AÚN cuando al inicio Uruguay no más hablaba de diálogo sin condiciones como la manera de abordar el conflicto venezolano, al final de la jornada la declaración leída se pliega a lo exigido por los europeos. Ello es, incluye en el texto la convocatoria a elecciones libres. La vaina es que no hay plazos para ello. No estipulan para cuándo, si la exigencia es inmediata o allá cuando a la autocracia le ronque la gana. Y cuando le preguntaron a Nicolás si temía convocar a elecciones porque las podría perder, no anduvo con evasivas. Respondió “no me niego a convocarlas, hay elecciones en 2024”. “No nos importa para nada lo que diga Europa de Venezuela; Europa que se encargue de sus problemas como el desempleo o la migración”. El otro inconveniente de ese cónclave fue que habiendo tantos que dispusieron terciar en el asunto, cuesta hacer que un tumulto de gente se ponga de acuerdo. Sobre todo en asuntos tan espinosos.
Así que los países que se dieron cita en Montevideo no pudieron, como habíamos anticipado, alcanzar un consenso. Bolivia, México y Caricom, no apoyaron la declaración final del Grupo de Contacto “por plantear puntos injerencistas”. Allí andaban los que apoyan la autocracia a ojos cerrados, algunos que ya se pronunciaron a favor de Guaidó y otros que ven más cómoda una posición de neutralidad. De no comprometerse ni de aquel ni del otro lado. Esos son lo que ofrecen sus buenos oficios de componedores, o de mediadores, o de conciliadores, pese a la casi imposibilidad de hacer congeniar partes tan polarizadas. Que se ven como enemigos, que se detestan unos con otros, que a duras penas coexisten. Más cuando el poder abusivo ha destrozado el país, condenando a la miseria a tanta gente, provocando el éxodo de millones de compatriotas. Ha desatado sin remordimiento su furia represiva contra toda la oposición. Las aprehensiones planteadas en el editorial anterior fueron premonitorias. Si los del contacto no pueden ponerse de acuerdo en lo único que resolvería la crisis, peor para que lo hagan los sufridos venezolanos. Si los gestores de buenos oficios –que no están al borde de la guerra civil– no pueden coincidir en qué ruta tomar para promover distensión en Venezuela, menos para que pueda esperarse que lo hagan los venezolanos, divididos en dos polos irreconciliables. Así que mientras los del contacto mandan comisiones a Venezuela a arreglar lo que no tiene voluntad de arreglarse, sin que haya plazos fatales para que el pueblo decida su destino por cuenta propia, la zozobra del pueblo venezolano va para largo.
El grupo informó que enviará una misión técnica a Venezuela con el fin de establecer las “garantías necesarias para un proceso electoral creíble en el menor tiempo posible” y “permitir la entrega urgente de asistencia de acuerdo a los principios internacionales de ayuda humanitaria”. No han llegado y ya Nicolás les echó semejante balde de agua fría: Venezuela –espetó– no va a permitir el show de la ayuda humanitaria falsa, porque nosotros no somos mendigos de nadie”. (El otro día, hablando así como él habla, dijo algo parecido, “nosotros no andamos mendingando”. (Consultaron a la RAE sobre la palabra “mendingar” utilizada por Nicolás. La guardiana del buen castellano respondió que “es desaconsejada en expresión culta”. Ya que “la única forma culta usada es “mendigar”). Pero eso es lo que menos incomoda a Nicolás. Él arguye –con el país arruinado y el pueblo sufriendo– que la “emergencia humanitaria” es “fabricada desde Washington” para “intervenir” Venezuela.