Por: Segisfredo Infante
Sin partidos políticos sistémicos y pluralistas, es casi imposible que se mantenga la verdadera democracia, y que se perpetúe el Estado republicano. Conozco, sin embargo, un país hermano en donde los presidentes duran más en el gobierno que aquellos partidos políticos que los llevaron electoralmente al trono presidencial, razón por la cual, en un régimen presidencialista, tales mandatarios se tambalean a los pocos meses de ejercer sus funciones, y entonces la democracia subsiste “porque Dios es grande”. En Honduras existió, en 1891, un partido político (el “Partido Progresista”) que duró solamente un año, durante el periodo electoral, fisura que fue aprovechada al máximo por el doctor Policarpo Bonilla, quien apoyado desde Nicaragua comenzó una revuelta armada para destronar a Ponciano Leiva y, sobre todo, a Domingo Vásquez, en el contexto fratricida de 1894.
Soy de la opinión que el Estado y el gobierno son dos instituciones diferentes pero entrelazadas, en cuyo entramado los partidos políticos sistémicos se convierten en algo así como en vértebras institucionales de orden público. O como ejes transversales de los regímenes republicanos y democráticos. De tal suerte que aquellos que pasan hablando pestes de los partidos tradicionales y de las organizaciones políticas más o menos modernas, lo que hacen en el fondo es atentar, consciente o inconscientemente, contra el Estado y las instituciones republicanas. No importa (lo hemos expresado en otros momentos), que haya dirigentes y líderes inconvenientes en cada partido político. Lo que importa es conservar la institucionalidad que hace posible la convivencia más o menos humana, más o menos tolerable, en la ruta de la perfectibilidad del “Hombre”. Nada justifica (ni las supuestas “robancinas” ni mucho menos el odioso narcotráfico), la destrucción irracional de la institucionalidad estatal que formalmente representa a todos los ciudadanos de diferentes colores, credos, conciencias y estratos sociales. En tanto que cuando hay enormes fisuras institucionales, la tentación del totalitarismo antidemocrático, de “pensamiento único”, se encuentra como a la vuelta de la esquina.
En la actual coyuntura hondureña me preocupan sobremanera las riñas internas y la posible desintegración del viejo Partido Liberal de Honduras. A veces percibo que los desintegradores o liquidadores actuales poseen una pobrísima conciencia liberal capitalista; un desconocimiento absoluto de la historia de su propio partido; una ausencia total de principios democráticos tolerantes; y una visión “cero” del liberalismo social. No importa que los liquidadores sean hijos de viejos dirigentes liberales. Pues por ahora pareciera que las egolatrías individuales y grupales se han instalado por encima de la institucionalidad del Partido Liberal. Sin embargo, el Partido Liberal ha sobrevivido a las divisiones generadas por su mismo fundador el doctor Policarpo Bonilla allá por 1898-1899; a las imposiciones y manipulaciones de Terencio Sierra en 1902-1903. A la invasión nicaragüense de 1907. A la guerra civil de 1911. A las imposiciones electorales y escaramuzas fratricidas orquestadas por Francisco Bertrand a finales de 1918 y comienzos de 1919, en el justo momento en que el general Rafael López Gutiérrez reagrupa las viejas filas liberales bajo la bandera del “Partido Constitucionalista”. Momento en el que también se organiza el Partido Nacional Democrático (actual Partido Nacional) bajo el liderazgo de dos adversarios permanentes del general olanchano Manuel Bonilla. Me refiero a Paulino Valladares y a Tiburcio Carías Andino, quienes extrañamente provenían de las filas del ex–presidente Miguel R. Dávila.
Bajo las actuales circunstancias nacionales e internacionales, bastante adversas, es igualmente imperativo que el Partido Nacional de Honduras cierre sus filas centenarias en forma adhesiva y cohesiva. No es el momento apropiado para los “flechazos” de los unos contra los otros, con posibles agendas bajo la mesa, que al final habrán de perjudicar al sistema democrático y republicano que seguimos ensayando, a veces dando palos de ciego, como si nada hubiésemos aprendido del concepto estratégico de democracia. Las pequeñas fisuras actuales que se detectan en el Partido Nacional, son peligrosas para la democracia, el Estado, el sistema y para el partido mismo. Algo tuvo que haberse aprendido de los traumas de los años 2008-2009, y del mes de diciembre del fatídico 2017. Algo debe aprenderse también de la “Historia” mundial. No estamos para juegos ni tampoco para tiempos de “tafetanes”, como decían nuestros abuelos. Lo que debe prevalecer es la racionalidad lógica, al margen de las intenciones anarquistas o fingidamente puritanas.
Finalmente, los verdaderos liberales que subsisten, sean viejos, maduros o jóvenes, deben poner en acción todos sus ingenios posibles para salvaguardar al Partido Liberal. De lo contrario caerán en las manos antisistémicas, intolerantes y antidemocráticas, de personajes megalómanos como Manuel Zelaya Rosales y Salvador Nasralla. Algunos “liberales”, por salvaguardar sus pellejos individuales, pueden caer en la redada de personajes más listos que ellos y ellas. Más listos. Sí. Pero escasamente racionales.