La otra verdad incómoda

Por: Denis Castro Bobadilla
Doctor, abogado y médico forense
II Vicepresidente del Congreso Nacional

Nada hace más diferentes a los seres humanos que el lugar de su nacimiento. El niño que nace en la rica Noruega está a años luz del niño que nace en la aldea más pobre de Sierra Leona, en África. La niña que crece en el paraíso de la miseria en Puerto Príncipe, Haití, está muy lejos de la mujer que ha crecido en Vancouver, y el hombre que nació y creció en la Montaña de la Flor, Honduras, será eternamente diferente al que nació y creció en Berlín, Alemania. Y estas diferencias, marcadas por la riqueza y la pobreza, han abierto un abismo de desigualdad en la historia humana desde el principio de los tiempos, una desigualdad que hoy es más notoria, más cruel y más insalvable que nunca. Desigualdad que es también, causa de la mayoría de los males que padece actualmente la sociedad mundial, entre los que destacan la emigración masiva, constante e indetenible. Y Honduras no es la excepción. Cada día salen de nuestro país centenares de compatriotas pobres que emigran hacia Estados Unidos con el sueño de tener, realmente, una vida mejor. Pero ahora, la emigración se realiza en caravanas masivas que se nutren con los más pobres, con los desempleados, con los excluidos, con familias enteras que viven en la miseria, con niños y ancianos, y hasta con minusválidos, en un éxodo lleno de esperanzas y de ilusiones. Pero esta emigración, este éxodo masivo, tiene una característica especial; es un escape a la realidad que vive Honduras; es huir de una situación que se agrava más cada día y que nadie puede resolver. El desempleo es cada vez mayor y las necesidades sin satisfacer son insoportables. Hay familias que comen una sola vez al día, niños que se acuestan sin cenar, que no desayunan y que no saben si podrán almorzar. Hay enfermos que mueren por falta de medicinas en los hospitales públicos, donde se suspenden las cirugías selectivas porque en el quirófano ni siquiera existe un bisturí. La inseguridad incontrolable deja más muertos que en una guerra convencional, y los delitos se multiplican exponencialmente. Ya no hay derechos humanos en Honduras, y los que existen solo están en el papel. Millones viven en condiciones inhumanas, y no tendrán acceso jamás a una vivienda digna. La educación es peor cada vez, con maestros mal pagados, estudiantes indolentes y un Estado al que poco le importa la buena formación de los niños y jóvenes. Medio millón de familias campesinas no tienen tierras para trabajar, y la Reforma Agraria sigue siendo una asquerosa mentira. Las minorías, como los indígenas y los garífunas, siguen siendo excluidos y olvidados por el Estado. Y se perdió el honor en Honduras. Las autoridades exhiben a los sospechosos capturados como delincuentes despiadados sin que se les haya vencido en juicio. En un espectáculo mediático que no tiene más objetivo que justificar el derroche de los miles de millones de la ilegal y cuasi delictiva Tasa de Seguridad. Por todo esto es que los hondureños escapan de su patria. Huyen de la pobreza, de la miseria, del peligro, de la falta de oportunidades para que sus hijos tengan una vida mejor. Buscan trabajo en los países ricos donde las leyes de inmigración han convertido a los ilegales en delincuentes y los persiguen como si fueran las peores alimañas. España, Francia y Alemania ya no quieren inmigrantes “porque son una carga para el Estado y son causa de enfermedades, de delitos graves y de violencia”. Estados Unidos acredita ser causantes de algunos problemas. En todas partes; “son la raíz de muchos problemas sociales en el país”. Pero esa gente tiene derecho a vivir mejor. Tiene derecho a emigrar, y tiene derecho a soñar, y lo correcto sería una migración ordenada y legal. Esa gente quiere comida, medicinas, educación y seguridad para sus hijos, lo que no les garantiza su propio gobierno. Pero esta Honduras de la que escapan nuestros compatriotas, sigue siendo rica, sigue siendo una mina inagotable para la élite que gobierna. Los consentidos privados del gobierno hacen negocios millonarios cada día, como ese innecesario cambio de placas a los vehículos, una jugada asquerosa que dejará 850 millones de lempiras a un grupito de “empresarios” entre los que brillan funcionarios del gobierno. Y mientras estos se hacen más ricos, los más pobres entre los pobres de Honduras caminan en caravanas interminables hacia Estados Unidos, con los pies llagados, quemados por el sol, con sus hijos pequeños en brazos, con hambre, sed, y soñando, siempre soñando. Ante esto, creo que ya es hora de que regresen a Honduras los miles de millones de dólares que funcionarios y exfuncionarios corruptos tienen guardados en otros países. Tan solo un expresidente dejó en un banco de Suiza 200 millones de dólares, dinero que debe ser repatriado e invertido en los más pobres. Por desgracia, no hay nada en Honduras para los más necesitados; por eso se van. Por desgracia, en este país del “NO HAY” los pobres tienen que huir. Y yo considero que un gobierno que no puede satisfacer las necesidades más elementales de sus ciudadanos, es un fracaso, y es causa también, del aumento de la desigualdad, de la multiplicación de los pobres y es causante de la grave crisis humanitaria que provocan la pobreza y la miseria. ¡Señores que gobiernan, hagan algo por la gente que más necesita! ¡Detengan los negocios multimillonarios de sus amigos y funcionarios aprovechados! ¡Llenen de medicinas los hospitales! ¡Generen empleos dignos! ¡Derroten a los delincuentes! Y hagan realidad los deseos de los hondureños de tener una verdadera vida mejor! Solo así se va a detener la emigración obligada de nuestros compatriotas; solo así se van a detener esas caravanas interminables de pobres que tienen derecho a vivir mejor. Háganlo, por el pueblo y en el nombre de Dios.