Bukele, un líder singular

Por Juan Ramón Martínez

Los resultados electorales estaban anticipados. Y construidos, sobre la ruptura de los lazos emocionales de los electores y la oferta de los politices. Con partidos poco ubicados, frente a realidades cambiantes, caracterizadas por el cambio de la edad de los electores; la falta de dinamismo de las fuerzas económicas; el crecimiento del desempleo y la consolidación de la desigualdad que, en vez de reducirla, más bien se trató de esconder con subsidios poco focalizados e inefectivos.

Esperábamos que los partidos mayoritarios, que son fruto de la guerra civil de los ochenta del siglo pasado, hubiesen estado sometidos a una dinámica diferente, visto que fueron originados en una revuelta armada. Y por parte de una gran porción de la mayoría de la población salvadoreña. Y de consiguiente, activos frente a los procesos de cambio de la sociedad.

Pero no. ARENA, fundada por D’Abuisson para detener al comunismo que amenazaba los intereses de los empresarios, entendió los deseos de los electores. Tampoco, los exguerrilleros, convertidos en partido, anticiparon el descuadre de sus relaciones afectivas con los nuevos electores, así como tampoco, los impulsos de rebeldía, anidados en su interior. Motivados, fundamentalmente por el rechazo a la corrupción que ha penetrado casi toda la clase política salvadoreña, Bukele, rebelde, inconformista, –publicista enterado de la forma cómo movilizar y canalizar el disgusto–, ha aprovechado la situación. Hombre del sistema, miembro de la cúpula del FMLN, exalcalde de San Salvador, no solo se rebeló en contra de la diligencia de su partido, sino que además, utilizando las herramientas de su condición de publicista, les ha inferido la más grande derrota a dos bandos: a sus excompañeros y además, a sus enemigos tradicionales. Regis Debrey, habría dicho, con las herramientas del pensamiento francés de su tiempo, que se trata de una “revolución, dentro de la revolución”. Sin embargo, la realidad salvadoreña es más parecida con la hondureña que, con la cubana. De forma que la expresión sería poco afortunada.

Bukele, no es un estadista. Fuera de su capacidad para producir logros, no tiene ideas de cambio y transformación. Carece de habilidades para conducir equipos grandes, de forma que no tiene un partido a sus espaldas. Tampoco una visión transformadora del estado salvadoreño. No tiene un instrumental –fuera del de la movilización antisistema– con el cual, darle satisfacción a las necesidades salvadoreñas, más allá de hacerle sentir ganadores de las elecciones.

Al carecer de un partido político, tendrá problemas para integrar un equipo de gobierno. Y la falta de un proyecto transformador, le impedirá mantener unidas a las masas que le respaldaron, más por sus méritos personales, por su vocación de opositor, contra el sistema, los partidos y contra todo. Además, no contará con respaldo en la Asamblea Legislativa –apenas los pocos diputados de Gana, la franquicia con que fue a las elecciones– que le comprometerá la mayoría de las pocas ideas imaginativas, que se le ocurran en los próximos dos años. Es decir que, además de las carencias anteriores, no tiene tiempo.

Pero no hay que menospreciar a Bukele. Su capacidad para movilizar a los disgustados, puede hacer caer a El Salvador en una situación de inestabilidad que convierta otra vez a Centroamérica en un volcán, listo a estallar. Puede movilizar a las masas en contra de la Asamblea Legislativa; a la Fiscalía General y al Sistema Judicial, convertidos en chivos expiatorios, para mantener ilusionadas a las masas. E incluso, puede –si se lo permite la Fuerza Armada– agitar el fantasma de Honduras, como un enemigo que hay que confrontar. Porque Bukele más que un populista, es un marxista que buscará, si se lo permiten las circunstancias, derribar al sistema, para instaurar uno suyo, caracterizado por la inexistencia de las instituciones y su sustitución, por su voluntad, única y personal. Más que con López Obrador, buscará parecerse con Fidel Castro.

Honduras debe diseñar una nueva política exterior para relacionarse con el gobierno de Bukele. Y mejorar, mucho más que ahora, las relaciones institucionales con la Fuerza Armada salvadoreña, posiblemente el último bastión, que no podrá destruir en su desmesurada vocación de poder personal. Sin menospreciarlo por su juventud, su falta de ideas y su decisión de no crear partidos con que canalizar la voluntad popular. Porque él, “es el partido”.