ES cuestión de percepción de cómo cada cual sienta la piedra de su zapato. Digamos, para la autoridad económica y las aves agoreras que estuvieron recientemente haciendo evaluaciones previas a la firma de un nuevo acuerdo, el año viejo –aunque la pieza terminó más al ritmo del “Despacito” de Fonsi– se mantuvo con cifras aceptables, entre la media latinoamericana. Ni con crecimiento holgado parecido al período anterior pero, tampoco catastrófico, digamos, como la deplorable situación que golpea a los sufridos venezolanos. O para no ir tan lejos, a los afligidos nicaragüenses a quienes, en un decir Jesús, se les vino al suelo la aparente bonanza que disfrutaban. La historia aquella que era mejor invertir en Nicaragua porque el empresario sabía a qué atenerse, sin que les cambiasen las mentadas reglas del juego, sin tanta traba burocrática para montar un negocio, con mayores garantías de seguridad, en fin, toda la narrativa que invitaba a cerrar las agobiadas empresas aquí para irlas a operar al país vecino.
Ahora sumergidos en el agite político –de grave consecuencia a la economía, a la seguridad individual y colectiva, a la tranquilidad del ciudadano común y corriente para ganarse el pan de cada día– intentando sacudirse de encima al comandante sandinista, después que se habían acostumbrado a su irremplazable presencia. Solo como muestra de lo que puede acontecer de la noche a la mañana, cuando la travesura induce a hurgar una volcánica situación. Nadie piensa de antemano en cómo desencadenará el molote, o hasta dónde se propagará la lava de la erupción o para dónde agarrarán los animalitos del hormiguero que se revuelven. En el momento de la insurrección –anticipada, quizás, por lo eterno de un mandato demasiado prolongado– lo que anima es desenraizar el árbol viejo que estorba, sin plan alguno o suposición que el palo terco vaya a ofrecer resistencia. Allí está la OEA del club de presidentes, haciendo malabares para aplicar a ambos la Carta Democrática por “graves alteraciones del orden constitucional”. Sin embargo solo el huérfano caso hondureño mereció el ostracismo en forma apremiante, mientras con los que tienen fieles aliados, por pocos que sean, costará alcanzar las dos terceras partes necesarias que ocupan para castigarlos. Así que se trata de un proceso incierto, largo y tortuoso. Donde los opositores se hacen ilusiones que de afuera vendrán milagrosos remedios que posiblemente no lleguen, mientras la situación interna se deteriora.
Así llevan años los venezolanos. Aguardando la redención que no llega, menos de la mano de la tímida comunicad internacional. Tarde o temprano aquel tormento tendrá fin, pero como los rusos y los chinos tienen allí inversiones estratégicas, quien sabe si no sea más tarde que temprano. Así que por mucho que chimen las piedras en los zapatos –sin desconocer que haya malestares intolerables como males que haya cuerpo que los resista–la reflexión induce a que es preferible que el insipiente sistema democrático, por frágil o cuestionable que sea, se encargue de dar sus propias soluciones. Finalizamos estas líneas de igual manera que lo hicimos en un artículo anterior. Hace poco propusimos un pacto social para enrumbar el país. Pero aquí nadie escucha. Así que con estas perspectivas sería bueno que siquiera empresarios, gobierno y algunos otros sectores de la fuerzas vivas se reúnan de urgencia para idear algún plan que sirva de arranque positivo como entrada de este año que viene.