Por: Juan Ramón Martínez
La querida primero; y esposa después de Cortés, se fue para España en una embarcación apresurada, que partió de Veracruz. Quería su capitán, dijeron sus amigos de los bares del puerto, evitar las tormentas y los ciclones del Caribe. En Madrid, sembró flores exóticas, extrajo extraños perfumes codiciados por la nobleza madrileña; y se volvió famosa por su capacidad para construir sortilegios de amor. Fue invitada de los nobles españoles, que descubrieron en sus historias interminables, una segunda edición de las Mil y una Noche.
Pero un día, lo que de aventurera tenían sus ansias de amor; y con el reto de las ropas auténticas que había dejado sobre la silla de Cuernavaca, se le rebeló en el pecho. Quienes preguntaron por ella, supieron después que, en un barco se trasladó a Cuba, desde donde, caprichosamente desembarcó en Puerto Cortes.
Aquí -entre los charcos de las lluvias, los pantanos que se querían comer las casas y las flores que se erguían frente a la potencia de un sol ingobernable- abrió una tienda de perfumes y una casa para tirar las cartas y adivinar el futuro.
Pronto su fama trascendió las paralelas del ferrocarril, la chismografía de las mujeres de San Pedro Sula, o la tranquilidad de las aguas mansas del Lago de Yojoa. Desde Tegucigalpa, Choluteca y Comayagua, llegaban a consultarle. A todos los aconsejaba; y muchos, tal lo que referían las crónicas de los periódicos locales, -que mencionaban los resultados usando complicidad claves, sólo comprensibles para los iniciados en el asunto de la cartomancia y sus conocimientos anexos- resolvieron sus dificultades, gracias a sus consejos.
Pero doña Marina, no estaba contenta. Recordaba a Cortés, pero no apergaminado en su memoria, ni envejecido por los años sin vivir, sino que vivo, caminando y dando órdenes, entre los hombres que creían que ejercían el poder en Honduras. Ensayó sus encantos con el Gobernador y el jefe militar de la Plaza, un robusto cubano de apellido Maceo. Era buen amante, sino alguna vez sin el ánimo de escandalizare a nadie, como quien dice el agua está limpia o brilla el sol; ni mucho menos, poner en entredicho la viralidad del patriota cubano: el amante apenas fue el medio para tocar el poder con los dedos, desnudos, cosa que desde sus tiempos de princesa india, había sido su obsesión. Después intercambió sus sueños y sus habilidades de experta en cuestiones del amor, con uno de los ministros del gobierno de Sierra, hasta que el Presidente de la República, Encarnación Lara, fornido general a quien la guerra le había quitado la mano izquierda y entregado a cambio, los galones de general de división, descubrió que no podía vivir sin sus leves quejidos, su forma de hacer el amor y la expresión mortal de gata satisfecha, cuando llegaba al orgasmo. La hizo desnudar sobre su lecho, la instaló a su lado y desde entonces, las cosas empezaron a cambiar para todos. El presidente Lara no es el mismo, dijeron muchos. Y era verdad. Piensa y habla como Cortés. Viste como Cortés y como él, organiza expediciones, para enviar a conquistadores a buscar oro y posiciones en islas desconocidas, como base para descubrir en la mar océano, un sexto continente que doña Marina, la esposa de Cortés, dice que está a la vuelta de las Islas de la Bahía. Y por medio del cual, se logrará llegar a Europa, acortando las distancias y evitando la amenaza cruel de los huracanes puntuales del Caribe de medio año.
Un día que muy pocos recuerdan, el Presidente General de División, Encarnación Lara, sus ministros, militares y gobernadores y doña Marina y sus atuendos, embarcaron en Puerto Cortés, con rumbo desconocido en tres goletas de velas floridas, para no volver jamás. El hecho ocurrió hace muchos años; y, aunque todavía hay viejos que dicen que vieron al presidente Encarnación Lara y a doña Marina, hacer el amor al aire libre, acostados sobre cueros de tigres y rodeados de flores maltratadas, los historiadores se resisten a incluir estos hechos en los libros que escriben para que los niños retengan en su memoria, las aventuras y los gozos del pasado. Le tienen temor a la contagiosa peligrosidad del amor. Y a los riesgos que el poder, sea penetrado por sus maléficos propósitos, otra vez.
Casabonita, Lepaterique, mayo 26 del 2002