A propósito de esa excitativa de la cúpula empresarial a sus socios para que las empresas no sigan cotizando al Infop. Ni prestan el servicio de capacitación que ocupan para los trabajadores ni se justifica todo el dinero de las aportaciones que gastan. Este caso no es único. Es solo otro dentro del montón. En los dorados tiempos, fueron la gallinita de los huevos de oro para el Estado. De las utilidades percibidas, transferían fondos millonarios al gobierno central. Ahora es al revés. Quebraron, y lejos de contribuir se amamantan del erario público. O en gasto corriente se va el grueso de las aportaciones obligatorias que le sacan a los empresarios y a los trabajadores. Llevan años de estar en rojo, con sus estados financieros ilíquidos, dependiendo de la gracia estatal para subsistir. Lejos de repartir recursos de sus ganancias –como sucedía en el pasado– en ese estado calamitoso en que se encuentran, no pueden respirar sin los tanques de oxígeno. Permanecen en cuidados intensivos enchufadas a las máquinas que las mantienen respirando, pero en estado vegetal.
Quienes las administraron –esto es cuento viejo que comprende varios períodos gubernamentales– no solo las exprimieron, las utilizaron para la empleomanía política, para el engorde burocrático pero, además, distribuyeron a los sindicatos, en contratos colectivos onerosos, dinero que no era suyo para comprar tranquilidad social. ¿Cómo puede quebrar una empresa pública como la ENEE, siendo un monopolio que distribuye la energía, con cientos de miles de usuarios obligados a pagar la tarifa que les cobran, sin opción alguna de obtener un servicio indispensable en otro lado? ¿Cuánto le cuesta al pueblo hondureño semejante adefesio, mientras llevan varios períodos administrativos probando todo tipo de remiendos intentando recuperarla, y aún sigue siendo el dolor de cabeza que no da signos de vitalidad, ni con el FMI a tuto, exigiendo que la arreglen? Pero no está sola en su miseria. Igual esqueleto es Hondutel. Ese es otro divieso. ¿Cómo los recursos estratégicos del país, rentables, operados sin competencia, pueden llegar a semejante calamidad? ¿Qué pasó con el Instituto Hondureño de Seguridad Social, otra loable iniciativa para dar asistencia de salud a los empleados públicos y a los trabajadores del sector empresarial? ¿Cómo fue que acabó deshilachado –sin el cúmulo de activos que una vez tuvo– en semejante condición de desahucio? El SANAA aquí en la capital. La mitad de los capitalinos no gozan del servicio y quienes lo pagan padecen de groseros racionamientos –agua que les echan un día a la semana– dos terceras partes del año.
A todas les han encasquetado interventoras y solo pus sale de sus infectadas y profundas heridas. En tiempos del populismo, bajo ese mismo esquema, crearon la CONADI, para financiar empresas grandes que requirieran más capital. Falleció por las truncias y la corrupción. Montaron Cohdefor para cuidar los bosques, cuando exportar pino y madera de color era negocio extraordinario de solo ir a recoger. Acabaron con la mitad del recurso forestal y ahora el instituto que tienen con parecidas funciones apenas sirve para dar las tristes estadísticas de las áreas de madera consumidas por los incendios forestales. Les dieron autonomía legal para operar y manejarse en forma desligada del gobierno central. Representan la mitad del gobierno.
Cada institución maneja presupuestos por separado. Se administran con juntas directivas donde enchufan a varios sectores de las fuerzas vivas dizque para mayor transparencia y eficiencia, aunque siempre bajo el control oficial. Por el fracaso y los resultados escandalosos de muchas de estas instituciones que funcionan en el marco de este modelo de administración pública, ya es hora de hacer una revisión profunda; aparte de los entes autónomos colapsados, del mismo sistema descalabrado bajo el cual operan estas infelices entidades.