LA ALIANZA DEMOCRÁTICA

A propósito de los 37 años de vigencia de la Constitución de la República y de algunos pasajes de ineludible mención que antecedieron. En aquellos días la inteligencia militar no disponía de aparatos sofisticados de espionaje, digamos como esas máquinas de monitoreo conectadas a micrófonos escondidos que se cuelgan en lugares estratégicos para escuchar conversaciones; o la última tecnología que permite desde lejos utilizar los aparatos móviles como micrófonos para husmear; empezando porque solo existían teléfonos fijos negros con diales de rueda. Ah y la correspondencia era epistolar, sin la urgencia apresurada del momento de fugaces impresiones imperdurables, sino con todo el romanticismo de lo que se escribe pensando claro y sintiendo hondo. Pero no ignorábamos que toda palabra de lo platicado llegaba con descifrada interpretación de lo ocurrido a oídos del alto mando a la velocidad del rayo.

Hasta ahora la modernidad perfecciona esas máquinas rastreadoras, pero lo que es tan viejo como la historia es la indiscreción en boca de infidentes y de chismosos. Sin embargo en aquellas reuniones convenidas en un improvisado salón prestado –o tal vez era alquilado– en el quinto piso del céntrico edificio de BANCAHSA, si al inicio los convocados refrenaban lo expresado con cautelosa prudencia, en la medida que fuimos entrando en confianza, desaparecieron las inhibiciones. (Hoy día, cualquiera pasa de osado, sin temor a represalias –salvo casos aislados– desbarrando contra el sistema democrático que protege su libertad, hasta para calumniar. Valor se ocupaba antes para andar metido en confabulaciones arriesgadas, o para enfrentarse a lo peligroso, como lo hizo Custodio, sin reparo a su seguridad personal). Aquellas reuniones de la cúpula empresarial –timorata y esquiva por excelencia– con políticos de los partidos históricos fueron, quizás, el primer testimonio de resistencia a la hegemonía castrense. El Consejo Asesor integrado por la Jefatura de Estado para redactar una ley electoral representaba un amplio espectro de gremios organizados, donde los partidos tradicionales quedaron en franca minoría, relegados a su mala suerte dentro del montón. Las altas esferas del poder consideraba a ambos partidos reliquias anquilosadas del pasado sin mayor respaldo popular atribuyéndole más mérito a esas otras agrupaciones y a las nuevas fuerzas políticas en formación. Entre susurros y veladas insinuaciones se gestaba constitucionalizar a alguno de los jefes militares.

En sus cábalas, acariciaban la idea que al sacar en la votación el suficiente número de diputados adictos a la cofradía oficial cabía la posibilidad de la elección de segundo grado de un presidente, ya no de facto sino constitucional. La alianza entre la cúpula empresarial, que además conjuntaba a varias otras organizaciones sociales y profesionales, con ambos partidos históricos, se integró como un bloque opositor a aquellas pretensiones. Las fuerzas constituidas bajo la unión democrática de la UNID retiraron sus representantes del Consejo Asesor. Fijaron su posición contraria a cualquier ley electoral acordada por entes sacados de la manga de la camisa que, a su juicio, no tenían sustento político electoral. Los ciudadanos, concluyeron, se asociaban a esos grupos para efectos de sus intereses puramente gremiales pero, políticamente, seguían militando bien en el Partido Nacional o en el Partido Liberal. Un golpe de barracas, en un giro inesperado, dio al traste con el proyecto del “contacto directo”. El nuevo mando militar en su proclama incluyó la convocatoria del pueblo a elecciones de una Asamblea Nacional Constituyente. Las presiones del imperio sumadas a las domésticas apresuraron fijar la fecha de los comicios. Los partidos inscritos volcaron recursos y activismo al proceso de documentación. La inmensa mayoría de los ciudadanos sufragaron, con un voto de castigo al pasado y entusiasmados por el color de sus banderas tradicionales. (Continuará).