Por: Augusto Monterroso
Horacio Quiroga nació en El Salto, Uruguay, el último día de 1878 y murió en Buenos Aires el 19 de febrero de 1937, de manera que compartió uno de los períodos más ricos de la literatura hispanoamericana: son contemporáneos, suyos, entre otros, Leopoldo Lugones, José Enrique Rodó, Rubén Darío, Julio Herrera y Reissig, Vicente Huidobro, Ramón López Velarde.
Recordaré ahora que empezó a escribir alrededor de los quince años y que prácticamente no dejó de hacerlo durante toda su vida, a pesar de largos trechos en que no publicaba libros; que pronto cayó en la tentación obsesiva de los artistas de su tiempo: viajar a París, y que de su corta estadía allí, aparte de conocer personalmente a Rubén Darío, no sacó mayor cosa de provecho, a no ser, quizá, algo de desencanto:
París no era para él; que muy joven capitaneó en Montevideo un alegre grupo literario que se llamó, con humor bohemio y modernista, Consistorio del Gay Saber, rival amistoso (hasta donde eso puede ser entre escritores) de otro no menos entusiasta, la Torre de los Panoramas, comandado por Julio Herrera y Reissig; que comenzó escribiendo con los seudónimos de Guillermo Wynhardt (nombre del protagonista de El mal del siglo, de Mar Nordau) y Aquino Delagoa, según el Parnaso Oriental, que nunca miente; que publicó revistas literarias, incurrió en el periodismo y acometió negocios descabellados que terminaban, sin remedio, en el fracaso o en simples incendios; que como la mayoría de los escritores, con talento o con las palancas adecuadas, de Hispanoamérica, sirvió en el cuerpo consular y diplomático y que, como todos ellos, no hizo ahí nada de utilidad para su país excepto convertirse en él mismo; que su poesía adolece de los peores defectos del Modernismo y no cuenta con ninguna de las sólidas virtudes de éste; que practicó con amor el ciclismo y con odio la enseñanza de la literatura; y que intentó novelas y aún dramas con muy mediano éxito, puesto que, finalmente, para lo que estaba llamado era para el cuento, género que manejó como muy pocos en nuestro idioma y en cualquier idioma.
Este hombre enjuto, desgarbado y pertinaz, conoció rechiflas y aplausos, riqueza y pobreza, serpientes, ríos pequeños y ríos inmensos, hormigas incontenibles y mieles venenosas y a muchos hombres, atrapados en la ciudad o en la selva. Pero por sobretodo conoció de cerca la tragedia. Su vida es un largo sueño trágico. Si un día alguien hubiera imaginado un hombre con un destino como el de Quiroga y hubiera escrito un cuento con ese tema, ese cuento sería malo y de una monotonía mortal, en el sentido exacto de la palabra monotonía y de la palabra mortal.
Es difícil dejar de estremecerse cuando se piensa en la amargura que persiguió a Rubén Darío; en los descalabros, en los naufragios, en la muerte voluntaria del pobre José Asunción Silva y en su larga sombra larga; en la debilidad del triste Julián del Casal, en el asesino Chocano y en el asesinado Chocano. Pero si uno se pone a pensar, todo eso es previsible y puede ocurrirle a cualquiera.
Quiroga descarta toda posibilidad de previsión.
La Rochefoucauld se regodeaba al afirmar que en la adversidad de nuestros mejores amigos hay siempre algo que no nos desagrada. Pues bien, nadie, cuando habla de Quiroga, se resiste a enumerar casi con gusto la interminable nota necrológica que fue su vida.
Fíjense: su padre, sin quererlo, se da muerte con una escopeta de caza; su hermano mayor muere en un accidente, su padrastro cae víctima de la parálisis y un día, desesperado, tras una laboriosa tarea de intensos minutos, logra por fin colocarse en la boca el cañón de una escopeta y disparar la muerte con el dedo pulgar de su pie derecho; su gran amigo literato, Federico Ferrando, previendo que tendría que batirse en duelo, compra una pistola y va a ver a Quiroga, buen conocedor, ignora que el arma está cargada, sale un tiro, y este tiro, cuyas probabilidades de ir a cualquier otra parte se cuentan por millones, va a dar muerte a Fernando y sume a Quiroga en la desesperación. Cierto día Quiroga emprende en la selva una de sus fantásticas empresas económicas, labra la tierra y levanta su casa con sus propias manos; cuando la casa está suficientemente habitable y bella, lleva a vivir con él a su mujer, con el resultado de que, desquiciada por una vida para la que no estaba hecha, su mujer se suicida ingiriendo veneno. Años más tarde, aquel 19 de febrero de 1937, el propio Quiroga, perseguido por los males físicos, se mata en forma semejante. El epílogo lo pone su hija, quien también se suicida algún tiempo después. No, nadie podría escribir un buen cuento con ese tema: demasiados tiros, demasiado cianuro, demasiado azar.
Pero Quiroga sí; esas muertes desatinadas estarán presentes en casi toda su obra, en la que predomina el horror, en la que seres extraños, alcohólicos, locos, o, lo que es peor, enteramente cuerdos, pueden aparecer vivos en cualquier instante detrás de cada página. Excepto en pocos momentos, sus cuentos están unidos por un hilo común: la mayoría participan de la fatalidad o de lo ingrato. Hay en todos, también, un sentido humano profundo, una grandeza, un amor viril a las cosas, a los animales, a los hombres, un amor a la vida cuyas raíces tal vez debamos buscar en aquella confusión de disparos y cianuro, en aquellas muertes con las que Quiroga se saludaba todos los días.
Pero habría que tener presente que Horacio Quiroga quiso dar, y los dio, y muy buenos, consejos o reglas sobre la mejor manera de escribir cuentos, no de vivir la vida.