Por: José Luis Quesada
La aparición de Juan Carlos Caffoll en el panorama de la poesía nacional no es un fenómeno frecuente, debido a la madurez con que asume su vocación poética. No es de la clase de poetas que se pone a esperar que la providencia deje caer sobre su abatida mesa de trabajo una metáfora espléndida, una imagen brillante o un concepto feliz, sino que, como buen poeta, sale a buscarlos, valga decir, sale de cacería y consigue su presa.
Aunque la poesía es un don, un inconmensurable don, vinculado -como puede dar fe la gran poesía bíblica- a la intuición, a las visiones y a la profecía, no puede subsistir sin el rigor de la forma, el vaso que contiene la esencia, para decirlo con la celebrada imagen de Gorostiza en Muerte sin fin; a este arduo modelaje, ligado al inevitable sufrimiento y los inquietantes azares que entrañan la vocación literaria, se refería Truman Capote con la siguiente frase: “Cuando Dios te da un don, te da también un látigo”. No en vano, otro poeta norteamericano, E.E. Communigs, dijo que la poesía debe escribirse con la cabeza fría y el corazón caliente; la tentación de lo segundo ha perdido a muchos; sin embargo, me da gusto decir que no es este el caso de Juan Carlos Caffoll. La construcción de su poesía es intelectual, ardua, pero el resultado es altamente estético, abarcador tanto de ideas como de sentimientos y sueños. Se trata de un hermoso discurso cuyo fin es convencer al lector de una verdad integral, como la vida misma, y que no quiere dejar por fuera ninguna zona sin iluminar. El tema de este es la soledad, mostrada sin patetismos de ninguna clase, donde el “yo” del poeta queda en suspenso, dejando un espacio en blanco donde ella resplandece casi corpóreamente.
La contrapartida de la soledad son los otros, la historia, el tiempo; existe donde hubo algo, (donde hubo fuego cenizas quedan). Hay una soledad de muchos hombres, inevitable, conjugada con el plasma universal de nuestro ser. Esta relación soledad -historia- tiempo, constituye el eje de este libro, presente a través de imágenes de poderosa belleza plástica, que dicho sea de una vez, son virtudes constantes del mismo. El poema que se titula “En el Desierto de sonora”, constituye un buen ejemplo de esta relación soledad -historia- tiempo, por lo que lo copio íntegramente.
Amanece y anochece
En el desierto de sonora.
Los caballos de la revolución
coronados por un aura de polvo,
casquean la tierra cuarteada,
esparciendo a pisotones,
guijarros y plántulas muertas.
En su pantalla de espejismos,
el sol esboza corredores de sombras,
arcadias que se pierden
en el vaho de la carretera.