malos) destruyeron su propia democracia y facilitaron la destrucción de Atenas que fue invadida por toda clase de aventureros. La opinión habilidosa de los superficiales y de los frívolos se impuso contra el razonamiento sosegado de Sócrates y de su principal discípulo Platón. Por suerte Alejandro Magno, posible pupilo de Aristóteles, supo respetar y desplegar, hasta cierto punto, los poderosos aportes del saber helénico.
La semejanza de aquellos tiempos con los actuales, es que en estos momentos existe una “todopoderosa” maquinaria mundial aplastante, contra todo pensamiento filosófico especulativo, y casi contra todo pensamiento en general. Los verdaderos pensadores de estos años, se autoperciben como entes solitarios que se ven en la terrible circunstancia de sobrevivir, frente a todos los avatares inimaginables. Esa soledad tan íngrima es de alguna manera la misma soledad, e impotencia, que padecieron Sócrates en Atenas y San Agustín en el puerto de Hipona, frente al avance indetenible de los “bárbaros” de los reinos y las naciones del norte de la Europa prehistórica. En tiempos más cercanos debemos considerar la soledad interior del político y religioso Mahatma Gandhi, incomprendido por sus mismos seguidores hindúes, sijes y musulmanes.
Igual que Sócrates, Mahatma Gandhi era un hombre físicamente feo, chaparro, mal vestido y extraordinariamente humilde, con dietas vegetarianas. Educado en Inglaterra, nunca perdió de vista sus orígenes hindúes y las necesidades de la India y de los pobres, marginados de su época. Amén de su religión brahmánica, respetaba y amaba los principios judeo-cristianos del amor al prójimo y de la “No Violencia” semi-anárquica. Caía en estado de ayuno casi permanente y en estado de desgracia cuando sus seguidores actuaban violentamente contra los ingleses, los musulmanes o contra ellos mismos. Mahatma Gandhi era un hombre de convicciones sólidas. La búsqueda religiosa de Dios Único y sus planteamientos pacíficos y democráticos eran una sola cosa; un solo nudo doctrinario. Por eso fue tan incomprendido, que al final lo asesinó uno de sus propios seguidores.
Comentábamos con Martín R. Mejía que hombres como Sócrates y Mahatma Gandhi provocan miedo positivo incluso en aquellos que les admiramos. No digamos en los sofistas y difamadores que hoy abundan por doquier. Su sobriedad personal, su humildad y sus sólidos principios ante la adversidad, son altamente difíciles de imitar, para pobres mortales como nosotros. O por lo menos como el que escribe estos renglones. ¡!Sea!!