Baratillos en política

Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

No es fácil determinar por qué en un país como El Salvador gana las elecciones una figura como la de Nayib Bukele. Cualquier votante diría cosas como que, hizo buenas obras en el centro; que fue buen alcalde, que es joven promesa y hay que darle oportunidad; y un sinnúmero de cosas atribuibles todas ellas, según Ricardo Homs en su obra “Marketing para el liderazgo político”, a que los electores nos comportamos como compradores compulsivos de productos en oferta o, a veces, como consumistas de primer orden cuando los escaparates políticos nos ofrecen una novedad con cierto valor agregado.

Desde luego que los mercadólogos tendrán suficiente tiempo para analizar las ventajas comparativas del ganador, enfundados bajo las premisas de liderazgo, apariencia, imagen proyectiva, antecedentes demostrables; en fin: habrá suficiente material para que aquellos ofrezcan sus análisis concienzudos en el bazar político, y para que los incautos puedan adquirirlos en su versión “hecho a la medida” como dicen los estafadores que venden cursos de desarrollo empresarial.

Por más análisis que hagamos, una cosa es verdadera: los únicos perdedores son los que ya no tendrán más chamba en el Estado. Los ganadores son, los que obtendrán chambas en las instituciones y que entrarán de cambio por aquellos. Luego el poder se mantiene intacto. Y esta es la parte difícil de entender por el lego. Las estructuras estatales y del poder se mantendrán funcionando siempre. Sucedió con ARENA y sucedió con el FMLN. Bukele, como tipo inteligente que es -aunque no haya estudiado en la universidad, lo cual no es un requisito para ocupar la silla imperial-, sabrá mantener las relaciones cordiales con los sectores organizados, es decir, con la aristocracia popular, esto es, empresa privada, sindicatos, gremios magisteriales, campesinos y movimientos sociales. Los sectores no organizados, no entran en el juego; para ellos habrá algunas muestras de altruismo estatal.

Relaciones cordiales significa negociar: “tienes algo que necesito y tengo algo que, a lo mejor, tú necesitas”. El buen líder político arriesga su imagen entrando a ese negocio. El mal líder hace lo contrario: Si lo que necesita es tener un control estatal absoluto, que su poder se ensanche al extremo de penetrar en la intimidad de los hogares, meterse en las decisiones de cada porción poblacional, entonces, tendrá que cambiar las reglas del juego: se mostrará amenazante frente a la empresa privada a quien le privará de buena parte de sus réditos para invertir en “obras sociales”; empoderará a los líderes populares quienes pasarán a ocupar puestos destinados a la vieja oligarquía politiquera, y prometerá cambios institucionales, inventando demandas y ofreciendo lo que no se tiene: salario mínimo altísimo, subsidios en los servicios, nacionalización de empresas, recursos, y consignas contra los “explotadores” del pueblo. También maquillará carreteras y adoquinará callejuelas de pueblos, haciendo eco de lo de Keynes.

Hay quienes van más lejos y comienzan a jugar a ser los creadores del bien común. Expropian recursos y riquezas privadas, transforman las constituciones y surge un poder magnánimo de corte popular que se prolongará en el poder por más de diez años. Ejemplo vivo: Maduro y compañía. Por ello habrá que tener cuidado: Alain Touraine dice que lo moderno es sinónimo de caos. Y no deja de tener razón: los líderes que llegan al palacio presidencial, flameando la bandera de la moral y la anticorrupción, han creado más desdicha que felicidad. En realidad no están listos para gobernar ni nacieron para ser príncipes. Pero fueron electos porque la gente se excita con los baratillos, para darse cuenta después que la inversión, no ha valido la pena. Pero luego ya es demasiado tarde.