POR más que algunos hablen pestes de Honduras, poniendo el nombre del país en el peor de los predicamentos, la verdad de las verdades es que la mayor parte de nuestra gente es buena, humilde, trabajadora y honesta. Y a pesar de la fragilidad territorial por causa de la destrucción sistemática de los bosques, la ganadería extensiva e improductiva, los incendios forestales, el deterioro de los suelos y por los efectos del cambio climático mundial, en Honduras el viajero, de adentro y de afuera, puede encontrarse, todavía, con algunos de los paisajes más prometedores del mundo. No sólo en Roatán como se informa en los anuncios internacionales playeros, sino en los lugares menos esperados del interior del país.
De más está añadir que la Acrópolis Maya de Copán, en el occidente de Honduras, es uno de los sitios arqueológicos más importantes y atractivos del planeta, en tanto que existe toda una documentación más o menos accesible al respecto, en donde los investigadores de las civilizaciones antiguas, lo mismo que los pensionistas y jubilados, pueden venir a solazarse científica y espiritualmente, tal como lo hacen algunos visitantes que viajan desde las lejanas tierras del Extremo Oriente, como en el caso de Japón, para sólo traer un ejemplo. También llegan europeos y estadounidenses, con el riesgo que algunos guías turísticos improvisados caigan en toda clase de superficialidades, que en vez de informar, desinforman.
Pero el renglón sobre el cual ahora mismo deseamos llamar la atención, se localiza en los pueblitos y ciudades de tierra adentro, en donde un simple campanazo de una iglesita olvidada, convoca a los parroquianos y transeúntes a pensar en la posibilidad de rezar una oración en favor de sus parientes, amigos y conocidos, pues se trata del imaginario que identifica a nuestras colectividades mestizas. Esos pueblitos, algunos anclados en el tiempo, poseen origen colonial, y sus habitantes suelen hablar un castellano cargado de arcaísmos, que son una delicia para el viajero que se encuentra de pronto con unos léxicos que parecían perdidos en el brumoso tiempo. Esos arcaísmos exhiben variaciones en el español actual, según sea la región occidental, central, norteña, sureña u oriental que se visite.
A pesar del deterioro arquitectónico y de la desconsideración hacia el pasado remoto en que se fue fraguando el rico mestizaje nacional, algunos edificios siguen en pie, o tal vez en ruinas, con unos habitantes que continúan con sus viejas tradiciones religiosas, artesanales y gastronómicas, que perfectamente se pueden disfrutar. Los ruidos de las medianas y grandes metrópolis apenas llegan a los radios receptores y a la televisión, que los pobladores comparten en las conversaciones del atardecer en torno del fogón casero. Las fuertes faenas del campo y de los comercios incipientes, en nada perturban el sosiego de estos pueblos, a menos que lleguen demagogos populistas o narcotraficantes a fastidiarles la vida sensata y tranquila a la cual están acostumbrados.
Aparte de la vida tranquila los viajeros pueden encontrar recodos paisajísticos de incomparable hermosura natural. Honduras posee una variedad de paisajes según haya sido la evolución geológica, durante millones de años, de cada cuenca hidrográfica, y de acuerdo con los climas y microclimas que se descubran en el camino. Nuestro país posee una orografía muy irregular, con algunas de las más altas montañas de América Central. Muchos ríos, quebradas y riachuelos, con sus respectivos valles tectónicos y fluviales. Con un lago hermoso, llanuras costeras y con varias lagunas y manglares subsistentes. Lo que falta en verdad son proyectos realmente comunes, estatales y privados, para salir de los inocultables atascaderos económicos e históricos en que todavía nos encontramos.