Por José María Leiva Leiva
“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. Mateo 23:27. En la Audiencia General del pasado 2 de enero (la primera de este año nuevo), el Papa Francisco“rechazó la actitud de quienes van a la iglesia todos los días, o están todo el día allí, y después viven odiando a los otros o hablando mal de la gente. Esto es un escándalo”, lamentó.
En esas condiciones, “es mejor no ir a la iglesia, y vivir como si fueras ateo… pero si tú vas a la iglesia, entonces vive como hijo de Dios, como hermano y da un verdadero testimonio, no un antitestimonio”, animó. Se trata de ser coherente no hipócritas. Es la historia de siempre, personas que dicen ser hijos del Padre pero sus actos reñidos con la fe, la moral y las buenas costumbres dicen otra cosa. Es a estos a los cuales el obispo de Roma llama hipócritas.
“¡Qué feo es un cristiano hipócrita, que en nombre de la ley olvida la justicia y el amor, una actitud que Jesús reprobaría porque lleva al egoísmo, al igual que los fariseos que preguntaron a Jesús si estaba permitido curar a los enfermos un sábado!”, subrayó. Y según hemos leído en documentos de El movimiento ecuménico, y la Agencia Católica de Informaciones (ACI Prensa), el Papa también se ha mostrado crítico “con quienes recorren el mundo buscando discípulos pero, después, cierran la puerta porque están tan pegados a la literalidad de la ley que cierran la puerta de la esperanza, del amor y la salvación”.
Además, su santidad, ha censurado también la actitud de quienes llegan a negar la ayuda a sus padres ancianos con la excusa de tener todo el tiempo ocupado en la iglesia, una conducta que criticó por considerar que el cuarto mandamiento -“honrarás a tu padre y a tu madre”- es más importante que acudir al templo. Su reiterado mensaje abarca así mismo a los que viven de apariencias en sus rezos, y a los mafiosos o corruptos que “al final terminarán mal, pues llevan la muerte en el alma… fingen ser personas honradas, pero al final su corazón está podrido”.
Terribles verdades pues en teoría nos llenamos la boca pregonando un falso cristianismo. Un cristianismo acomodado a las circunstancias, a un modo de aparentar lo que no es, así frecuentamos los templos e iglesias, nos confesamos, oramos como locos, comulgamos y después nos comportamos como fieras, como ateos, pero al menos estos, ya se sabe que no creen en divinidad alguna, y no les crítico, pues cada quien es dueño de sus actos y tienen todo el derecho a creer y ser según su regalada gana. Siempre he creído que ser cristiano no es fácil, al contrario es un inmenso reto, un gran compromiso. Por ello me deleito y aprendo del capítulo de Romanos 12: 8-21, en relación a deberes cristianos, cuando reconoce entre otros:
“Al que reparte con liberalidad; al que preside, con solicitud; al que hace misericordia, con alegría. Expresar el amor sin fingimiento. Aborrecer lo malo, seguir lo bueno. Amarnos los unos a los otros con amor fraternal. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; practicando la hospitalidad, no maldiciendo”.
“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. Cumplir esto está canijo… intentarlo, ese es el compromiso de cada quien.
En apoyo de ello, vienen al caso los actos de caridad, que enuncia el Papa Francisco: “Recordarles a los demás cuánto los amas.
Saludar con alegría a las personas que ves a diario. Alegrarle el día a alguien sacándole una sonrisa. Escuchar a los demás sin prejuicios y con amor. Dar las gracias siempre. Ayudar a quien lo necesite. Corregir con amor y buenas intenciones. Llamar o visitar a tus padres si tienes la fortuna de tenerlos. Celebrar las cualidades o éxitos de otros”.
Finalmente, este sentir compartido en la red: “Yo soy cristiano… Cuando digo… yo soy cristiano. No estoy gritando “soy salvo”; estoy susurrando “estaba perdido pero fui encontrado y perdonado”. Cuando digo… yo soy cristiano. No es que lo diga con soberbia, estoy confesando que tropiezo y necesito que Cristo me guíe. Cuando digo… yo soy cristiano. No me jacto de ser fuerte. Estoy profesando que soy débil y pido fortaleza para seguir adelante. Cuando digo… yo soy cristiano. No estoy presumiendo de éxito. Estoy admitiendo que he fallado y no puedo pagar mi deuda. Cuando digo… yo soy cristiano. No estoy diciendo que sea perfecto, mis defectos son demasiado visibles, pero Dios cree que valgo la pena”. Por mi parte, el ruego es el mismo: “Señor auméntame la fe”.