UN ALBUR

SE trataba de un experimento en medio de un torbellino de enfrentamientos armados entre hidrófobas fuerzas irreconciliables que se disputaban el poder político, bañando de sangre la tierra estéril de libertades en los países vecinos. La región centroamericana arrinconada en un callejón sin salida. Honduras en el epicentro de la virulenta tempestad albergando a unos 350 mil refugiados a lo largo de sus tres cordones fronterizos. Un destello de esperanza a la encrucijada era la democracia. O para ser más exactos, alguna forma de gobierno surgido de elecciones populares. Honduras era un buen punto para probar. No solo porque las contradicciones internas no se habían radicalizado como en la vecindad, sino porque ya el aguante de la gente –turbada pero tranquila– con regímenes que mangoneaban la cosa pública al margen de la Constitución, ya alcanzaba rasantes de rechazo.
Llegaba la hora de ejercer el palanqueo sobre los generales y coroneles del alto mando. Por esas retahílas del destino el texto de la proclama incluía la promesa de la consulta popular. Solo era asunto de seguir martillando para que aquello ocurriese rápido y como concesión voluntaria de los uniformados. Era un albur. La gente cargaba sobre sus molidas espaldas el peso de varias etapas de sucesiones militares, donde Honduras se había convertido “en árido desierto sobre cuya calcinada superficie no germinaba ni el más somero brote de juridicidad”. Ni los mismos norteamericanos que presionaban la marcha del proceso –bajo su nueva política exterior arremolinada al respeto a los derechos humanos– tenían mucha fe que el ensayo fuese a funcionar. En un inicio no se percibía mayor interés de la ciudadanía en procurar su tarjeta electoral, posiblemente debido a la falta de costumbre o bien consecuencia de la desconfianza generalizada que habría cumplimiento de la palabra empeñada. Esa duda –si augurábamos una elección concurrida o una con altos índices de abstención– ronroneaba en forma recurrente en las amenas pláticas de aquellos almuerzos de filete de pescado empanizado y ensalada de aguacate y camarones a que éramos convidados por la embajadora Mary Lucy Jaramillo, al rumor del ambiente bilbaíno de los patios acogedores del Chico Club. Llegada la hora de las verdades la votación resultó muy superior a lo anticipado.

Con mayoría, pero no absoluta, de los liberales sobre su histórico contrincante que, sin razón, aunque razones había, su dirigencia sufrió el voto de castigo asociado a la asfixia constitucional durante la dilatada gestión castrense. Uno de los partidos recién formados ganó suficientes diputados que lo situaron como fiel de la balanza. A su líder el ala política minoritaria le ofreció presidir la Constituyente. En un gesto de ética inesperada, agradeció el honor aleccionando a los oferentes que las elecciones las ganaron los liberales y es a ellos, por derecho, que les toca el privilegio de escoger a quién ponen en la presidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. Con esos toques de cambio de actitud a las patrañas acostumbradas inició sus sesiones la Asamblea. La presidencia integró una comisión coordinadora con diputados de las tres fuerzas políticas representadas, a la que encargó la revisión de los distintos proyectos recibidos, bajo la tarea obligada de alcanzar consensos políticos previos sobre el texto de los artículos que entrarían a discusión y aprobación del pleno. Honduras daba un ejemplo de cívica madurez política que serviría de espejo a la democratización de los países convulsionados como ruta de salida a sus conflictos. (Continuará).